Última
EL GONGO SERGIO LOJENDIO*

Desde la barra del Víctor

30/dic/08 7:28 AM
Edición impresa

EN ESA ENCRUCIJADA ciertamente mimética, la del cruce que señala la confluencia de los cuatro caminos, en ese espacio abierto al trasiego distante del encuentro con La Laguna, el cine Víctor siempre ha comunicado un particular espíritu de vecindad, asomándose con orgullo a las Ramblas de nuestros padres y abuelos, siempre cercano al bullir cosmopolita del kiosko y alongado con curiosidad a la fuente de La Paz, que acaso alguna vez aspiró a convertirse en una verdadera plaza.

Aquel edificio cubierto por una fachada al estilo neocanario, producto de la ideación del arquitecto Marrero Regalado, inaugurado en abril de 1954 con la proyección de la película musical "Los cuentos de Hoffman", se ha significado desde entonces en el paisaje de la ciudad por sus formas de barroco colonial -otro ejemplo de la arquitectura de postguerra-, conjugando a la vista un conjunto de columnas salomónicas, frontones partidos, remates mixtilíneos, conchas, volutas y pilastras, y siempre erguido en su vanidad, bajo la mirada atenta de ventanas de guillotina coronadas por balconadas canarias.

Transitar los segundos de su vestíbulo significa encontrarse con una escalera imperial, vestida en mármol, una invitación a descubrir imaginarios mundos desde la perspectiva de la planta alta o el rasero del patio de butacas, entre cortinas de terciopelo, herrajes dorados y ese olor indefinible de lo verdadero.

Ahora, entre una legión de técnicos ineptos, de administraciones dominadas por políticas irresponsables y un ejército de traficantes del suelo, aquella imagen de Santa Cruz va languideciendo, tristemente, víctima de una inercia que es, en esencia, mezcla de desorden consentido, decrepitud provinciana y un cúmulo de intereses creados.

Y en esto, que llega la decisión de acabar con la actividad cultural del cine Víctor. Se trata, básicamente, de un acto fácil que no lleva a ninguna parte y representa un hecho profundamente incívico, otra desdicha que añadir al sentido extraviado de una ciudad que está necesitada de apretar en su propio corazón todo aquello que desde a.C y d.C (léase, antes y después de Cristóbal de la Rosa) le ha ido dando una singular y particular existencia.

Siempre he creído que lo que está en su sitio no debería alterarse y que si carecemos del sentido del lugar y del tiempo, nunca sabremos dar vida a nuestra identidad, nuestro ocio o nuestra intranquilidad.

Hoy confieso que desde la barra del Víctor construí mis mejores utopías.

*Redactor de EL DÍA

EL GONGO SERGIO LOJENDIO*