Santa Cruz de Tenerife
EDITORIAL

Una infame placa conmemorativa


La Reconquista pacífica y rápida
3/ago/08 1:19 AM
Edición impresa

Existe en el hogar canario de Madrid una placa conmemorativa, cuya fotografía incluimos en este editorial. Su texto, repulsivo e indignante, reza así: "Residiendo los Reyes Católicos en la villa de Almazán, en junio de 1496 recibieron la promesa de fidelidad de los reyes guanches de la isla de Tenerife, a raíz de finalizada la conquista. El Hogar Canario de Madrid quiere dejar pública constancia del singular acontecimiento histórico. Noviembre 1989".

Se trata, como decimos, de un texto odioso. En primer lugar porque queremos suponer, por simple sentido común, que la función primordial de una institución como el Hogar Canario de Madrid es reivindicar la condición de colonia de estas Islas, precisamente en la capital de la Metrópoli que nos esclaviza. Lejos de esa digna tarea, se dedica el Hogar Canario a ensalzar el criminal episodio de la conquista a sangre y fuego del Archipiélago, el sometimiento ?por la fuerza y con genocidio? de un pueblo noble que tenía sus estructuras familiares y sociales, y luego del sometimiento a la esclavitud más oprobiosa de personas pacíficas que hasta ese momento vivían libres, pues libres habían nacido.

Sin embargo, esta vergonzosa placa posee el valor añadido de reconocer que hubo conquista y que los "reyes" ?suponemos que se refieren a los menceyes? guanches fueron llevados ante los entonces monarcas españoles, con el fin de que les rindieran vasallaje. Una forma añadida de humillar a quienes no pudieron defenderse de los invasores. No porque les faltase valor ?arrojo les sobraba?, sino porque el hecho de vivir aislados les impedía estar a la altura tecnológica de quienes los diezmaron sin compasión. Los guanches, no lo olvidemos, fueron masacrados pero no exterminados. Su sangre, mezclada con la de sucesivas oleadas de colonizadores, ha llegado hasta nuestros días y corre por las venas de los actuales isleños.

ESA conquista despiadada, ese genocidio depravado, ese ignominioso sometimiento a la esclavitud de un pueblo libre fue la obra de los españoles durante la conquista. Esos españoles a los que tanto defienden los amantes de la españolidad de Canarias ?qué idea tan ridícula; qué enorme falacia?, con el beneplácito de los pusilánimes y aun de los nacionalistas teóricos que, perdidos en su retorcida retórica, son incapaces de levantar la voz en los foros españoles e internacionales para pedir lo que nos corresponde: la soberanía que nos usurparon las tropas regulares de Castilla, ayudadas por mercenarios y gentes de la más baja condición. Personas sin el menor atisbo de caridad cristiana en sus mancilladas almas, a las que no les importaba la muerte y destrucción que causaban a su paso pues sólo les movía la codicia más feroz.

En estas fechas, cuando España ?y especialmente la ciudad de Madrid? ha celebrado el bicentenario del 2 de mayo, han visto la luz multitud de ensayos, artículos periodísticos y todo tipo de trabajos sobre lo que supuso el levantamiento del pueblo contra los ejércitos imperiales de Napoleón. Insisten muchos estudiosos de aquella revuelta, iniciada en las calles de Madrid pero extendida pronto a todo el país, en que Napoleón estaba convencido de que teniendo de su parte a la monarquía y a la rancia aristocracia española también tenía sometido al pueblo. Craso error el cometido por el "Gran Corso". Llegó el momento en que, harto del afrancesamiento de la corrupta clase dirigente, los españoles se sublevaron contra el invasor. Pero esa guerra de independencia no quedó circunscrita a las fronteras de la España peninsular. Sus ecos llegaron a la América que seguía sometida a la monarquía hispana, y fueron el germen que dio origen a las hoy repúblicas libres del Nuevo Mundo. Sólo Cuba permaneció casi un siglo más como colonia de España, mientras que Canarias continúa sin recuperar la libertad que le corresponde. La Metrópoli, sibilina como una serpiente, aprendió la lección e inventó el embuste de la autonomía para mantenernos presos de su despotismo.

MEDIANTE ese sucio ardid de conferirnos el estatus de región autónoma, y de contentar a nuestros políticos con las migajas que caen de las surtidas mesas de nuestros amos godos, perpetúa Madrid seis siglos de opresión. Sin embargo, antes o después llegará el momento de que el pueblo canario se alce contra el invasor, como se sublevó el pueblo de Madrid contra la ocupación francesa. No hablamos de una insurrección violenta ?algo que detestamos y que, en caso de producirse, condenaríamos sin paliativo alguno?, sino de un movimiento pacífico, sustentado sólo en la invencible fuerza de las ideas.

La sublevación del pueblo español contra Napoleón no es el único episodio histórico al que podemos recurrir para apostillar nuestras ansias de libertad. ¿Recuerdan los españoles cómo inició Don Pelayo la reconquista de la Península Ibérica, tras la invasión de los árabes? Si ese fue un hecho glorioso para España, ¿a cuenta de qué esa férrea oposición, esa ciega cerrazón a que Canarias también recupere la condición de país libre que tenía antes de la invasión española?

LA historia, indudablemente, nos da la razón en nuestro pleno convencimiento de que Canarias ha de recobrar la libertad cuanto antes, pues cada día perdido en esta pacífica lucha nos aproxima cada vez más a un peligrosos precipicio: las apetencias anexionistas no sólo de Marruecos, sino también de otros países de África occidental. No podemos olvidar que estamos demasiado cerca de Mauritania. Incluso podría darse el caso de que Canarias fuese reivindicada como parte de su territorio por la República Árabe Saharaui Democrática, si algún día el Sáhara Occidental consigue librarse del yugo marroquí y alcanzar su independencia. Esta es la segunda razón que nos impone alcanzar nuestra soberanía.

La tercera es la riqueza potencial de Canarias. En 1980, nuestro Archipiélago tenía una dimensión económica semejante a la de Senegal. Sin embargo, hoy en día hay que sumar el PIB de doce países de África Occidental para alcanzar el de Canarias. Como nación soberana seríamos la quinta potencia económica de África. Únicamente nos superarían Sudáfrica, Argelia, Nigeria y Marruecos, aunque en este último caso por muy poco. En definitiva, dos millones de canarios generamos tanta riqueza como treinta millones de marroquíes. ¿Cuál sería nuestro límite como nación libre y soberana? Indudablemente uno muy superior, porque podríamos establecer las relaciones comerciales que nos interesasen sin necesidad de pedir permiso a nuestros amos de Madrid. Lo cual no significa renunciar a los beneficios que nos ha proporcionado la cultura europea y, de forma especial, la española. Jamás propugnaremos una ruptura absoluta con España. Corresponde que mantengamos buenas relaciones en el futuro con la Metrópoli, insistimos en ello, pero de igual a igual como dos países soberanos.

PARA alcanzar ese nivel de desarrollo al que podemos aspirar resulta indispensable que nos libremos de la actual clase política, pues, salvo raras excepciones, está obsoleta y desprende el hediondo olor de lo putrefacto. Necesitamos la inteligencia de personas jóvenes con nuevas técnicas de gestión de esos potenciales recursos, y también hombres y mujeres con la experiencia de la madurez. Nuevos políticos, en ambos casos, con las ideas y las manos limpias; es decir, sin la repulsiva contaminación de los actuales. En ese momento no seremos el quinto país de África sino el primero, de la misma forma que territorios más pequeños como Hong Kong o Singapur han sabido convertirse en enclaves indispensables para la economía mundial. Si de verdad queremos alcanzar esa ansiada meta, basta con convencernos de que todo lo que está en Canarias es nuestro, de los canarios. Nada tiene que ser de España o de Marruecos, sino nuestro porque lo poseíamos antes del vil genocidio de nuestros antepasados.