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PRIMAVERAS ÁRABES

La muerte de Saleh, penúltimo eslabón de unas primaveras que no florecen

Javier Martín, Túnez, EFE
5/dic/17 10:53 AM
eldia.es
Yemeníes pasan junto a los restos de un vehículo blindado en una calle cercana a la residencia del expresidente Ali Abdalá Saleh./YAHYA ARHAB (EFE)

En octubre de 2010, los fotógrafos entonces acreditados en la cumbre Liga Árabe-Unión Africana captaron una instantánea que siete años después muestra lo mucho y lo poco que al mismo tiempo han cambiado unas "Primaveras árabes" que apenas han llegado a florecer.

En primera fila, sonrientes y relajados, los entonces líderes de Libia (Muamar al Gadafi), Túnez (Zinedin al Abidin ben Ali), Egipto (Hosni Mubarak) y Yemen (Ali Abdulá Saleh) bromeaban en ambiente de abierta camaradería.

Siete años después, y con la muerte el lunes presuntamente en combate del antiguo mandatario yemení, ninguno de ellos conserva ya el poder absoluto que detentaban.

Al igual que Saleh, Al Gadafi murió apaleado por los rebeldes en noviembre de 2011, en el transcurso de una revolución que ha convertido Libia en un estado fallido, víctima aún del caos y de la guerra civil.

Mubarak cayó en la misma época, abatido por un alzamiento popular en el que participaron de igual manera tanto una sección del Ejército -que se oponía a que le sucediera su hijo Gamal- como los Hermanos Musulmanes, y que contó con el aplauso y el respaldo tácito de la comunidad internacional.

Encarcelado y juzgado, con el tiempo ocupó su lugar Abdelfatah al Sisi, un general que ha usado los mismos medios pseudodemocráticos que sus predecesores para alzarse con el poder e imponer una dictadura incluso más cruel.

Al igual que el tirano caído, Al Sisi disfruta de la aceptación internacional, pese a que ha abandonado la senda del progreso democrático que la sociedad egipcia quiso emprender y de que la represión sea su principal instrumento de gobierno.

Ben Ali, por su parte, vive aún en Arabia Saudí, país al que huyó en enero de 2011, en pleno apogeo de la llamada "Revolución del Jazmín", que dio inicio a esas esperanzadoras "Primaveras árabes" un lustro después asfixiadas.

La sociedad tunecina es, quizá, la que mejor parada ha salido de un proceso que rompió con la dinámica de absolutismos castrenses impuesta en el estertor del siglo XX en todo el mundo árabe, pese a que en los últimos años se perciba un retroceso de los derechos entonces logrados.

Túnez disfruta de una democracia en apariencia consolidada y de un amplio ramillete de leyes progresistas, aunque aún se mantengan rémoras del pasado, como la tortura y la corrupción -sistémicas en el país- que, junto a la presencia latente y constante del salafismo de tinte violento, obstaculizan y amenazan el avance conseguido.

"Considerando la complejidad de la escena yemení y del apoyo tribal, popular, militar y a nivel de seguridad del que disfrutaba Saleh, debemos ser consciente de que lo ocurrido ayer es más peligroso de lo ocurrido antes", explica hoy el periodista Ghassam Charbel, director del prestigioso diario Al Sharq al Awsat.

"Es más peligroso que la imagen de la horca ajustada al cuello de Sadam Husein en medio del éxtasis de los espectadores. Y más peligrosa que las imágenes de los libios acosando a Muamar al Gadafi antes de su muerte", agrega.

Al igual que otros comentaristas, Charbel considera que su muerte supondrá un giro definitivo en el devenir de la guerra lanzada por Arabia Saudí, motor que nutre esa contrarrevolución conservadora frente a las "Primaveras árabes".

Desde que éstas estallaran y diseminaran la esperanza de cambio en sociedades acostumbradas a que sus dirigentes solo abandonaran el poder con la muerte, el reino wahabí ha apoyado a todos los grupos que se oponían o amenazaban esa esperanza.

Es aún el principal pilar económico y político de Al Sisi, uno de los promotores de las aspiraciones cesaristas del general Jalifa Hafter en Libia y la fuerza motriz de algunos grupos salafistas que han embarrado la guerra civil en Siria.

Así como el principal émulo, junto a Emiratos Árabes Unidos, del ascenso del partido "islamista moderado" Ennahda, primera fuerza en el Parlamento tunecino y socio esencial del burguibista y ex benalista presidente, Beji Caïd Essebsi.

La familia real saudí ahogó sin miramientos el primer conato de "Primavera árabe" que pretendió florecer en su territorio en 2011, y las revueltas que estallaron en países vecinos como Baréin o el Yemen de Saleh, en un intento por mantener un status quo regional que le favorecía.

Ahora está enfangada en una conspiración palaciega que ha llevado al nuevo rey, Salmán, a enfrentarse a sus numerosos primos y a purgar el aparato del estado para garantizar el poder futuro a su hijo, el príncipe heredero y ministro de Defensa, Mohamed bin Salman, debilitado por el fracaso saudí en la guerra en Yemen.

En el séptimo año de las "Revoluciones árabes", la foto ampliada mostraría que pocas caras prevalecen, más allá del rey Abdalá II de Jordania, su colega marroquí Mohamed VI o el enfermo presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, amén de su colega sirio, Bachar al Asad.

Pero aquellas que han llegado nuevas, ya sea gracias a procesos revolucionarios o de sucesiones rutinarias, poco o nada parecen haber aportado a unas sociedades que aún exigen y esperan cambios profundos y genuinos.

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