SERGIO LOJENDIO, S/C de Tenerife
Un ruido sordo, previo a la actividad, cubría los escaños aún medio vacíos, pero esta vez no hubo retraso, ni discusiones sobre el procedimiento. La Cámara se desperezó y el presidente abrió la sesión, marcando los tiempos de intervención y fijando la hora de la votación, como es menester.
Tampoco Fernando Fernández vivió esta vez el debate en su soledad protagonista. A su izquierda se sentó Paulino Rivero, ausente el primer día, mientras su otra vera la cubría Luis Hernández, presidente de la Autoridad Portuaria de Las Palmas, acaso por ser experto en mares de fondo.
A medida que se presentaban rostros reconocibles, la tribuna de visitantes se iba colmando de unos y de otros, y hasta aquella musa color rosa del martes se convirtió ayer en una verde ninfa que saludó efusiva a los miembros del Gobierno.
La oratoria, sin ser brillante, tuvo sus momentos. Hubo discursos de escuela, redactados y bien aprendidos; los hubo, también, con tintes autónomos y hasta informales. Pablo Matos llegó a asegurar, sin sonrojarse, que comparte piso y café con Juan Carlos Alemán (murmullos). En la quinta planta del Parlamento, se apresuró a matizar el diputado popular. Eso sí, dejó la sensación de que existe una evidente separación programática entre ambas opciones políticas, pero muy buena vecindad. En San Bartolomé de Tirajana gobiernan los populares gracias al apoyo socialista y, sobre todo, al desequilibrio del voto censurable de un tránsfuga de Coalición Canaria, aunque le pese a Román Rodríguez.
Y es que al mismísimo presidente, muy caliente en opinión de Tomás Padrón y a punto de perecer víctima de un infarto, se le deslizó la confesión de que utiliza una tarjeta de crédito común, de ésas de toda la vida, sin chip para subirse a la guagua, porque usa coche oficial, ni con crédito añadido, que el Gobierno es austero en el gasto. Todo un ejemplo.
Pero, de nuevo, volvió a ser la extraordinaria simpleza de Tomás Padrón la que mejor interpretó la que ya se conoce como "teoría de la raya". Por algo es una tradición herreña.
Una cuestión meridiana
No se trata, según parece, de estar situado a un lado o al otro de esa línea trazada por Juan Carlos Alemán, esa marca que intenta separar y definir la regeneración, la ética y la transparencia, en oposición a la ineficacia, las irregularidades y los escándalos.
Es algo más meridiano.
Padrón explicó que en su Isla, la más occidental, se acostumbra a cruzar las rayas cada cuatro años, cuando se representa esa entrega enconada de la Virgen entre los distintos pueblos. Y cada cuatro años también se convoca a las urnas. Causalidad.
González Arroyo fue de los que tampoco cruzó la raya, a pesar de su anuncio de abstención. Murmuró su voto negativo de forma casi inaudible, entre dientes, atrayendo las miradas y provocando sonrisas cómplices a su alrededor.
En fin, que no se cumplió aquella ecuación que Ruano ya explicaba el martes, por algo es consejero de Educación, según la cual los socialistas debían sumar dos variables a sus 19 votos fieles para alcanzar la mayoría deseada. Despejar las incógnitas resultó sencillo. Se impuso la aritmética, claro.
Como telón, y fundido en un prolongado y sentido abrazo con Belén Allende, el candidato exhibía el orgullo de un adolescente. Es posible que, a partir de ahora, Juan Carlos Alemán se atreva a buscar un lugar más independiente, y quizá menos utópico, en ese nuevo universo que ha creado con su particular ensayo de restauración democrática.