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Toma de posesión de la Presidencia del Gobierno de Canarias. Excmo. Sr. D. Adán Martín Menis
8 de Julio de 2003

Hay momentos como éste en los que uno busca palabras y no encuentra las suficientes para expresar todas las ideas y los recuerdos que se me han venido a la cabeza desde que el pasado viernes obtuve la confianza del Parlamento de Canarias.

Sin el respaldo y el apoyo moral de mucha gente, no me sentiría capaz de tomar sobre mis espaldas esta gran responsabilidad sobre el futuro de mi tierra.

En las dos décadas largas de mi vida pública, hoy más que nunca siento el verdadero, profundo y valioso sentido de una palabra tan aparentemente sencilla como "Gracias".

Por eso, en esa búsqueda de palabras de que les hablaba, hay algunas que suenan en mi cabeza con repetida y fuerte intensidad en estos momentos. Gracias es una. Responsabilidad es otra. Transparencia, unidad de las islas desde la diversidad, calidad, equilibrio... son algunos conceptos sobre los que me gustaría ocupar su atención en los próximos minutos.

Y quiero expresarles mi agradecimiento porque no estamos aquí sólo ante un trámite formal. Estamos en el lugar y el momento en que un gobierno da el paso a otro después de todo un largo y reglado proceso democrático; hasta alcanzar una mayoría parlamentaria que nos haga presumir una legislatura estable y productiva. Ahora toca echar definitivamente a andar.

El jueves expresaba mi agradecimiento a todos los que aportaron su esfuerzo a la construcción de veinte años de autonomía y de avances para Canarias. Hoy me siento obligado a otro tipo de reconocimiento tan o más sentido: Es el momento de decir que he tenido mucha suerte con el conjunto de hombres y mujeres que han compartido conmigo todos los 24 años de servicio público: Tanto en el Ayuntamiento de Santa Cruz (donde más viví los problemas y las aspiraciones de nuestra gente), como en el Cabildo de Tenerife (donde aprendí que la suma de los esfuerzos de todos hace alcanzable casi cualquier meta) y en el Gobierno de Canarias, donde he comprobado que, cuando se da en el Archipiélago esa unidad de esfuerzos y de enfoques, la fuerza de nuestro avance no sólo se multiplica por siete. Puede hacerlo hasta siete veces siete. Porque no hay nada como avanzar todos con objetivos comunes para que cualquier obstáculo se allane.

Y no me estoy refiriendo sólo a los funcionarios o compañeros de partido. También aludo a mis personas más queridas, a mi familia y a mis amigos, sin cuya colaboración sé que nunca hubiera estado aquí.

Y estoy aludiendo también a la gran parte de las personas que han debido ejercer la oposición en las instituciones donde me ha tocado gobernar. Me he esforzado en escucharlas para aprovechar las ideas que podíamos compartir o para hacer caso a consejos sobre asuntos o detalles que nunca se me habían ocurrido.

A todos ellos les debo mucho más que unas palabras de gratitud.

Porque en todo este tiempo ha habido momentos más o menos duros, escasos en la perspectiva de más de veinte años. Pero ha primado la colaboración y el diálogo, la confluencia de visiones personales y de proyectos, una mutua lealtad con las personas con las que me ha tocado trabajar, que ha reforzado mi confianza en los equipos y en las tareas colectivas, más que en las genialidades solitarias.

Me permitirán que retome ahora una cierta continuidad con los argumentos que expresaba también en el Parlamento la semana pasada.

En los dos días del debate de investidura hablamos larga y detenidamente sobre hacia donde orientar prioritariamente los pasos de la Comunidad Autónoma de Canarias. Es decir: hacia qué metas, hacia qué horizontes encaminar la andadura del nuevo Gobierno y del Archipiélago. O en otras palabras, el Parlamento debatió sobre el "qué" hemos de hacer en el futuro. Sobre los grandes objetivos a los que en sus tres niveles -nacionalidad, isla y municipio - todos hemos de converger con la mayor de las sinergias, con lealtad entre las instituciones y con la coordinación de los hombres y mujeres, aun respetando la autonomía de cada cual.

Lo hicimos y el Parlamento expresó su confianza a mi persona y al programa de gobierno pactado por Coalición Canaria y el Partido Popular.

Despejado el "que hacer", hoy me siento obligado a compartir con Uds. algunas reflexiones sobre el "cómo", sobre el "cómo hacerlo".

Porque no solo importa el fondo. Cuentan también las formas y los medios.

Hoy compartimos ese principio de la cultura democrática que nos asegura que "el fin no justifica los medios". Ese principio que ignoran en los sistemas autocráticos los iluminados que tienen tan absolutamente claras las cosas como para despreciar, no ya sólo el sistema democrático, sino también esas formas, esas reglas del juego que lo hacen más rico o que, en su carencia o defecto, lo empobrecen hasta el punto de convertirlo en apenas una apariencia de democracia.

Por ello, si la semana pasada hablaba de la felicidad como el gran objetivo, hoy debo hacerlo de la responsabilidad como la gran pauta para crear esas condiciones que la hagan posible.

Y cuando se cita a la responsabilidad en la esfera pública, creo necesario acudir a un gran clásico de la ciencia política para recordar algo importante en el momento político actual; y algo que tiene que ver con la cultura de pactos, como el que hemos firmado para garantizar la gobernabilidad. Y me refiero a esa gran distinción que estableció Max Weber entre la "ética de las convicciones" y la "ética de la responsabilidad".

Una distinción que permitió superar una de las grandes contradicciones a las que la clase política se enfrentaba en este siglo.

Enfrentado cada día a las tareas apremiantes de gobierno ¿debe el político democrático ser siempre absolutamente fiel a sus creencias y convicciones o debe guiarse por la llamada ética de la responsabilidad? Es decir ¿debe imponer siempre sus convicciones o debe atender sobre todo a las consecuencias y a los resultados de sus actos?

¿Un político (sea socialista, popular o nacionalista) debe imponer siempre sus principios o debe tratar de alcanzar resultados satisfactorios para todos los ciudadanos y no solo para los simpatizantes de su partido?

En los tiempos en que las democracias comenzaban a estrenarse, el hallazgo de Weber consistió en demostrar que los que ganan unas elecciones o consiguen una mayoría parlamentaria no pueden comportarse como autócratas o dictadores, sólo atentos a sus propias convicciones. Han de gobernar pensando en el bien común de todos. En las cuestiones esenciales han de alcanzar un mínimo denominador común que, o satisfaga a la inmensa mayoría social o, aun no haciéndolo, favorezca al interés general del que es intérprete una mayoría parlamentaria.

Por eso, en muchos momentos, el gobernante ha de aparcar sus convicciones -sin que ello suponga una merma ética o moral - y ha de moverse en el ámbito de esa ética de la responsabilidad que responda a los mejores resultados para el colectivo social.

Es por ello que algunos fundamentalismos, a veces bienintencionados en origen, pueden chocar frontalmente contra los principios de la ética de la responsabilidad, sobre todo cuando aspiran a convertirse en los grandes prescriptores de los bueno y de lo malo, como si casi nunca hubiera términos medios: Esos puntos de justo equilibrio que tanto caracterizan a la labor política.

Qué nadie piense que estoy haciendo un canto a la discrecionalidad y a la arbitrariedad en la política. Porque no se trata de reivindicar ninguna especie de patente de corso para obviar las propias convicciones o programas, sino para atemperarlas cuando su aplicación directa produce en una coyuntura concreta resultados no deseables.

Fruto de ese convencimiento es el pacto de gobernabilidad firmado por Coalición Canaria y el Partido Popular. Un pacto en el que no priman sólo los puntos programáticos en común. Importan al interés general de Canarias también las sinergias que ambos partidos pueden lograr en Madrid y en Bruselas.

Por esa misma razón, habrá ocasiones en las que ambos partidos, desde esa ética de la responsabilidad, no tengan que aplicar estrictamente sus convicciones para incorporar también las del PSOE y las del PIL en los pactos que hemos propuesto en materia de sanidad o de seguridad. O para añadir, como señalaba Juan Carlos Alemán -y aquí asumo sus sugerencias - puntos de vista socialistas en materias como el desarrollo estatutario, el régimen económico fiscal, o en nuestro cada vez más asentado Estatuto Especial en la Unión Europea.

Creo haber sido hasta ahora un responsable público de puertas y de oídos abiertos. Porque de otra manera, cualquier llamada al ejercicio del consenso o de la transparencia es pura retórica.

La transparencia es otro de los requisitos, de las formas de hacer, que creo imprescindibles en el gobierno. Y que necesita de instrumentos y no sólo de buenas intenciones, o de contactos y diálogo más o menos periódicos.

Y es imprescindible porque, aunque supone una pérdida de poder para el que gobierna, el compartir la información con la oposición y con todo el cuerpo social es, asimismo, una de las formas de autocontrol más eficaz. Y también contribuye a generar la confianza necesaria, la tranquilidad precisa para que todas las islas se sientan respetadas y atendidas.

Se ha dicho muchas veces que Canarias es posible. Ya es una frase del pasado. Desde un punto de vista político se ha venido construyendo durante las cinco legislaturas anteriores. A veces con algún ligero parón o sin la velocidad previsible, cuando hemos caído en la tentación de magnificar legítimas diferencias como si fueran auténticas hecatombes. Pero siempre hacia delante. Hoy Canarias no es solo posible. Hoy Canarias es.

Sigue construyéndose como pueblo y como territorio articulado en siete pilares no uniformes pero igualmente importantes. Y en un octavo pilar, el de los canarios de la emigración, que viven y sienten a esta tierra tanto o más que cualquiera de nosotros.

Y a la diferencia no se le puede responder con la uniformidad. De la misma manera que a la ultraperiferia se le responde desde España y Europa con políticas específicas.

Eso lo hemos sabido entender en Canarias desde que reforzamos a los cabildos insulares como los artífices básicos de cada uno de esos siete pilares. Y desde que los canarios logramos converger en una Comunidad Autónoma que, sabiendo donde se asienta, garantice la unidad y la equidad en el disfrute de los servicios públicos esenciales a todos: la sanidad, la educación, las prestaciones sociales, la justicia, la seguridad integral, los incentivos económicos y fiscales y tantas otras políticas que nos ayuden a crear las condiciones de las que hablaba para posibilitar la felicidad individual y colectiva.

Pero si Canarias ha dejado de ser sólo una posibilidad, la Canarias fuerte, unida, solidaria entre sí, casa común para todo nuestro pueblo, puente de cooperación para los países vecinos, y consciente de su identidad,...esa Canarias sigue siendo una meta inacabable que nos emplaza a todos. A todos. Sin excepción.

Pero ahora hemos de hacerlo de otra manera. Partiendo de otro tipo de mirada a los problemas pendientes.

Cuando casi todo lo necesitábamos con urgencia, habíamos de mirar por la cantidad a la hora de proveer nuevos servicios públicos.

En una tierra que, durante siglos, estuvo lejos de las preocupaciones de un estado centralista, ahora que estamos en el Estado de las Autonomías y nos hemos acercado a la media del bienestar español, nos debe importar mucho más la calidad, aunque para ello sacrifiquemos los tamaños, las velocidades, las prisas.

Siempre se ha recomendado moderación al que tiene prisa, no únicamente para llegar antes. También para llegar mejor.

Las Directrices de Ordenación General y del Turismo aprobadas por el Parlamento de Canarias nos emplazan a todos a llevar a esta tierra hacia un modelo más sostenible.

Ese es el mandato. Y hacerlo desde los acuerdos y la responsabilidad compartida de quienes piensan más en los resultados que en alzarse con el monopolio de la razón. Hacerlo desde el equilibrio, la transparencia y la solidaridad entre las islas para que ninguna se desenganche del pelotón del progreso. Y hacerlo desde los parámetros de calidad que nos permite el conocimiento acumulado en estos años. Y que nos facilita el disponer de unas generaciones jóvenes que tienen un nivel de formación como nunca en la historia, lo que constituye el activo más valioso para nuestro futuro.

Decía al principio que tenemos claras las ideas sobre adonde debemos ir, pero que también es muy importante definir la forma de hacerlo.

Calidad, eficiencia, transparencia, equilibrio y planificación son los cinco requisitos básicos que han de reunir los programas y políticas a desarrollar en Canarias.

Son principios sobre los que, a pesar de la reiteración, siempre podemos avanzar y mejorar, partiendo del hecho de que todos tienen que ver con un recurso humano que es inagotable: la creatividad.

Y apelando diariamente a la propia creatividad para alcanzarlo, quiero destacar especialmente el principio del equilibrio como uno de los más importantes. El equilibrio es una piedra angular para la construcción de Canarias. Sobre todo en lo que se refiere al equilibrio interinsular como superador de las históricas desconfianzas y bloqueos que han dinamitado tantas veces la convivencia y la historia de Canarias. Pero también ese término pretende abarcar el equilibrio social necesario tanto por razones de estricta justicia como para que todos los ciudadanos, con independencia de su origen, sexo o raza, dispongan de las mismas oportunidades de partida.

Y todo ello con el gran objetivo común de conservar y potenciar "lo nuestro", nuestras señas de identidad, lo que nos confiere nuestro orgullo como pueblo, lo que nos enriquece como personas con una cultura propia, original, al tiempo que abierta al mundo.

Por eso hoy, como he hecho siempre, vuelvo a ofrecer y a esperar lealtad y diálogo. Porque nuestra concepción del futuro de Canarias no es cerrada o excluyente. Es abierta y receptiva.

En ocasión como ésta, hace doce años, cuando comenzaba un nuevo mandato en el Cabildo de Tenerife decía algo que sigue siendo vigente hoy. Y cito textualmente: "Mis manos y mi colaboración están abiertas. Lo digo con toda la sinceridad de que soy capaz". Pero con la misma claridad afirmaba: "Alcanzar el poder a costa de mil renuncias, otras tantas cesiones y no menos hipotecas... alcanzar el poder por el sólo hecho de estar en su vértice es el ejercicio más estéril e inútil que puede realizar un político".

Y es por ello que quisiera apelar a un último valor que me gustaría estuviera presente durante los próximos años en la vida pública de Canarias. Me refiero a esa disposición a la entrega que hace fuertes a los pueblos.

El espíritu de entrega a un proyecto colectivo parece un concepto que no está muy en el primer plano actualmente. Y quisiera hoy, aquí, finalmente, reivindicarlo para los ciudadanos y, especialmente, para los que nos dedicamos a la política. Ese espíritu es el que puede animar nuestros mejores y mayores esfuerzos. Es el que a veces nos hace olvidar el tiempo y el cansancio. Es el que nos permite superar las diferencias y unir las fuerzas siempre que sea preciso. Y es el que nos permite construir mejor Canarias desde cada Isla.

Yo les animo a todos a cultivarlo, a mimarlo, a transferirlo a los jóvenes que vienen detrás. Porque sin ese espíritu de entrega a Canarias nada de lo que nos planteamos aquí tendría sentido.


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