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La riada. Jorge Rojas Hernández

Presentación

No tan prolífico como Paul Auster, pero casi, el veterano escritor santacrucero Jorge Rojas Hernández nos ha premiado durante años con sus animadas novelas, con títulos de ficción cargados de intriga, enredo e imaginación. Se puede comprobar buceando en su bibliografía. Tras rememorar “Convergencia”, su primera novela y primer galardón, hasta la fábula “Diluvio”, una de las últimas, sin olvidar “Impacto”, “El último nazi”, “El mensaje”, “Un soplo divino”, “La fuga”, “Espejismo” o “El linchamiento”, entre otras, un único pensamiento fluye a mi mente: envidia. Envidia sana –nunca lo es– por la gran pasión que Jorge Rojas siente por la escritura, por colmar de colorido incontables folios blancos con un pincel que rezuma ingenio y creatividad infinitos. “La escritura es la pintura de la voz”, dijo Voltaire, y no cabe duda de que el autor chicharrero lidera la nómina de sus más aventajados alumnos. “La riada” aporta algo más que sus anteriores títulos. Amén de una trama original, basa la novela en unos hechos reales sucedidos, tristemente, el 31 de marzo de 2002, cuando la fatalidad quiso que un auténtico diluvio descargara sobre Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y otros puntos del área metropolitana, dejando tras de sí el trágico resultado de ocho personas muertas. Los datos reales los rescata Jorge Rojas de las crónicas aparecidas en el periódico EL DÍA, del que, por cierto, es colaborador habitual, y sobre tal base construye un mundo de intriga, acción, investigación y amor. Amor por nuestro entorno, figurado o no, y por los hombres y mujeres de a pie que configuran la sociedad tinerfeña. Todo ello lo plasma con maestría, con fluidez, con un lenguaje sencillo y actual, con indiscutible talento, no sólo ya en sus narraciones, sino también en los diálogos, aspecto que domina sin fisuras. El autor me ha pedido una presentación, no un resumen, por lo que no desvelaré ni el nudo ni el desenlace de la obra para que los lectores gocen del alma de esta creación literaria, pero sí me referiré a una escena que llamó poderosamente mi atención tanto el día en que nuestro periódico publicó la imagen como al reencontrarla entre las historias de “La Riada”: se trata de la fotografía de una de las grutas del barranco de Santos en las que se adivinaba la mano y el antebrazo de una persona. ¿Qué fue de ella?, ¿logró sobrevivir?, ¿falleció?, ¿engrosó la fatal nómina de finados? La fantasía y la curiosidad invaden todo mi ser, al igual que me ocurrió, y les sucederá a ustedes, durante la lectura de la novela, porque las dosis de entusiasmo se elevan con proporcionalidad directa al discurrir del relato. Agrada el argumento, el perfil de los personajes –qué bien dibujados– y el escenario, que no es otro que nuestra propia ciudad, la tierra que nos vio nacer y en la que diariamente interpretamos nuestra propia historia. Reconforta reconocer todos los lugares, los parques, las calles, puentes y avenidas, las instituciones y aquellos rincones que configuran nuestro entorno. Y tonifica que los haya plagado de historias cotidianas, de historias humanas que habitaban la mente de Jorge Rojas, pero que bien pudieron sucederse en la capital el día del desastre y posteriores. ¿Por qué no? ¿Dónde radica el límite entre la realidad y la ficción?

Publicado el 31 de marzo de 2007

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