Cultura y Espectáculos
ARTURO PÉREZ-REVERTE ESCRITOR

"El cáncer del mundo es la estupidez, no la maldad"

Jorge Dávila, Santa Cruz de Tenerife
21/oct/18 6:42 AM
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"El cáncer del mundo es la estupidez, no la maldad"

"Es su entrevista, usted manda". Con esa frase autoriza el fuego cruzado un escritor curtido en mil batallas. Las últimas asociadas con la tercera entrega de la serie protagonizada por Falcó ("Sabotaje"), novela que trajo a Arturo Pérez-Reverte a la isla de Tenerife ocho años después de su última visita. "Con Falcó busco el lado oscuro y luminoso del ser humano", asegura el excorresponsal en varios conflictos bélicos que se desataron en las últimas décadas del pasado siglo: "A mí no me gustaba ir a la guerra, lo que yo quería era contemplarla desde dentro para analizar a las personas que acudían a ella".

¿Habrá una cuarta entrega de la saga de Lorenzo Falcó?

Sí, pero hay cosas que quiero hacer antes... Como no sé el tiempo que me queda de vida y de escritura prefiero aclarar unas historias que tengo pendientes y que no quisiera dejar de escribir. Si vivo lo suficiente volveré a él, también a Alatriste.

¿Si hacemos caso a cómo ha evolucionando esta ficción, la historia hubiera cambiado varias veces?

Si hubiera salvado a José Antonio (Primo de Rivera) y se dan otro tipo de situaciones ya estaríamos hablando de otra cosa. Esa es la parte divertida de una novela. A diferencia del historiador, el novelista puede llegar a hacer trampas con la historia. Eso lo aprendí siendo un niño mientras leía a Dumas... Un novelista tiene derecho a entrar a saco en la historia sin ningún escrúpulo. Conservando un marco de rigor general, y advirtiendo al lector de que lo que tiene entre sus manos solo es una ficción, uno puede llegar a hacer cualquier cosa. A partir de ahí, existe la posibilidad de que Hitler gane la Segunda Guerra Mundial o defender incluso que Stalin era un buen hombre.

¿"Sabojate" es tan crudo como "Falcó" o "Eva"?

La vida es cruda: el mundo de los espías y las guerras clandestinas también lo son. Falcó es un tipo muy peligroso y por eso lo utilizan. En esta novela hay lo que hubo en las otras, es decir, acción, aventura, crueldad, dolor, humor...

¿Si rascas un poco en el alma del personaje principal aparece un tipo que no tiene tan mal corazón?

El desafío era ese; el reto era que el lector se tragara a un personaje que es un torturador, un asesino, un depredador, un machista... Quería probar si funcionaba y para compensar todo eso lo hice elegante, encantador, guapo, simpático y, por supuesto, le di unos códigos y unas lealtades personales que él explota. En esta vida he conocido a malos de verdad, pero malos auténticos de los que torturan y matan de verdad. Algunos han llegado a ser amigos míos porque la vida de un reportero te hace ser amigo de gente compleja. Lo del malo, malo y el bueno, bueno nunca lo tuve claro. El ser humano es una trama de grises. La misma persona puede hacer cosas maravillosa y crueles no solo en una vida, sino en un solo día. Yo lo he visto. Con Falcó busco el lado oscuro y luminoso del ser humano.

¿Esos malos han sido inspiratorios?

Para todas, no solo en el caso de Lorenzo Falcó... De un malo casi siempre aprendes más que de un bueno. Un bueno te enseña, pero un malo te enseña tanto en positivo como en negativo. A toda esa gente ruin que he tenido la oportunidad de conocer en situaciones límite, tipos con sus ángulos y que no eran totalmente redondos, le debo muchas lecciones de vida. El francotirador de Sarajevo, el torturador de Angola, el oficial de Abu-Haidar de Beirut... A todos ellos los vi cometer barbaridades que posibilitaron que yo obtuviera de la crueldad y el dolor unos beneficios personales e intelectuales interesantes.

¿Esos sótanos de la vida fueron determinantes a la hora de completar el tránsito del periodismo a la literatura?

Yo escribo desde mi memoria y cuando hablo de crueldad o violencia no estoy exponiendo algo que aprendí en el cine, en la barra de un bar o leyendo un libro. Ese horror lo he vivido en directo. Mis novelas están escritas a partir de mis memorias. Ese capital personal me lo he generado yo: he pagado un precio alto por tenerlo; nadie me ha regalado nada. Cuando le hablo de costes no me refiero solo a un desgaste físico, sino también personal, pero he sobrevivido. Ese capital me lo he currado. Fui donde quise, pagué la tarifa correspondiente y me lo traje. Mi mirada es mi botín de vida y con él escribo novelas...

¿España, Marruecos, Francia... Ya ha elegido el escenario de la próxima entrega de Falcó?

Sí algún día vuelvo con Falcó, que eso es algo que no depende de mí sino del tiempo que me resta de vida, tengo varios destinos preparados para él en América o en Italia.

Al igual que en su día ocurrió con el capitán Alatriste, este es uno de esos personajes que un escritor se "saca de la chistera", con todo el respeto del mundo, para convertirse en un compañero de viajes de largo recorrido.

Los míos no salen de una chistera... En mi caso, todos los personajes son acumulativos: tú vas viviendo y leyendo. De esa forman se sedimentan una serie de conocimientos que resultan determinantes a la hora de planificar una historia y sus personajes. Yo soy un cazador de historias, pero no un cazador que hace "pum" y se conforma con lo primero que se cruza en mi imaginación. Todo lo que aparece en mis libros me resulta familiar. No son inventos. Lo que pasa es que hay algo dentro de mí (una música, una luz, un paisaje, una persona o una voz) que dispara una idea que ronda mi cabeza para hacer una historia con ello. Pero eso estaba conmigo, yo no descubro nada nuevo sino que lo ordeno... Con esto no le quiero decir que me lo sepa todo, pero cuando decides escribir una novela progresas en su conocimiento a partir de las vivencias personales. Yo no soy uno de esos escritores que van dando salida al material que está pendiente de una publicación, soy un autor que se alimenta de su propio trabajo. Cada novela me estimula para salir adelante porque me siento un escritor activo y vivo.

¿Cómo se logra ese equilibrio entre el protagonista y el resto de los personajes?

Eso no es casual. Soy un novelista que acumula 30 años viviendo de esto... Yo no me siento un novelista inocente. No lo puedo ser porque en esas tres décadas he trabajado y leído mucho. Ese equilibrio del que habla es deliberado y profesional. Una novela es un problema narrativo que debo resolver para que el lector viva en mi mundo, vea lo que yo veo y comparta mi aventura. Para que eso suceda debo convencerlo. ¿Cómo lo hago? Con un estilo, una estructura, unas herramientas, un lenguaje, una trama, unos puntos de vistas... Eso es experiencia, es oficio y es trabajo. Yo no me pongo a escribir en base a si llega o no ese momento de inspiración, yo me levanto con el mismo deseo del que va todos los días a la oficina para organizar sistemáticamente cómo quiero que evolucione la historia en la que estoy trabajando. En mis novelas no hay nada casual desde hace muchos años.

Bosnia, Chipre, Croacia, El Salvador, Libia, Líbano, Mozambique... Usted ha ejercido de corresponsal en muchos conflictos bélicos, pero hay uno que le dejó una huella imborrable: ¿La guerra de Eritrea?

Eritrea fue duro en lo personal. Yo tenía 25 años y fue una campaña extremadamente compleja que se desarrolló en medio de unas condiciones extremas: hubo calor, hambre y sufrimiento. Vi matar a prisioneros y vi violar a mujeres. Lo bueno y lo malo de la vida se juntó en Eritrea. Me tocó ser testigo directo de cómo la misma gente era capaz en un solo día de hacer cosas realmente maravillosas y otras deleznables. Esa guerra fue una lección personal importante.

¿Pero esa guerra lo le cogió sin experiencia?

Sí, ya era un veterano en ese tipo de conflictos. Había estado en la guerra de Chipre, la del Líbano, Las Malvinas, el conflicto militar del sur de Palestina, el Sáhara, El Salvador... Yo fui veterano demasiado pronto.

¿Colocarse en primera línea fue una decisión personal?

Decidí ir a la guerra deliberadamente porque quería conocer esa realidad... De niño fui un lector apasionado y quería saber si todo lo que había leído era verdad. Si ese mundo existía y cómo me iba a sentir yo dentro de él. Primero estuve navegando en un petrolero y después fui a la guerra. Se suponía que allí se concentraba la adrenalina, la aventura y la experiencia personal de un joven de 22 años. A mí no me gustaba ir a la guerra, lo que yo quería era contemplarla desde dentro para analizar a las personas que acudían en ella... La guerra es algo horrible, pero me interesaban los seres humanos que se mueven en ella. Ahí aprendí a contrastar mis lecturas con la realidad.

¿Esos escenarios hubieran sido ideales para Lorenzo Falcó?

Falcó existe para la literatura porque su autor visitó esos escenarios; yo conocí a muchos Falcó en zonas de guerra.

¿Se aburrió o lo aburrieron del periodismo?

No, me hice mayor... Pasaron dos cosas. Primero, yo tenía 44 años y notaba que envejecía: no es lo mismo estar todo el día caminando por el desierto bajo el sol con la única sombra de tu sombrero y con 20 años, que pasar unos cuantos días sin comer y sin dormir a los 44. Entendí que el físico ya no me acompañaba. Pero, además, después de cubrir la primera Guerra del Golfo y la de los Balcanes me di cuenta de que el periodismo que venía no me gustaba. Llegó el teléfono satélite y unos directos que no tenían nada que ver con vivir la lucha en primera línea. Recuerdo estar en Sarajevo y pedirme tres directos. Lo único que piensas en ese momento es: ¿Si quieren tres directos cuándo demonios voy a ir al frente para verificar lo que está pasando? Ellos contestaban que me lo contaban con la información que les habían llegado por las agencias. Yo era un reportero honrado, un "mercenario" de la información que no podía admitir una injerencia de ese gravedad y mantenerme en callado. Me la jugaba persiguiendo los mejores datos que le podía trasladar a los espectadores. Además, comencé a percibir que molestaba... Hubo jornadas en las que me llamaban para reprocharme que les había enviado imágenes en las que había muchos muertos. Yo les decía que hoy habían matado a 27 personas haciendo la cola para comprar el pan. Venía un periodismo mucho más blandito y conciliador que no era el que yo hacía... Buscaban otro rollito con directos que se hacían a cientos de kilómetros de donde se estaban matando dos bandos. Hasta entonces yo era mi jefe y el dueño de mis actos, pero cuando aparecieron los teléfonos vía satélite se acabó mi autonomía. Un reportero en manos de un jefe que está en una redacción de Madrid no es un reportero. Hice "Territorio comanche" y me fui.

¿Reconoce el modelo periodístico de 2018?

Es otro periodismo. No digo que sea mejor ni peor, pero es algo distinto al que yo conocí. Evidentemente, es peor. Antes informar tenía un componente de verdad que hoy está anulado por el mundo virtual. Ahora con un móvil y Twitter te puedes convertir en algo que no eres. Durante la Guerra de los Balcanes era el único tío que estaba en Sarajevo. Hoy, en cambio, tienes mil intermediarios que falsean, manipulan o mienten a golpe de tuit. En la actualidad hay un caudal informativo desmesurado en el que resulta complicado distinguir lo fiable de lo no fiable. El problema de internet es que no discrimina y si no tienes una gran cultura o una sólida formación intelectual es relativamente sencillo caer en una de sus millones de trampas. Yo no soy demasiado listo, pero era evidente que era el periodismo que venía y decidí marcharme a casa.

¿Las redes sociales han matado a la vieja escuela?

A la vieja y a la nueva... Las redes sociales han matado al periodismo; ahora hay otra cosa. El periodismo ha muerto. Murió. Lo mataron las redes sociales, sin duda, y lo que tenemos hoy en día lo podemos llamar flujo de información. Vamos a ver. Un periodista serio que trabaja en un medio de comunicación solvente ante la ciudadanía tiene el mismo peso social que un desgraciado con una cuenta de Twitter que va pegando tortas a la gente por la calle. Cualquier analfabeto con un tuit puede tener muchos más seguidores que un profesional de la comunicación honrado. Además, ese descerebrado no se contenta con eso sino que encima se atreve a manejar la información. Eso hace que el rigor de un buen periodista quede oscurecido por el barullo: estoy seguro que un tío que sale en "Operación Triunfo" tiene más seguidores que yo.

¿Eso sí que es transitar por un "territorio minado"?

El problema es que es relativamente sencillo caer en una de esas trampas... Hasta los viejos zorros como yo se nos puede ir un día la cabeza con un tuit que borras de inmediato porque percibes que ese no es el espacio en el que debes exponer tu opinión. Incluso a los medios de comunicación serios, que únicamente persiguen "clicks" para lograr una rentabilidad publicitaria, les importa un carajo el rigor y prefieren jugar con la ambigüedad de un "fake" para obtener e mayor número de entradas.

¿Qué culpa se le puede achacar a la "postverdad"?

Esto no es culpa de nadie, son los tiempos que han cambiado... Hay una cosa que debemos entender de una vez por todas y que está en relación a que no siempre hay culpables. El mundo se mueve en una dirección. Durante de la Ilustración se movió en dirección a la luz y la cultura, en los años 30 en torno a la oscuridad y la barbarie, en los 70 hacia la democracia... Las dinámicas de la historia y de la vida son así. A partir de ahí, cada uno debe decidir si participa o no de esos cambios porque en la vida no hay soluciones, solo hay que vivirla.

¿Alguna vez ha sido "tentado" por la política?

Tentado no... Me vinieron a buscar muchas veces, pero nunca me sentí tentado porque siempre los mandé a hacer puñetas a todos. Una vez, incluso, se empeñaron en convencerme de que podía llegar a ser el alcalde de Cartagena. Hoy todavía me estoy riendo de aquella oferta. La política contamina todo lo que toca. A veces coincidido con ellos en una exposición y al día siguiente, cuando veo la información en un periódico, digo: ¡Mira este/a, fue para salir en la foto!

¿Las malas lenguas apunta que tiene tantos enemigos como el capitán Alatriste?

Yo creo que más... Pero desconfía de aquel que no tiene enemigos, eso significaría que se ha movido poco. Caminar es elegir y cuando eso ocurre ya te has ganado unos cuantos enemigos. En este país la gente se ha acostumbrado a estar conmigo o contra mí. Está prohibido ser indiferente porque solo existen aliados y enemigos... Los enemigos son buenos. Gracián, que es un autor que recomiendo que se lea y nadie lee, dice que "un sabio aprovecha más los enemigos que los amigos, porque los enemigos son los que te permiten estar en alerta. Saber que estás entre enemigos es lo que te mantiene despierto, vivo y, sobre todo, lúcido. ¡También tengo unos cuantos amigos!

"Yo no creo en la justicia"

Arturo Pérez-Reverte dice no sentirse un justiciero cuando pone su firma al servicio de "A sangre fría" o "Patente de corso". "Yo no creo en la justicia... Esas opiniones suenan a desahogo o ajuste de cuentas. Eso no es lo mismo que ser un justiciero. Yo no estoy dispuesto a morir llevándome las amarguras que me causan los tontos, los irresponsables o los malvados", enumeró sin obviar que le gusta "ajustar públicamente mis cuentas cada semana".

"Me indigna la estupidez"

El autor de la serie del capitán Alatriste señala que "de joven me indignaba la maldad, pero ahora me indigna la estupidez. Es mucho peor un tonto que un malvado", añadió antes de aclarar esa reflexión. "Con un malvado, incluso, puedes negociar o contarle que lo vas a matar por malvado, pero con un tonto la cosa cambia. Ahí no hay nada que negociar y, encima, cuando lo quieres matar te pregunta. ¿Por qué me matas, por qué me matas...? Pues te mato por tonto".

Altercado con un ministro en directo

El autor de "Territorio comanche", entre otros títulos, declara que siempre ha hablado claro. "No es que ahora no tenga pelos en la lengua. En realidad, nunca los tuve... Una vez tuve una enganchada con un ministro en directo que trataba de explicarme desde Bruselas cómo estaban las cosas en Sarajevo, que era donde yo estaba. ¡Véngase para acá, déjese de reuniones con los generales serbios y meta los pies en los charcos de sangre, que es donde los tengo yo metidos ahora mismo", rescata de un episodio que vivió en RTVE.

"La incultura me cabrea"

El novelista cartagenero sostiene que hay que estar alerta cuando "el tonto se convierte en cómplice del malvado por interés, por incultura, por miedo o, simplemente, porque es tonto. Cuando se alían la estupidez y la incultura las consecuencias son devastadoras. En mis artículos semanales puedo coquetear o tomarme una copa con un malvado, pero la incultura me cabrea", añadiendo que el cáncer del mundo es la estupidez, no la maldad", sentenció.

"No soy un llorón"

El miembro de la Real Academia Española (RAE) admite que en la actualidad disfruta de los privilegios que me ha proporcionado la vida. "Nadie me ha regalado nada; todo me lo que ganado a pulso. Son el resultado de una larga vida de trabajo, No soy un llorón. Como mucho, me verán cabreado o atacando a alguien, pero yo no soy uno de esos periodistas o novelistas que van llorando por las esquinas", concluyó.

ARTURO PÉREZ-REVERTE ESCRITOR