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VERSOS CADA DÍA

Coplas de mi tierra
5/ago/08 1:45 AM
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Me tachabas de ignorante,

te dabas de inteligente,

mi ignorancia es temporal

tu idiotez es permanente.

No te escarranches ansina

sobre esa burra morisca

que la vereda es estrecha

y de un respingo te'esrisca.

Muchas veces te pedí

que te casaras conmigo,

como no me has dado el sí

sólo seremos amigos.

Cuando venía de Masca

al pasar por El Palmar,

te vi arando con la yunta

las tierras del Pedregal.

Cuando te vi en la ventana

contemplando las estrellas,

yo te quise comparar

pero tú eras la más bella.

Si por otro me dejaras

siento que me moriría,

porque en esto del querer

yo con otra no sabría.

Recuerdo cuando del monte

con una carga de leña

mi madre siempre bajaba

cantando una malagueña.

Siento una pena en el alma

que no me deja vivir

por no decirle, te quiero,

a quien me trajo a este mundo

cuando se iba a morir.

Enrique Díaz Martín

Para mi madre

Siempre tuyo, madre

Madre. Yo pasajero polizón

de tu seno inmaculado,

te doy las gracias ahora, por

haberte conocido, y por haberme

alimentado, por colmarme de

consejos, con tanto aprecio y

agrado, por todas esas caricias,

y por cogerme las manos,

por no tirar la toalla y

no irte de mi lado y

los besos que me diste

siendo bueno y siendo malo.

Madre, que me hacías sonreír

cuando yo no lo quería, y

arrancabas a mis labios una

bonita sonrisa, por tanto como

me diste, estaré siempre a tu

lado, porque tú te lo mereces.

Madre, ese será mi regalo,

y espero verte muy pronto,

para poder abrazarte madre,

y llorar mientras te beso,

mientras beso mi estandarte.

Desganada tengo el alma

madre, y roto mi corazón,

pues no encuentro la ternura,

ni tampoco la calor, que

nacía en las entrañas de

tu propio corazón, que lo

tuve yo tan cerca, como

tú lo estás de Dios.

Adolfo Cruz

Visita al Cristo

El viernes fui a visitar

a mi Cristo del Calvario,

para hablarle de mi vida,

para rendirle fervor,

para pedirle consejo

y que me diera el valor

que un cristiano ha de tener

cada día en su misión.

Ante el Cristo y en silencio

escuché con atención

las palabras melodiosas

que musitaba su voz,

y yo las iba grabando

con entusiasmo y amor

para ponerlas en práctica

en la primera ocasión.

Después moví yo mis labios

orando con devoción,

le pedía y suplicaba

al divino Redentor

que me orientara y guiase

como buen Padre y Señor.

Allí pasé un largo rato

pleno de satisfacción,

y mi alma rebosaba

de piedad y de paciencia

pues no hay mejor compañía

que el goce de su presencia.

A. Velázquez