Criterios
LUIS ORTEGA

María Dolores Pradera

29/ago/18 0:40 AM
Edición impresa

F inalizaba agosto de 1991 y en gira de rodajes para la Expo de Sevilla coincidimos en Lima y, concretamente en La Hacienda, un hotel colonial del Barrio de Miraflores, que se preciaba de ofrecer la mejor música en directo de la capital peruana. Apenas instalados y en una sala a reventar, oímos y aplaudimos a la cantante madrileña acompañada por Los Gemelos -Santiago y Julián López Hernández, arquitecto e ingeniero, respectivamente- que compatibilizaron sus profesiones con la música.

María Dolores Pradera (1924-2018) se arrancó con temas de Chabuca Granda y la gentileza determinó el rumbo de su recital porque cada título -"Amarraditos", "Fina Estampa", "La Flor de la Canela"- tuvo bises y el delirio limeño ante el estilo elegante, la sobria dicción y el extraño encanto de una mujer bella y natural que hacía absolutamente suyas las palabras y las notas ajenas.

En una pausa programada, nos invitaron a su mesa y le hablé de una memorable actuación en "La Dama del Alba" (1970) en el Teatro Español. "Debes ser el único espectador que recuerda esta obra de Casona? Es broma. Entonces -nos dijo- yo estaba metida en todo; cine y teatro, si me convencían los papeles y las condiciones. Ahora, con estos dos -y señaló a sus acompañantes y amigos- ya no puedo ni quiero salir de la música".

De vuelta al escenario -y soplado por Santiago- el locutor de sala sorprendió a "la gran señora de la canción" con un cumpleaños feliz coreado por todos y realzado con un espectacular ramo de rosas y jazmines, como en el vals. "Gracias, gracias, cumplo sesenta y siete", dijo, y ante los rumores cariñosos de la gente, remató: "La verdadera coquetería está siempre en la verdad".

Siguieron luego tonadas de Yupanqui, zambas de Cafrune, rancheras de Cuco Sánchez y José Alfredo Jiménez y, entre sones, cumbias y boleros, se coló un fado que presentó con énfasis. "María la portuguesa", de Carlos Cano, compitió en entusiasmo y aplausos con las canciones de la Granda. Ahora, en la tarde de Breña Alta, con el Manto de la Virgen tintando el mar, la ilusionante resurrección del vinilo me devuelve un repertorio nostálgico de medio siglo y la elegancia y calidez de una voz inolvidable.

LUIS ORTEGA