Criterios
LO ÚLTIMO:
foto del aviso
Los Mossos retiran la acampada independentista de la plaza de Sant Jaume leer
JOSÉ MARÍA LIZUNDIA

Dos gigantes en el Guggenheim: Koons y Basquiat

4/ago/15 6:10 AM
Edición impresa

Jeff Koons es el artista vivo más cotizado del mundo. El perro floral Puppy a la entrada del Guggenheim/Bilbao, que era arte perecedero, se ha ganado la eternidad junto a su caseta, como dice el chiste, que es el museo. El perro es de Koons, un dandy guaperas y multimillonario, maduro, que estuvo casado con la actriz porno Cicciolina. Maneja los recursos más sorprendentes (por ominosos) del arte, y es capaz de incurrir en el kitsch, lo grotesco y el mal gusto absoluto, para poderlos redimir en el último momento con una emoción distinta y novedosa. No solo hace perros gigantes de flores, sino hinchables de figuras animales de materiales de una textura lujosa, satinada, pura, que se elevan a obras de arte. Los materiales son lo contario a lo que simulan ser. Lo inusual, los objetos menos dignos, representaciones naturalistas sin aura artística alguna son trascendidos. Con guiños burlones, nos muestra su rastreo por el arte conceptual, el pop art, el surrealismo o el dadaísmo.

Koons tiene en Nueva york a varios cientos de personas trabajando para él, realizando imitaciones de clásicos de la pintura, alterando la apariencia de materiales, tratando los objetos más feos. Mientras en Jeff Koons todo es limpio, medido, perfecto, aunque sean reproducciones de obras naturalistas descontextualizadas y provocadoras, Basquiat festeja el caos, la superposición de elementos y citas de arte primitivo, muchos signos, textos, grafitis... La factura de la obra de Basquiat es lo contrario a Koons: restos industriales, paredes degradadas, los signos elementales (o sea, la idea o impulso). Pero junto a todo ello en paredes o dibujos de grafitis en los que reinan negros con lanzas o coches dibujados por niños, una pintura hecha a grandes brochazos conforman masas de color en confabulación de contrastes y unidad con un mundo sígnico tan extraordinariamente poderoso, como los carteles luminosos de Times Square.

Si Koons opera en un quirófano aséptico con una intención subversiva, Basquiat es un "homeless" que se cura sus heridas con mejunjes perniciosos. Murió por drogas a los 27 años cuando ya era un artista consolidado; protegido por Andy Warhol, había entrado en combate con las fuerzas de elite de la transvanguardia italiana y los jóvenes salvajes alemanes. Años 80. Un mulato neoyorkino superdotado que casi solo conoció la calle.

Los dos han conseguido algo que parecía ya imposible: continuar agrandando el contenido del arte contemporáneo. Es casi unan cuestión antropológica: la potencia de la pulsión estética y la emoción derivada.

JOSÉ MARÍA LIZUNDIA