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FERNANDO JÁUREGUI

Mas será Ibarretxe, no Josu Jon

2/may/14 1:24 AM
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Formo parte, desde luego, de esa mayoría de ciudadanos atónitos ante el espectáculo político que se está dando a cuenta de lo que ocurre, y lo que no ocurre, en Cataluña. Si he de ser sincero, no puedo decir que lo sienta, pero la verdad es que las cosas no se ponen bien para los planes de Artur Mas, a quien ni siquiera las encuestas propias le vaticinan que, en caso de poder llevar adelante 'su' referéndum secesionista -que probablemente no podrá hacerlo-, los votos a favor de la independencia fuesen más que las papeletas en contra. Para colmo, otros sondeos le advierten de que, en caso de que precipitase las elecciones autonómicas, la catástrofe para su partido, Convergencia, sería bastante grave, y Esquerra Republicana se aprovecharía de ello.

Ya le andan augurando al president de la Generalitat un futuro semejante al del ex lehendakari Ibarretxe, que hoy vive en el ostracismo político dentro de la propia Euskadi. Y no es precisamente quien suscribe el que tales cosas va diciendo, aunque también las piense, sino los 'socios' del Partido Nacionalista Vasco. Un dirigente de este partido, el día anterior a la celebración del Aberri Eguna, me comentó: "Mas será Ibarretxe, no Josu Jon, ni siquiera Arzalluz". Mi interlocutor desconocía entonces -todos lo desconocíamos- que el ex presidente del PNV Josu Jon Imaz, un hombre dotado con muchas virtudes políticas y profesionales y que nada tiene de independentista, iba a obtener un importantísimo cargo en la segunda multinacional española. Al final, la vida privada recompensa a quien ha sabido desempeñarse con acierto y honradez en la vida pública. Creo que Mas, ni lo uno ni lo otro. Y ahora está en un lío.

Ignoro cuál será el futuro de Artur Mas, pero aseguro que no será brillante y que a su vida política no le quedan muchos meses; tal vez, ni una semana después de ese 9 de noviembre en el que, por carta dirigida a los primeros ministros europeos, se ha comprometido a celebrar 'su' consulta secesionista, que, a este paso, acabará siendo algo así como un sondeo de opinión o una anticipación enrabietada de las elecciones, naturalmente para perderlas.

Almorcé esta semana con el candidato de CiU a las elecciones europeas Ramón Tremosa y me reconoció que el Gobierno francés no es precisamente el más proclive a la aventura independentista de la Generalitat, y menos favorable aún se muestra París desde que el primer ministro se llama Manuel Valls y ha nacido y se ha criado, como todo el mundo sabe, en Cataluña.

Así las cosas, si los vecinos del sur y del norte se oponen a una eventual independencia del territorio catalán, si la UE advierte en todos los tonos que el 'nuevo país' independiente no tendría cabida de manera automática en la Unión, si los propios 'enviados especiales' de Mas a recorrer las embajadas en Madrid admiten que en todas partes les recuerdan que el referéndum sería ilegal, si los sondeos no le dan seguridad alguna de alcanzar una mayoría de 'síes' a la doble pregunta planteada, ¿qué les queda hacer a Artur Mas y a sus cada vez menos incondicionales?

Ignoro la respuesta, aunque yo siempre me he manifestado partidario de que el referéndum se celebre, y que lo haga de la mano del Estado, tras haberse explicado a fondo los pros y los contras: los independentistas, sabiéndose lo que hoy se sabe, lo perderían a poco generoso e imaginativo que ese Estado se mostrase. Y conste que admito la creciente incomodidad de los ciudadanos que habitan en Cataluña con la postura oficial del Gobierno central, el del silente Mariano Rajoy. Puede que el inquilino de La Moncloa aspire a que este problema, el catalán, también se pudra o se aplace, y hasta es probable que lo haga, enviando de paso a Mas a los infiernos del ostracismo. Pero eso no hará que desaparezca esa irritación en las calles catalanas hacia 'Madrid'. Qué quiere usted que le diga: yo preferiría tener a Artur Mas de aliado enfadado, pero aliado al fin, que a Oriol Junqueras feliz en la presidencia de la Generalitat.

Porque, a este paso, la falta de diálogo con Mas, las manos en los bolsillos en lugar de tendidas, acabarán conduciéndonos hacia una Generalitat presidida por un duro de Esquerra; no porque los electores quieran, sin más, la independencia, sino por dar una patada en el trasero madrileño con la bota catalana. Y ahí sí que se pueden cortar los puentes. ¿Y entonces? Es probable que Mas acabe como Ibarretxe, o buscando setas como Arzalluz, y no como Josu Jon Imaz -yo, desde luego, no contrataría para mi empresa al actual president de la Generalitat-; pero no estoy seguro de que, a este paso, Rajoy no acabe, como Basagoiti, teniendo que emigrar en busca de oportunidades a México. O a Santa Pola, o dondequiera que ahora esté emplazada su plaza de registrador de la propiedad. Y eso, claro, tampoco sería bueno.

FERNANDO JÁUREGUI