Nos hemos levantado mas temprano, esperanzados por la ausencia del típico repiqueteo de la ventisca en el techo de la tienda. Nos asomamos tímidamente para ver que tiempo hace y la ilusión se confirma. No es que el cielo este despejado, ni mucho menos, nubes negras cercan el horizonte a nuestros flancos pero al menos parece que tenemos un pequeño respiro. Lo suficiente para desayunar brevemente y recoger aceleradamente el campo.
Estamos resueltos a llegar hoy al borde del fiordo para poder enlazar con el medio de transporte que nos sacara de nuestro temporal aislamiento y nos devolverá a la “civilización”. No se plantea otra posibilidad. Hay que descender cueste lo que cueste.
Encaramos la pendiente glaciar con suerte desigual, bien al principio, mal después. Intentamos primero ir por el centro del valle mientras se pueda, menos agrietado a simple vista, pero tenemos que escorar en ocasiones a las morrenas laterales para enlazar con otra lengua glaciar y es entonces cuando los problemas se multiplican. La nieve caída durante estos días no tiene cohesión y nos hundimos en ella incluso con los esquíes. Que decir cuando nos caemos, perdemos el esquí y tratamos de ponernos en pie. Los trineos se muestran ingobernables en las bajadas: o se aceleran inesperadamente, tirando de nosotros como una bala de cañón atada a la pata de palo de un pirata, o caen lateralmente por la ladera, dando sucesivas vueltas de campana. Este descenso se convierte en una actividad mucho mas penosa y agotadora que cuando teníamos que tirar cuesta arriba del trineo. Un tormento, en definitiva. Solo queda apretar los dientes y tener paciencia.
No paramos mas de lo imprescindible. Descendemos en fila india, agrupados pero mínimamente separados, ante la posibilidad de embocar alguna grieta traicionera que la nieve recién caída ha tapado. Confiamos en que los esquíes aminoren este riesgo por distribuir nuestro peso en una larga superficie pero no acabamos de tenerlo claro.
Fruto de la dureza del recorrido el material falla. Antonio parte literalmente un esquí, Chus pierde su fijación que buscamos infructuosamente cavando su huella con una pala. El esquí amputado y malparado de Antonio resucita gracias a la nunca bien valorada cinta americana, aunque estamos por afirmar que nunca volverá a ser el mismo. La fijación desaparecida en acción de Chus es sustituida por un apaño de bricolaje con un crampon, digno de figurar en el libro de apaños mas raros del mundo de la montaña. Pero sin embargo vamos consiguiendo nuestro objetivo poco a poco: bajar como sea.
Ha dejado de nevar. También ha subido la temperatura y se deja notar en las cotas mas bajas del ya casi moribundo glaciar. La nieve va desapareciendo para dejar paso a una superficie helada y mas compacta aparentemente. Sin embargo, al ir descendiendo el hielo se licúa y se convierte en agua, decenas de estrechos canalillos sangran al glaciar. Empezamos a hundirnos en agua dentro del hielo. Se nos mojan las botas y con ellas los pies. Ya no podemos parar hasta salir de este extraño terreno. Pararse es congelarse.
Finalmente damos con una ultima rampa de 30 grados de inclinación que señala el fin de la lengua glaciar. Sorprendentemente, el mar queda aun lejos y las curvas del valle nos lo ocultan parcialmente. Estamos viendo en vivo y en directo los efectos reales del cambio climático. Aumento de las temperaturas, licuacion de los hielos, transformación en canales que horadan el glaciar, debilitándolo y obligándolo a retroceder como un animal acosado desde sus dominios originales. Es una clase viva de Geografía.
Aprovechamos el final del río de hielo para reagruparnos, comer algo, ponernos las botas de plástico y en pensar que haremos ahora, lejos del agua, por un terreno de rocas y arbustos densos con un trineo lleno de equipo y bultos. Tenemos dos opciones claras: la primera, mas inteligente, consiste en dividir la carga y hacer porteos sucesivos hasta trasladarlo todo, y la segunda, mas española, cargarnos como burros y bajarlo todo de una vez aunque reventemos. Es evidente cual fue la elegida, no?
Intentamos reducir todo el material al mínimo posible de bultos, nos lo cargamos unos a otros, nos atamos el trineo semivacio al arnés, que nos seguirá fielmente durante este recorrido golpeando sin recato la mayor cantidad de piedras posible y enganchándose periódicamente como si de un ancla se tratase. El primer tramo es especialmente atractivo, hay que atravesar un riachuelo y hacer equilibrios sobre grandes y pequeñas rocas. Olemos el mar y la ansiedad por llegar nos espolea. Nos doblamos por el peso pero apenas paramos. Sudamos la gota gorda y doblamos la cintura como porteadores sherpas, pero no paramos. Ya se ve el fiordo, apenas a dos kilómetros. Hemos recorrido tres. Nos topamos con un bosquecillo de sauces enanos, que nos bloquean el paso y atascan el trineo. Maldiciendo tenemos que ascender de nuevo por una ladera para evitar la barrera de la vegetación y un arroyo extremadamente caudaloso.
Alguien grita “un barco!”, y todos miramos. Una pequeña embarcación solitaria se encuentra en pleno centro del fiordo, dejándose ver y navegando en círculos por un tramo en el que desembocan hasta cuatro lenguas glaciares. No sabían por cual de ellas saldríamos pero están aquí desde hace un par de horas, esperándonos.
Es difícil describir la emoción que sentimos cuando vislumbramos esa frágil embarcación y escuchamos el ronroneo de su motor. Casi sentimos que ya estamos en casa y es un momento mágico y único, de alivio y felicidad, que hay que vivirlo en toda su intensidad para comprenderlo. Al final, la sensación es que hemos terminado nuestra aventura y no hemos tenido contratiempos dignos de mención, mas allá de las típicas vicisitudes de un paseo por las montañas groenlandesas. En otras palabras, si acaba bien, todo esta bien.
Embarcamos. Dos marineros inuit nos ayudan a subir el pesado bagaje, que casi hemos arrastrado el ultimo kilometro, desde una playa de fina arena negra azabache, como Platero (nunca mejor dicho). Nos cuesta un poco abandonar la tierra, como si quisiéramos estirar un poquito mas nuestra presencia en esta tierra remota, a la que probablemente nunca regresaremos. Nos apremian a que subamos y en la cabina nos reciben con sonrisas, agua y café caliente que saben a gloria. Nos relajamos mientras la nave pone rumbo lentamente hacia alta mar por el ancho y oscuro Fiordo de la Eternidad. Hace fresco pero no lo sentimos. Nos apoyamos en la borda con una taza de café para contemplar las riberas marcadas por glaciares y acantilados verticales.
Justo en ese momento, ocurre algo inesperado. El capitán nos señala a proa y dice una palabra en ingles: whales! (ballenas). Incrédulos vemos a lo lejos una mancha oscura que emerge de la superficie uniforme del mar y emite un chorro de agua en vertical. Nos tiramos como niños a la proa del barco para ver mejor, con las cámaras en ristre. El piloto vira y sigue un rumbo convergente con el cetáceo para que lo veamos de cerca. A pesar de que restan tres horas de navegación hasta puerto decide regalarnos un ratito de ilusión para que veamos nuestra primera gran ballena en el circulo polar ártico. Estamos casi en el final del fiordo y hemos tenido una suerte extraordinaria porque no es la época mas propicia para verlas en la zona. Es una “homepack”, no excesivamente grande, de unos 10 metros aproximadamente, con mejillones anclados en su lomo, y que nos enseña con una aparente pereza sus aletas dorsales. Después de media hora larga de observación marina y viendo que el tiempo empeora, el patrón encara de nuevo hacia Maniisoq, nuestro puerto de destino final. La ballena ha sido nuestro broche final ideal a esta peculiar travesía ártica, y con su imagen nos abandonamos al cansancio en los sillones del barco, mientras las gotas de lluvia se escurren y resbalan por fuera de los cristales de los amplios ventanales. Y así, tras una larga pero efímera navegación se termina nuestro ajetreado periplo por tierras esquimales.
Poco mas que contar, nos han dicho en el pueblo que hemos sido los primeros en realizar una travesía por la zona, así como que las dos montañas estaban inescaladas. No es raro, incluso es poco probable que vuelvan a ser holladas porque existen tantas posibilidades de acceder a cimas vírgenes que quien va a querer exponerse en una repetición. En definitiva, dos montañas, tres vías nuevas -lógicamente-, una travesía en esquí, mucha tormenta, mucha nieve y no tanto frío como esperábamos. No es un mal balance, al menos para nosotros que hemos vivido algunas de nuestras mejores jornadas alpinas en este desolado rincón del planeta.
En el capitulo personal, hemos funcionado perfectamente como equipo, sin egocentrismos ni absurdas rivalidades. En resumen, un grupo de amigos que han compartido viaje y aventura con fair play, compañerismo y buen talante. Sin duda, era importante la fuerza y experiencia acumulada del grupo, que es mucha y variada. Con esos mimbres es relativamente fácil elaborar un buen cesto.
Y aquí termina el relato de las desventuras de una expedición canario-catalana-asturiana por los hielos en retroceso -pero aun potentes- de Groenlandia. Esperamos y deseamos que ustedes hayan disfrutado tanto leyéndonos como nosotros contándolo. Pedimos -como siempre- perdón por la presurosa redacción no siempre en las condiciones ideales y por las faltas de un teclado en ingles, con problemas para las “ñ” y las tildes. Confiamos en su benevolencia y ojalá en tiempos no demasiado lejanos podamos repetir una experiencia, similar o diferente. Hasta entonces, un fuerte abrazo y un sincero agradecimiento de
Ricard Avila
Francisco “Ciscu” Carmona
Jesús “Chus” Cubillas
Ulises Fraga
Joanto Gebelli
Antonio López
Pedro Millán
Groenlandia 2008































Crónicas del viaje de expedición a Groenlandia