Nos hemos levantado mas temprano, esperanzados por la ausencia del típico repiqueteo de la ventisca en el techo de la tienda. Nos asomamos tímidamente para ver que tiempo hace y la ilusión se confirma. No es que el cielo este despejado, ni mucho menos, nubes negras cercan el horizonte a nuestros flancos pero al menos parece que tenemos un pequeño respiro. Lo suficiente para desayunar brevemente y recoger aceleradamente el campo.

Estamos resueltos a llegar hoy al borde del fiordo para poder enlazar con el medio de transporte que nos sacara de nuestro temporal aislamiento y nos devolverá a la “civilización”. No se plantea otra posibilidad. Hay que descender cueste lo que cueste.

Encaramos la pendiente glaciar con suerte desigual, bien al principio, mal después. Intentamos primero ir por el centro del valle mientras se pueda, menos agrietado a simple vista, pero tenemos que escorar en ocasiones a las morrenas laterales para enlazar con otra lengua glaciar y es entonces cuando los problemas se multiplican. La nieve caída durante estos días no tiene cohesión y nos hundimos en ella incluso con los esquíes. Que decir cuando nos caemos, perdemos el esquí y tratamos de ponernos en pie. Los trineos se muestran ingobernables en las bajadas: o se aceleran inesperadamente, tirando de nosotros como una bala de cañón atada a la pata de palo de un pirata, o caen lateralmente por la ladera, dando sucesivas vueltas de campana. Este descenso se convierte en una actividad mucho mas penosa y agotadora que cuando teníamos que tirar cuesta arriba del trineo. Un tormento, en definitiva. Solo queda apretar los dientes y tener paciencia.

No paramos mas de lo imprescindible. Descendemos en fila india, agrupados pero mínimamente separados, ante la posibilidad de embocar alguna grieta traicionera que la nieve recién caída ha tapado. Confiamos en que los esquíes aminoren este riesgo por distribuir nuestro peso en una larga superficie pero no acabamos de tenerlo claro.

Fruto de la dureza del recorrido el material falla. Antonio parte literalmente un esquí, Chus pierde su fijación que buscamos infructuosamente cavando su huella con una pala. El esquí amputado y malparado de Antonio resucita gracias a la nunca bien valorada cinta americana, aunque estamos por afirmar que nunca volverá a ser el mismo. La fijación desaparecida en acción de Chus es sustituida por un apaño de bricolaje con un crampon, digno de figurar en el libro de apaños mas raros del mundo de la montaña. Pero sin embargo vamos consiguiendo nuestro objetivo poco a poco: bajar como sea.

Ha dejado de nevar. También ha subido la temperatura y se deja notar en las cotas mas bajas del ya casi moribundo glaciar. La nieve va desapareciendo para dejar paso a una superficie helada y mas compacta aparentemente. Sin embargo, al ir descendiendo el hielo se licúa y se convierte en agua, decenas de estrechos canalillos sangran al glaciar. Empezamos a hundirnos en agua dentro del hielo. Se nos mojan las botas y con ellas los pies. Ya no podemos parar hasta salir de este extraño terreno. Pararse es congelarse.

Finalmente damos con una ultima rampa de 30 grados de inclinación que señala el fin de la lengua glaciar. Sorprendentemente, el mar queda aun lejos y las curvas del valle nos lo ocultan parcialmente. Estamos viendo en vivo y en directo los efectos reales del cambio climático. Aumento de las temperaturas, licuacion de los hielos, transformación en canales que horadan el glaciar, debilitándolo y obligándolo a retroceder como un animal acosado desde sus dominios originales. Es una clase viva  de Geografía.

Aprovechamos el final del río de hielo para reagruparnos, comer algo, ponernos las botas de plástico y en pensar que haremos ahora, lejos del agua, por un terreno de rocas y arbustos densos con un trineo lleno de equipo y bultos. Tenemos dos opciones claras: la primera, mas inteligente, consiste en dividir la carga y hacer porteos sucesivos hasta trasladarlo todo, y la segunda, mas española, cargarnos como burros y bajarlo todo de una vez aunque reventemos. Es evidente cual fue la elegida, no?

Intentamos reducir todo el material al mínimo posible de bultos, nos lo cargamos unos a otros, nos atamos el trineo semivacio al arnés, que nos seguirá fielmente durante este recorrido golpeando sin recato la mayor cantidad de piedras posible y enganchándose periódicamente como si de un ancla se tratase. El primer tramo es especialmente atractivo, hay que atravesar un riachuelo y hacer equilibrios sobre grandes y pequeñas rocas. Olemos el mar y la ansiedad por llegar nos espolea. Nos doblamos por el peso pero apenas paramos. Sudamos la gota gorda y doblamos la cintura como porteadores sherpas, pero no paramos. Ya se ve el fiordo, apenas a dos kilómetros. Hemos recorrido tres. Nos topamos con un bosquecillo de sauces enanos, que nos bloquean el paso y atascan el trineo. Maldiciendo tenemos que ascender de nuevo por una ladera para evitar la barrera de la vegetación  y un arroyo extremadamente caudaloso.

Alguien grita “un barco!”, y todos miramos. Una pequeña embarcación solitaria se encuentra en pleno centro del fiordo, dejándose ver y navegando en círculos por un tramo en el que desembocan hasta cuatro lenguas glaciares. No sabían por cual de ellas saldríamos pero están aquí desde hace un par de horas, esperándonos.

Es difícil describir la emoción que sentimos cuando vislumbramos esa frágil embarcación y escuchamos el ronroneo de su motor. Casi sentimos que ya estamos en casa y es un momento mágico y único, de alivio y felicidad, que hay que vivirlo en toda su intensidad para comprenderlo. Al final, la sensación es que hemos terminado nuestra aventura y no hemos tenido contratiempos dignos de mención, mas allá de las típicas vicisitudes de un paseo por las montañas groenlandesas. En otras palabras, si acaba bien, todo esta bien.

Embarcamos. Dos marineros inuit nos ayudan a subir el pesado bagaje, que casi hemos arrastrado el ultimo kilometro, desde una playa de fina arena negra azabache, como Platero (nunca mejor dicho). Nos cuesta un poco abandonar la tierra, como si quisiéramos estirar un poquito mas nuestra presencia en esta tierra remota, a la que probablemente nunca regresaremos. Nos apremian a que subamos y en la cabina nos reciben con sonrisas, agua y café caliente que saben a gloria. Nos relajamos mientras la nave pone rumbo lentamente hacia alta mar por el ancho y oscuro Fiordo de la Eternidad. Hace fresco pero no lo sentimos. Nos apoyamos en la borda con una taza de café para contemplar las riberas marcadas por glaciares y acantilados verticales.

Justo en ese momento, ocurre algo inesperado. El capitán nos señala a proa y dice una palabra en ingles: whales! (ballenas). Incrédulos vemos a lo lejos una mancha oscura que emerge de la superficie uniforme del mar y emite un chorro de agua en vertical. Nos tiramos como niños a la proa del barco para ver mejor, con las cámaras en ristre. El piloto vira y sigue un rumbo convergente con el cetáceo para que lo veamos de cerca. A pesar de que restan tres horas de navegación hasta puerto decide regalarnos un ratito de ilusión para que veamos nuestra primera gran ballena en el circulo polar ártico. Estamos casi en el final del fiordo y hemos tenido una suerte extraordinaria porque no es la época mas propicia para verlas en la zona. Es una “homepack”, no excesivamente grande, de unos 10 metros aproximadamente, con mejillones anclados en su lomo, y que nos enseña con una aparente pereza sus aletas dorsales. Después de media hora larga de observación marina y viendo que el tiempo empeora, el patrón encara de nuevo hacia Maniisoq, nuestro puerto de destino final. La ballena ha sido nuestro broche final ideal a esta peculiar travesía ártica, y con su imagen nos abandonamos al cansancio en los sillones del barco, mientras las gotas de lluvia se escurren y resbalan por fuera de los cristales de los amplios ventanales. Y así, tras una larga pero efímera navegación se termina nuestro ajetreado periplo por tierras esquimales.

Poco mas que contar, nos han dicho en el pueblo que hemos sido los primeros en realizar una travesía por la zona, así como que las dos montañas estaban inescaladas. No es raro, incluso es poco probable que vuelvan a ser holladas porque existen tantas posibilidades de acceder a cimas vírgenes que quien va a querer exponerse en una repetición. En definitiva, dos montañas, tres vías nuevas -lógicamente-, una travesía en esquí, mucha tormenta, mucha nieve y no tanto frío como esperábamos. No es un mal balance, al menos para nosotros que hemos vivido algunas de nuestras mejores jornadas alpinas en este desolado rincón del planeta.

En el capitulo personal, hemos funcionado perfectamente como equipo, sin egocentrismos ni absurdas rivalidades. En resumen, un grupo de amigos que han compartido viaje y aventura con fair play, compañerismo y buen talante. Sin duda, era importante la fuerza y experiencia acumulada del grupo, que es mucha y variada. Con esos mimbres es relativamente fácil elaborar un buen cesto.

Y aquí termina el relato de las desventuras de una expedición canario-catalana-asturiana por los hielos en retroceso -pero aun potentes- de Groenlandia. Esperamos y deseamos que ustedes hayan disfrutado tanto leyéndonos como nosotros contándolo. Pedimos -como siempre- perdón por la presurosa redacción no siempre en las condiciones ideales y por las faltas de un teclado en ingles, con problemas para las “ñ” y las tildes. Confiamos en su benevolencia y ojalá en tiempos no demasiado lejanos podamos repetir una experiencia, similar o diferente. Hasta entonces, un fuerte abrazo y un sincero agradecimiento de

Ricard Avila
Francisco  “Ciscu” Carmona
Jesús “Chus” Cubillas
Ulises Fraga
Joanto Gebelli
Antonio López
Pedro Millán

Groenlandia 2008

Las retiradas tienen algo de tristeza visual, en especial cuando se desarrollan bajo una espesa nevada. Es lo que nos esta ocurriendo. Como las tropas napoleónicas en la estepa rusa vamos dejando atrás kilómetros de paisaje nevado, solo que no vamos dejando desperdigado el tesoro del Moscú de los zares tras nosotros ni hay jinetes cosacos ansiosos por rebanarnos el cuello. Para compensar algo tenemos que franquear diversos tramos de grietas ligeramente inquietantes, cuando la visibilidad disminuye exponencialmente.

Hoy hemos decidido movernos de nuestro encierro a pesar de la tormenta que promete durar algunos días. Tenemos un largo camino por delante y esperar indefinidamente a que el tiempo se aclare no es una opción. Tenemos tres días de margen para alcanzar el fiordo de la Eternidad y llegar a tiempo a nuestra cita con el barco para poder regresar a casa.

Nos hemos convertido en expertos en montar y desmontar campamentos, por lo que a estas alturas de la historia apenas nos cuesta 45 minutos, recoger y empacar todo en los trineos. El amenazante cielo nos anima a no tardar demasiado.

Remontamos el ultimo collado, la penúltima pendiente en esta travesía polar, y salimos a un nuevo valle que ya no exploraremos. Lo atravesamos transversalmente y embocamos un ancho glaciar que empieza a enfilar hacia abajo, muy suave al principio, mas fuerte en algunos tramos. Montamos los trineos estilo cowboy y bajamos con mayor velocidad y, sobre todo, con mas alegría. Desgraciadamente, comienzan a aparecer nuevas grietas que abortan esta nueva modalidad deportiva ciertamente extrema.

Decidimos montar el ultimo campo en los hielos, cuando comienzan a aparecer las primeras manchas de tierra ocre en las morrenas laterales del glaciar sin nombre en el que nos hayamos metidos.

Como la tarde es aun larga y la luz eterna, decidimos movernos y hacer algo no demasiado lejos. Unos se acercan a un promontorio rocoso para poder deducir cual será el mejor camino para descender hasta el mar al día siguiente. Desde esa atalaya es posible ver un ancho brazo de mar azul cobalto que penetra en la tierra a través del fiordo, testimonio de antiguas glaciaciones y climas diferentes. Parece cerca pero aun quedan 1.300 metros de desnivel y un recorrido incierto sobre terreno desconocido. Ni siquiera sabemos si el glaciar acaba cerca de la costa, o a unos kilómetros, resultado del evidente y acelerado retroceso que están padeciendo en estas y en otras partes del planeta. Tampoco sabemos si acaba en una cascada de seracs o en una pendiente suave. No tenemos ni idea de nada de nada, lo que lo hace mas interesante, obviamente.

Otros se van al cercano glaciar para escalar en hielo, instalan una cuerda y comienzan a practicar escalada vertical en un gran serac, al que deben acceder a través de una grieta muy abierta.

Al “anochecer” nos reunimos todos de nuevo en las tiendas de campaña para cenar. De pronto comienza a nevar, cada vez con mas fuerza y ya no parara en toda la noche, el día y la noche siguiente.

Empantanados en el hielo
El plan de continuar descendiendo ha sido desestimado por razones de fuerza mayor. No se ve a diez metros y la nieve comienza a caer ya de forma mas consistente que en días anteriores. Salimos periódicamente a sacudir la nieve del techo de las tiendas y a ver si clarea por algún lado. Nos empieza a preocupar quedarnos inmovilizados por estas tormentas primaverales y llegar tarde o no llegar al punto de recogida. La incertidumbre se cierne sobre nosotros y angustia mas que cualquier escalada.

Llevamos 36 horas de encierro y lo llevamos relativamente bien. Hablamos y mucho. Para bien o para mal nos hemos juntado gente bastante charlatana y pasamos mucho tiempo conversando sobre muchos y diversos temas.

Nos hemos enterado por el satélite que el montañero navarro Iñaki Ochoa ha muerto de edema en el Anapurna y la noticia nos ha impresionado y entristecido, en parte porque algunos le conocíamos, por haber coincidido con el alguna expedición en Nepal, y en parte porque era un extraordinario alpinista, muy fuerte y capaz. Su muerte nos recuerda nuestra propia fragilidad e insignificancia respecto a las montañas que pretendemos ascender y al mismo tiempo disfrutar.

Y como las monedas suelen tener dos caras, también nos llega una buena noticia: nuestro amigo Xavi Aymar ha logrado hacer cumbre en su deseado Everest, en el año de la locura olímpica y de la triste antorcha en la cumbre. Una vez finalizado el show chino dieron permiso al resto de expediciones para acceder al techo del mundo. Finalmente, ocho años después de abandonar a 100 metros de la cumbre, sin oxigeno y casi ciego, Xavi logro realizar su sueño. Sin lugar a dudas, una cumbre bien merecida por un gran montañero catalán (de origen tarraconense pero afincado en Puigcerda) y, sobre todo, por una buena persona. Felicidades!

Nos acostamos con la esperanza de que el tiempo mejore mañana y si no, tiraremos hacia abajo de cualquier forma. A pesar de que la nevada continua, no acaba de helar y la nieve se convierte en pastosa e inestable, un suplicio para movernos con trineos y mucho peso. Es casi seguro que tendremos un día de lo mas divertido.

Hasta pronto.

la noche volvió a ser fría. El termómetro cayo, acariciando la barrera de los 15 bajo cero. No es demasiado para lo que nos esperábamos, pero es mas que suficiente cuando alguno tiene que salir del cálido saco de dormir, en la claridad de la gélida madrugada, para realizar sus necesidades fisiológicas.

Las noches son claras, el cielo de un azul degradado, sin una nube, sin una estrella, sin luna. Lo único que suele romper esta monotonía visual es la estela de algún reactor camino de Japón o cuando algún cirro desgajado se asoma en el horizonte blanco hasta la medula, advirtiendonos de un posible cambio meteorologico. Por cierto, llevamos dos semanas sin noche, sin oscuridad, y ya nos hemos acostumbrado a dormirnos usando los pañuelos para taparnos los ojos. No es difícil cuando uno llega cansado a la tienda.

La segunda montaña

Las noches despejadas y frías dan paso a días claros y cálidos, en especial cuando se escala en nieve y se portea una mochila pesada a la espalda.

Hoy hemos desayunado a la misma hora, las siete, quizás con mas relajación que el día anterior y menos incertidumbre. Ya sabemos de que van las montañas groenlandesas y estamos mejor preparados sicologicamente para afrontarlas. Cuestión de experiencia, suponemos.

Nuestro campamento se erige a la sombra de la montaña mas alta del circo, que si tiene nombre el Agssaussat. Sus afiladas aristas y acornisada cumbre nos ha tapado el sol al anochecer, haciendo que la temperatura caiga en picado. Hoy, hemos pensado en tomarnos la revancha amistosa, miramos hacia su cumbre, mas de 1.000 escarpados metros por encima de nosotros.

Nos vestimos de nuevo “de romanos” y comenzamos a caminar hacia su cercana base. “Parece que vamos a tener otro día de playa” - comenta alguien-. Y es verdad, hace calor y se nota en que en apenas unos minutos tenemos que despojarnos de toda la ropa de abrigo y quedamos en mallas y camisas térmicas.

Nos dividimos. Existe un ruta evidente a la cumbre, ascendiendo primero hasta un collado y luego siguiendo la arista sur, por canales de nieve y roca, mas larga pero también menos expuesta, en principio, y por ahí se encaminan Ulises, Ricard, Chus, Joanto y Pedro. Antonio y Ciscu eligen una vía mas directa y difícil, un elgante corredor de nieve de casi 700 metros, con una inclinación mantenida de hasta 70 grados. Hemos quedado en reunirnos todos en la cumbre para la foto, como siempre. Pura rutina.

El primer grupo asciende trabajosamente hasta el collado por una nieve en plena transformación por el calor y, sobre la marcha, encara la arista por un espolón de roca descompuesta que complica mucho el avance y amenaza con desprender rocas sobre los compañeros. Se avanza con tiento. Deben quitarse los crampones varias veces, alternando trechos de nieve blanda con sencillas trepadas por grandes rocas cubiertas por algunas manchas de musgos y líquenes. El algún rinconcito sobresale con timidez unas briznas de hierba, preludio del verano que esta por llegar.

En el gran corredor, Ciscu y Antonio que han comenzado con prudencia y casi con desconfianza, comienzan a entonarse y a disfrutar de la vía. Escalan a la par, sin cuerda, hablando y comentando las incidencias del viaje, pero sin perder por un momento la concentración. No hay margen para el error, pero afortunadamente la nieve aunque cambiante se encuentra en buenas condiciones. En apenas dos horas y media alcanzan la arista cimera y media hora mas tarde la cumbre.

Apenas una hora mas tarde, llegan los otros cinco cresteando por estrechos pasillos de nieve entre espigones de roca. Pasan de puntillas por algunas vertiginosas cornisas sobre el ahora lejano valle de procedencia y se asoman al ultimo tramo, una afilada y acanalada arista de 100 metros que conduce a una cumbrecita de apenas 3 metros cuadrados, posiblemente el espacio de Groenlandia con mayor densidad demográfica, ayer, a la una de la tarde. Sopla el viento y hace frío. Nos abrigamos y procedemos de nuevo al exigente protocolo de fotografías a discreción.

La panorámica es simplemente apabullante. Es la montaña mas alta de esta parte del macizo. Se divisa hasta el Mar de Baffin, mas allá de los fiordos, algunos de los cuales -comprobamos- continúan congelados. Otros comienzan a fragmentar su superficie helada en grandes mosaicos blancos. Es casi una vista aérea que permite divisar decenas de afiladas montañas como la nuestra. Intactas en su mayoría y que supondrán nuevos retos y desafíos para otras personas como nosotros, en otros tiempos. También asistimos asombrados al espectáculo de una decena de glaciares, provenientes del interior del inlandis, que se precipitan hacia los cercanos fiordos, quebrándose, agrietándose, colpasandose… Intentamos memorizar esta visión para conservarla durante mucho tiempo, conscientes de que es poco probable que volvamos a estar en un sitio semejante, aunque quien sabe…

Nos arrebujamos en un saliente de roca, azocado del viento y lejos de las amenazantes cornisas y nos relajamos un instante antes de comenzar la que se presume como trabajosa bajada. Comemos lo de siempre, contamos chistes, reimos… Lo dicho, pura rutina.

El descenso es mas largo que un día sin pan y agota mas que la propia ascensión. Elegimos la nieve para bajar porque nos ofrece a simple vista mas seguridad que la roca meteorizada. Descendemos de espaldas a la pendiente, clavando ambos piolets y los crampones. La nieve esta en plena descomposición y cuesta afianzarse en ella. Nos lo tomamos con calma. Cada metro que hacemos es un metro menos hasta abajo . Se acaba el corredor y tenemos que volver a hacer un flaqueo de la montaña para colocarnos en la vertical del collado original. En algunos tramos, la nieve se hunde literalmente bajo nuestro paso y nos “traga” hasta la cintura. Es una pesadez que se termina cuando alcanzamos el gran espolón de roca y en unos minutos estamos sobre el collado. Otros 200 metros destrepando de cara a la pared por la nieve y ya estamos por fin en terreno seguro, con el “apartamento” a menos de media hora.

A las 5 de una luminosa tarde ártica arribamos al campamento. Llegamos cansados pero contentos, con la sensación de que hemos cumplido con nuestros objetivos al salir de España, que el tiempo ha sido benigno con nosotros y que hemos tenido la suerte necesaria que muchas veces separa el éxito del fracaso. Ahora, lo que llegue será propina y sobre todo -lo que nos preocupa- es acabar bien, que no haya percances ni accidentes, y que todos podamos regresar a casa sanos y salvos.

En una semana habremos regresado a nuestros hogares y los ecos de esta historia se desvanecerán paulatinamente en nuestro frenético día a día, y casi nos parecerá un sueño que algún día vimos Groenlandia desde la cima de sus montañas. Sin embargo, ocurrió de verdad y así lo hemos intentado transmitir, no sabemos muy bien si con éxito pero si al menos con buena intención.

Mal tiempo de nuevo

Hoy sábado, el mal tiempo ha regresado. El azul añil ha dejado paso al gris marengo. El viento ártico ocupa en estos momentos nuestro valle, arrojándonos frío y nieve sobre nuestro campamento, inmovilizándonos en las tiendas hasta que escampe.

No obstante, hay que precisar que cuando se tienen los “deberes hechos” esta espera no llega a desesperar. Nos lo tomamos con calma y paciencia, hablamos mucho, leemos, hacemos visitas de cortesía a la tienda de al lado, escuchamos música, y poco mas. Esta mañana nos llamo la radio, Radio El Día y mientras nos enganchaban en mesa, oíamos de fondo las noticias del informativo, alguna bronca entre los partidos políticos, y parecía tan absurdo e irreal, tan irrelevante e insignificante que nos costaba entender cual era la razón que les llevaba a porfiar tan desaforadamente. Ese es, en definitiva, otro de los beneficios de este tipo de viajes, te permite aislarte y evadirte del mundanal ruido y, a la larga, diferenciar la paja del grano. No es poco, en los tiempos que corren.

A ver que pasa mañana, nevara o hara bueno? A eso se circunscriben nuestras preocupaciones mas inmediatas en estas peculiares primavarales vacaciones de hielo y nieve. En todo caso, ustedes lo sabran casi al mismo tiempo que nosotros. Un abrazo.

Son las 7 de la mañana y comienzan a sonar los despertadores de los relojes. Hace rato que estamos despiertos en los sacos, esperando la hora de comenzar a prepararnos, mientras intentamos arrancar en el ultimo momento algún sueño fugaz a la perenne claridad de la noche polar. Hace frío, el suficiente para que cueste ponernos en marcha. Cuatro personas dentro de una tienda de campaña tienen que organizarse para vestirse. Nos equipamos por turnos. Dejamos la “ropa de cama” en el interior de los sacos y nos ponemos la vestimenta de batalla, capa a capa. En pocos minutos abandonamos todos nuestros cálidos refugios de tela y salimos a la deslumbrante y gélida intemperie groenlandesa.

Desayunamos con mas atención que en días precedentes, ingiriendo todo lo que podemos. En especial, tomamos mucho liquido, porque sabemos que lo perderemos en las próximas horas. Los hornillos no dan a basto fundiendo nieve para beber. Chocolate, café, te…, cada uno según sus preferencias. Hoy, hemos comenzado a racionar el azúcar, la mermelada y las toallitas húmedas, ante la posibilidad de que se nos acaben antes de tiempo. No hablamos mucho, tampoco hace falta.

Finalmente, nos ponemos los arneses, el material de escalada, los crampones, las cuerdas…, cargamos las mochilas con ropa de abrigo, agua, algo de comida y empezamos a caminar en dirección la base de nuestro primer objetivo de esta expedición, la montaña sin nombre, que se erige al este de nuestro campamento. Avanzamos en grupos por el gran plateau central de nuestro valle, a un buen ritmo pero sin excesivas prisas, esperando que esta marcha sirva de calentamiento para nuestro cuerpo.

El sol de solsticio que orbita en torno a nuestras tiendas durante las 24 horas del día, en estos primeros momentos de la mañana, mantiene en sombra los corredores de nieve por los que pensamos intentar ascender. Ayer, Ciscu y Joanto reconocieron la vertiente a pie de vía y eligieron la que consideraron la mejor ruta para “atacar” la montaña. Se trata de un amplio cono de nieve, un embudo nevado que se va estrechando mientras trepa por la ladera, marcado por una avalancha relativamente reciente, que nos hace pensar que es un acceso bastante seguro. Es poco probable dos avalanchas seguidas en el mismo sitio, no?

Comenzamos a sudar. Abandonamos la llanura y empezamos a ascender gradualmente hasta ponernos al pie de la ladera. Las gafas se empañan y tenemos que quitarnos la ropa de abrigo que llevamos y nos quedamos solo en camisa térmica. Hace un día sencillamente espectacular, sin una nube en el horizonte y con una atmósfera tan nítida y limpia que permite divisar cientos de kilómetros a la redonda de montañas y glaciares. A cada metro que le ganamos a la pared el paisaje se muestra mas impresionante. Si hubiera una palabra que pudiera definir lo que divisamos seria “inmensidad”.

Empezamos ascendiendo por el cono de deyección del corredor de nieve, sobre los restos del mencionado alud. La pendiente se va empinando gradualmente al tiempo que el corredor se estrecha flanqueado por espigones de roca descompuesta. Vamos agrupados, los siete en apenas 50 metros, con dos piolets, sin cuerda. Hemos valorado que de esta forma, sin atar y sin seguros, ganaremos en velocidad y seguridad porque superaremos los tramos mas complicados con la nieve en mejores condiciones. También, se supone que yendo tan juntos, casi tocando al que te precede, reducimos la posibilidad de que a alguno le caiga una piedra desplazada por un compañero.

En todo caso, ascendemos con rapidez y prudencia por estas rampas de 45 grados de inclinación, mientras vamos dejando hacia abajo un largo tobogán nevado. La nieve esta en buenas condiciones y vamos ganando metros sin incidencias dignas de mención. Nos esforzamos por grabar y fotografiar la actividad, pensando que en poco tiempo podremos mostrarla a propios y extraños, conscientes de la espectacularidad de las vistas. Disfrutamos…

A media pared, el corredor se estrecha y se empina, alcanzando en varios puntos los 60-65 grados de inclinación. En estos tramos doblamos la precaución ya que hay placas de hielo en los que crampones y piolets deben morder con mayor fuerza la pared. Sudamos…

Hemos empezado a ascender a las 9:15, y a las 12:15, tras superar un muro descompuesto de roca, alcanzamos la arista final, todo un regalo para la vista. Comenzamos a ver la vertiente opuesta, un nuevo océano de montañas y glaciares. Ya se ve la cumbre, una suave pendiente nevada que culmina en un amplio lomo de 25 metros, una bella cumbre. Los primeros no han tocado cumbre, a 10 metros de ella, se detienen y esperan a los últimos, como los montañeros de antes… Y ahora si, todos juntos, damos los últimos pasos hasta la cima, nuestra primera cima en Groenlandia, que quedara grabada en nuestras memorias mucho, mucho tiempo.

1.820 metros, segun los altimetros, y 600 metros de corredor para alcanzarlos. Alegría, felicitaciones, abrazos, sonrisas, fotografías, en grupo, individuales, en pareja, por comunidades autónomas… El día es espléndido y nos permite disfrutar de la cumbre con holgura de tiempo y ropa. Después de una hora larga emprendemos el descenso rumbo a casa, es decir, a las tiendas tras los muros de hielo.

Decidimos bajar por una arista perpendicular a la ruta de ascenso, totalmente nevada pero aparentemente segura. Descendemos veloz pero relajadamente, en parejas, charlando y parando cada 10 pasos para sacar la enésima fotografía. Ha sido un día duro para las cámaras, han tenido que trabajar a destajo. Nos resta una larga, casi interminable travesía por el glaciar para alcanzar las -desde aquí- diminutas manchas de color de nuestro campamento. Finalmente, a eso de las 4 de la tarde, bajo un sol casi cubano (Cuba es un nombre que sorprendentemente se repite en nuestras conversaciones de estos días), en mangas de camisa, sudando, llegamos por fin, ocho largas horas después de haberlo abandonado.

Ha sido un día pleno e intenso, quizás el mejor de todos los que hemos vivido en este viaje. Tenemos la sensación de que solo con lo vivido hasta la fecha nos compensa todos los esfuerzos y sinsabores por hacer realidad este proyecto. Y esto aun no ha terminado. Ya miramos hacia otras montañas. Aun nos quedan días para otros intentos. Seguiremos informando. Gracias por seguirnos y un saludo muy especial de los siete hacia nuestras familias, que son las que se llevan la peor parte de estas aventuras personales, al limite de lo posible en los tiempos que vivimos. Somos conscientes de que sin ellas no estaríamos aquí y, por tanto, es justo, en el día mas bello de nuestro periplo por los hielos de Groenlandia que las citemos y las recordemos con mas intensidad que nunca. Un abrazo para tod@s.

Por fin hemos conseguido llegar al lugar donde pasaremos los próximos siete días, nuestro campo base, en medio de un gran valle glaciar, un gigantesco circo rodeado de esbeltas montañas. No tiene nombre en el mapa que llevamos, al igual que todas las cumbres que nos circundan.

En la ultima crónica relatábamos como habíamos quedado atrapados por el mal tiempo. Las cosas han cambiado: Esta mañana amaneció mejor, con algunas nubes amenazantes que pasaban rozando nuestras tiendas. Vimos la posibilidad de escapar del encierro y nos ageitamos todo lo que pudimos, desayunamos y recogimos el campo en un tiempo récord, en una hora, a las 8, empezamos de nuevo a tirar de los trineos.

El tiempo ha cambiado, las temperaturas han descendido respecto a los primeros días. Empezamos a saborear una atmósfera polar, estamos bajo cero en todo momento, las cantimploras se congelan en las tiendas, la escarcha cubre las tiendas y los sacos, y tenemos que hacer uso de toda nuestra ropa de abrigo.

Remontamos con los esquíes una ladera helada, azotada por un fuerte viento que levanta miles de cristales de hielo a la altura de nuestras rodillas, en una vision casi fantasmagorica. Las nubes tapan intermitente el sol, y cuando eso ocurre notamos el bajón de temperatura. El suelo esta completamente helado. Los esquíes apenas dejan traza y los trineos casi sin rozamiento se arrastran con mayor facilidad. Alcanzamos el puerto que señala la entrada a nuestro valle -el valle sin nombre-, a partir de entonces tenemos que emprender un pronunciado descenso, que con los trineos detrás (o delante, según quiera el) y la pendiente helada, intimida bastante (por no decir mucho). Con el trineo atado en corto y derrapando con los esquíes vamos perdiendo altura con lentitud, sudando la gota gorda mas que en la subida. Finalmente, acabamos siendo practicos y dejamos que el trineo vaya a su libre albedrio, lo desatamos y lo lanzamos como un torpedo multicolor por un mar blanco, hipnotizados seguimo

Estamos en un gigantesco valle glaciar, con el fondo en U, de tres kilómetros aproximadamente de ancho. Enfilamos cuesta arriba, hacia la cabecera, para buscar un lugar ideal para montar el campo base, lo suficientemente lejos de las montañas para que no nos alcancen las hipotéticas avalanchas y caída de piedras -Tiene pinta de ser el paraíso de la erosión- y lo suficientemente lejos del centro para atenuar el temible viento foenh, que algunas veces tiene la mala costumbre de soplar por estas latitudes.

Nos aplicamos con esmero y dedicación a levantar este campamento, que nos tiene que cobijar y proteger durante una semana. Fijamos con fuerza las tiendas en el suelo congelado y levantamos muros de bloques de hielo para protegernos de los fuertes vientos. Tardamos algo mas de una hora en dejarlo a satisfacción general de todos. A pesar de que el sol luce con esplendor el frío muerde con fuerza y cuesta estar parado al aire libre. En cambio, en nuestras tiendas estamos agustito y se convierten en lugar de tertulias y relax.

A eso de las tres de la tarde, después de un frugal aunque calórico almuerzo a base de chorizo danés, frutos secos y chocolate. Por cierto, el mismo almuerzo que ayer, anteayer y -previsiblemente- mañana y pasadomañana. Como decíamos, después del festín, decidimos hacer una salida de reconocimiento a ver que posibilidades nos ofrecían las montañas cercanas. Nos dividimos en tres grupos, nos forramos de ropa y emprendimos ruta hacia tres puntos cardinales.

Antonio, Ricard y Pedro, alcanzaron el collado que franquea el paso hacia el Fiordo de la Eternidad, nuestra ruta de escape cuando se nos acaben los días o la comida, y divisaron una pleyade de montañas agrestes, de glaciares colgados y grandes paredes. Ulises y Chus, coronaron otro collado, perpendicular al anterior, a unos 4 kilómetros de las tiendas, que da paso al interior de la gran meseta helada. Joanto y Ciscu, alcanzaron las estribaciones de una gran montaña que se levanta a unos 5 kilómetros al noreste y que - dios mediante- pensamos intentar manaña. Reconocieron los corredores de nieve y la mejor forma de alcanzar su cumbre. Será nuestra primera escalada en la zona y haremos todo lo posible por asegurar la cima y empezar bien. La idea es ir ligeros y escalar tan rápido como podamos. El tiempo cambia aquí muy rápidamente, como hemos podido comprobar estos días anteriores, de forma que tendremos mucha prudencia y tiento.

Esta montaña, nuestra montaña, no tiene nombre en los mapas. Puede que sea virgen, puede que no. No nos importa demasiado porque la sensación de estar aquí, moviéndonos en esquíes y escalando por este lugar tan increíble y único sobre la faz de la tierra, nos embriaga y colma todas nuestras aspiraciones de montañero.

Ahora, estamos los siete embutidos en una sola tienda para tres personas, disfrutando de la alegría que proporciona vivir esta experiencia tan extraordinaria. Un abrazo para tod@s y hasta pronto.

Todo iba demasiado bien. buen tiempo, buena velocidad, hasta que se fastidio. Ayer lunes, recogimos el campamento y partimos valle arriba, con un ritmo suave pero continuo, hasta un gran collado (a 1.600 m.), muy abierto, y una encrucijada para diferentes valles y fiordos. En ese momento, las nubes comenzaron a envolvernos y una fina aunque persistente llovizna de aguanieve empezó a empaparnos. Ese es un signo del cambio climático acelerado que se vive por estas latitudes. No es normal que caiga agua en vez de nieve a estas alturas. En cuestión de minutos perdimos la visibilidad casi por completo y tuvimos que reagruparnos. Hasta ahora hemos progresado a nuestro aire, a veces en parejas, otras en grupo y muchas veces en solitario, ensimismados con nuestros pensamientos, el paisaje y el trineo, nuestra particular bala de canon en este viaje.

Perdidos

Buscamos un estrecho paso que debe conducirnos al circo de montañas que es nuestro objetivo principal, sin embargo la niebla que nos envuelve acaba por confundirnos. El GPS no nos ayuda demasiado porque trabaja con una cartografía 1:250.000, demasiado imprecisa, y es imposible avanzar en línea recta, la orografía caótica de los hielos nos obliga a dar rodeos continuamente, para esquivar grietas y depresiones. Avanzamos agrupados, en fila india y con lentitud, intentando adivinar el mejor camino.

Llegan las primeras bajadas. Descender por empinadas rampas de nieve arrastrando pesados trineos, atados con cuerdas, es una invitación a la caída inevitable. Algunas veces notamos que nos adelantan lateralmente, como si tuvieran vida propia, otras te golpean los talones con violencia, desestabilizándote. El mejor sistema es llevarlo atado en corto con una mano, como el que lleva a pastar el caballo al prado, y la otra con los palos de esquí equlibrandonos. Mas fácil decirlo que hacerlo, como podrán imaginar. Vamos, que nos divertimos de lo lindo en estos curiosos descensos.

Sin dejar de llover y de forma casual, nos encontramos de repente en una zona de grietas del glaciar. No vamos encordados (algo no recomendable en este tipo de situaciones) y tratamos de salir de este imprevisible campo de minas, despacito y casi sin hacer ruido. Uno de nosotros, se hunde parcialmente en una de ellas, pero logra salir sin demasiadas dificultades, pero con un buen susto en el cuerpo. Pueden imaginarse que no es nada agradable que el suelo se abra bajo tus pies.

El aguanieve se ha convertido en ventisca, la visibilidad es nula y, tras unos momentos de incertidumbre, decidimos hacer uso del sentido común, es decir, parar hasta que logremos ver algo. Montamos el campamento bajo la nevada y nos metemos en la acogedora tienda fríos y empapados. Son las 4 de la tarde de un lunes de mayo cualquiera y nos dedicamos a beber liquido, a calentarnos y a secar nuestra ropa de faena, como siempre, entre bromas y risas, de las que no se libra incluso alguno que ha cedido por el sueño y que comienza a roncar sonoramente.

Mañana de niebla

Seguimos encerrados en las tiendas sin poder movernos del lugar por la falta de visibilidad. No se ve a 10 metros por una densa neblina. Nos lo tomamos con paciencia. Hacemos tertulia, leemos, escribimos en los diarios, revisamos por enésima vez el material y poco mas. Tenemos que esperar a que mejore el tiempo y tratamos de sobrellevar esta incertidumbre con el mejor animo posible. El ambiente del grupo ayuda. De momento conservamos la moral alta, ya veremos manana.

Y así transcurre el acontecer diario de esta expedición por los hielos de Groenlandia, sabemos que estas inclemencias meteorológicas son habituales en estas latitudes y en cualquier viaje, de forma que estamos preparados para afrontarlas. Hasta pronto, esperamos, con mejores noticias.

Por fin podemos comunicar desde el inlandis groenlandés, es decir, desde una de las masas de hielos mas potentes del mundo. Hoy domingo es nuestro segundo día de aventura en estas tierras desoladas y gélidas pero también de una belleza sobrecogedora. Mientras discurrimos glaciar arriba tirando de nuestros pesados trineos solo se escucha el sonido de nuestros esquíes rasgando la nieve. Pura soledad en un paisaje que transmite serenidad y paz para un grupo de personas como nosotros, que procedemos de un entorno urbano, plagado de ruidos, prisas y velocidad.

Es una expedición distinta. Groenlandia es otra cosa y a pesar de que llevamos poco tiempo por aquí ya nos hemos dado cuenta. Nada que ver con destinos tópicos y masificados en los que hemos estado. Aquí estamos solos y es una sensación absoluta que compartimos todos.

El desembarco

Ayer sábado, temprano nos preparamos en el puerto de Maniisoq para zarpar en un pequeño barco que nos llevaría a una playa localizada en un fiordo al norte. Nos vestimos para la ocasión y nos llevan a nosotros y a nuestros equipos a un pequeño malecón. Acumulamos los petates y las mochilas a proa y a popa con algo de dificultad y nos enrolamos con algo de emoción en nuestra primera travesía marítima en el circulo polar Ártico. El día es el indicado, un sol espléndido, que alumbra mas que calienta, pero no nos podemos quejar, basta con delgadas chaquetas para estar al aire libre. El mar no es un mar abierto, nos canalizamos por un dedalo de canales y fiordos. Navegamos con velocidad y nuestras cámaras no dejan de trabajar un segundo para recoger el paisaje que nos envuelve. Finalmente, a una hora larga de navegación por un mar en profunda calma nos desviamos por la embocadura de un angosto fiordo. Tenemos información previa de que no esta helado por lo que el desembarco será mas fácil

Empiezan los juegos

En el momento en que el barco se pierde en el horizonte y tras una fugaz sensación de abandono nos dedicamos a trabajar. Hay mucho que hacer y no demasiado tiempo. Además hay ganas, muchas ganas. El proceso es laborioso y condenadamente lento. Tenemos que habilitar los esquíes que llevamos para ponerles pieles de foca y permitan el ascenso por la nieve y el hielo; hay que preparar los trineos con cuerdas que permitan arrastrarlos desde los arneses o desde la misma mochila; hay que equiparse con material de seguridad ante las posibles caídas a grietas y - sobre todo- hay que repartir peso, mucho peso. Funcionamos como un equipo, los que tienen mas experiencia en esquíes ayudan a los que tienen menos, los que saben de trineos indican la mejor forma de atarlos, en definitiva, nos ayudamos entre todos, como debe ser. Y de momento, así continua la tónica

Tras una larga hora estamos preparados y nos ponemos -por fin- en marcha. Los primeros metros son horrorosos, sobre el barro y sorteando péquenos arroyuelos que fluyen desde el frente del glaciar nos cuesta dios y ayuda alcanzar el flanco izquierdo del frontal de la lengua glaciar. A simple vista nos parece una ruta mas accesible para superar las grietas y el fuerte desnivel y por ella nos encaminamos. Ya no hay barro, solo nieve y hielo pero la pendiente e tal que arrastrar cuesta arriba los cargado trineos es todo un ejercicio del mas genuino arrastre de ganado en pendientes heladas. Con pausas y resoplando vamos superando lentamente los primeros metros. volvemos a trabajar en equipo, unos buscan el camino entre las grietas, otros tienden una cuerda para izar los trineos, no nos perdemos de vista y seguimos hacia adelante y hacia arriba. Logramos alcanzar un primer resalte del glaciar que nos permite tener una primera panorámica de donde nos encontramos en realidad, una gran masa h
Hasta ahora, hemos ido solo con las botas, la fuerte pendiente no permitía usar los esquíes pero ahora se ha suavizado y nos los ponemos. Notamos la mejoría, nos hundimos menos en la nieve y nos permite llevar un ritmo mas vivo de progresión.

Se nos ha hecho tarde. Son casi las 6 y aunque no se va a hacer de noche tenemos que montar campamento y descansar para manana. derretimos nieve, cocinar, hablar y reír, lo típico e estos viajes de destino incierto. Ha sido un gran día de montaña y -como es normal- nos cuesta dormirnos, mitad emoción, mitad esta maldita claridad eterna.

Domingo

A pesar de ser domingo hemos trabajado. Nos levantamos temprano, a las siete, cuesta arrancar en los polos. El clima no invita a salir del saco hasta horas tardías y a veces ni eso. Pero hoy volvemos a tener buen tiempo y no hay que desaprovecharlo.
Desayunamos en torno a una gran roca, solitaria en mitad del gran glaciar, nos equipamos, nos calzamos los esquíes y para arriba. Hoy estamos mas sueltos con el esquí de travesía y se nota, avanzamos mas rápido, a pesar de que el trineo continua pesando y que siempre es cuesta arriba devoramos kilómetros, no paramos y cuando lo hacemos es para beber y comer frutos secos y volver a empezar. Si las paradas son demasiado largas notamos el frío. La comida, chorizo, queso y chocolate, bien regado con agua de glaciar, no dura mas de 30 minutos.

El paisaje ha cambiado. El angosto glaciar por el que comenzamos se ha transformado en un amplio valle de 6 o 7 kilómetros de anchura cubierta de nieve proveniente del gran plateau groenlandés que comenzamos a intuir en el horizonte. Luce el sol, y bajo su protección montamos nuestro segundo campo itinerante tras ocho trabajosas horas de esquí y arrastre de trineo.

Ahora estamos a punto de cenar espartanamente -nos tememos- sopinstant y arroz con salchicha danesa, un te y a la cama, es decir, a la colchoneta y al saco de dormir. Otro buen día en Groenlandia, quizás un domingo inocuo en España. Buenas noches y buena suerte

Muchas gracias por seguirnos y perdón por la redacción apresurada y las faltas de ortografía (el teclado es ingles). Intentaremos comunicar de nuevo en un par de días

Vamos a coger el barco rumbo al fiordo de Sermilinguaq. De ahí cogeremos el hielo hacia la llanura del noreste, y de ahí al llano de que esta mas al noreste, de modo que llegamos a un circo glaciar rodeado de montanas y cumbres, varias de más 1500 y una de 2140, el Agssaussat. En principio son 2-3 dias de travesia para llegar al destino, y unos 7 dias allí para escalar.

Hoy ha sido un largo día. Nos hemos levantado a las 5:30 de la manana para trasladarnos al aeropuerto y comenzar nuestro último desplazamiento para alcanzar la isla. Hemos utilizado algo de picaresca para esquivar las exageradas pretensiones de las líneas aereas groenlandesas para cobrarnos una barbaridad por cada kilo de más. El objetivo era no pasarnos de los consabidos 20 kilos facturados y los 6 kilos de equipaje de mano. Llevabamos puestas las botas de plástico, el pantalón y la chaqueta de expedición, las mallas térmicas y el forro polar. Al final ha salido bien, sobre todo gracias a la amabilidad de la azafata, que –además- nos dice que tenemos que facturarlo todo (incluyendo equipaje de mano ) porque el avión es pequeno y no hay espacio suficiente. Vimos los cielos abiertos, podíamos quitarnos todo este atuendo que nos está guisando vivos y meterlo en el equpaje hasta el destino final.

Después de cuatro horas de vuelo desde Copenague hemos llegado por fin a Groenlandia. Salimos a las 9:30 horas de la manana y llegamos a Kangerlussuaq (base militar estadounidense) en el noroeste de la gran isla, mirando hacia Baffin y Canada, por encima del Circulo Polar Artico y por debajo de 0 en el termometro, a las 9:30 de la manana, es decir, hemos realizado un pequeno viaje en el tiempo. Esto se debe a la diferencia horaria existente entre Copenhague y Groenlandia, 4 horas, 3 respecto a Canarias. El vuelo resultó muy tranquilo y agradable. La amabilidad mostrada por las azafatas de las compania aérea Air Greenland resultó magnífica, mostrando una cercanía a la que –por desgracia- ya estamos poco habituados con las empresas espanolas del sector.

A las 14:00 horas se nos presentó el piloto que nos trasladaría a Maniitsoq, el punto de arranque de nuestra travesía, y nos advirtio que ya podiamos subir al avion, que se iba. Hay que decir que es uno de los escasos aeropuertos en los que hemos estado que para subirse en un avion ni te piden la documentacion ni tienes que pasar por un control de seguridad. Algo extrano para los tiempos que corren, nos tememos.

El vuelo a baja altura, bordeando la costa por un lado y siguiendo el limite de la gran meseta helada groenlandesa es de lo más impresionante que hemos visto en nuestra vida, al menos, por el paisaje de glaciares sin fin, fiordos abruptos y algunos helados, montanas cubiertas de nieve y escarpadas que convierten el paisaje de este vuelo en un espectaculo para la vista y, en especial, para los que amamos la naturaleza y las montanas. Simplemente, fantastico.

Nos encontramos en este momento en un pequeno pero coqueto albergue de Maniitsoq, un pequeno pueblo pesquero de unos 3000 habitantes (quinto poblamiento en importancia de Groenlandia, habitada por 57.000 personas), ubicado en una isla que lleva el mismo nombre. Algunos están preparando la comida para el grupo, otros revisan el equipo para manana y otros escribimos en diarios e internet. Aqui el dia es eterno en esta epoca del ano y tenemos un cierto despiste cuando nos preparamos para cenar carne de caribou y ballena, que es lo tipico de por aqui.

Maniitsoq es un pueblo “del oeste”, un punado de casas (de tejados multicolores y estridentes) y edificios dispersos sobre lomas de piedra para resguardarse de las temperaturas extremas (-48 C minima de este invierno) y copiosas nevadas del invierno, otono y primavera. A pesar de ello, tiene su encanto pasear hasta el muelle y contemplar como los ninos salen de la escuela y los pescadores regresan a Puerto.

Se está haciendo tarde, aunque el sol todavía está alto ya es hora de cenar y manana nos espera un dia duro. Tendremos que tomar un barco que nos remontara por un fiordo hasta desembarcarnos en una playa desde la que comenzaremos la travesia. A partir de entonces las cronicas tendremos que remitirlas via satelite cada dos o tres dias si la tecnologia responde. Hasta pronto