El Tenerife fue a Badalona a aplicar un ritmo bajo, casi contemplativo, de pura especulación y casi vuelve de allí eliminado. Ese tipo de apuestas no las sabe defender, porque no controla los partidos ni alarga las posesiones para domar a su rival. El domingo cambió la marcha, salió a deguello, a la carrera, apretando para robar y luego acercar la pelota a sus puntas con la finalidad de que estos buscaran su inspiración, y eso sí le funcionó: el equipo generó siete ocasiones clarísimas de gol, se sintió el dueño del partido y ganó con claridad. Es más, el único tramo del encuentro en el que pasó miedo fue aquel en el que volvió a bajar el ritmo para administrar su ventaja en el marcador. El equipo no tiene fútbol, pero cuando agita los partidos sale ganando porque tiene más calidad individual que sus rivales (ejemplo, el golazo de Víctor Bravo en una acción aislada). Moraleja: si no sabes jugar, ponte a correr.
A esta situación ha llevado al Tenerife Quique Medina después de concluir, probablemente, que esta es la única manera de ascender con una plantilla tan vacía de talento en el medio campo. Corriendo, con mucha intensidad y siendo agresivos, se tapan las carencias que a ritmo bajo son de meridiana claridad. A base de insistir en ello, como ya sucedió frente al Oviedo y contra el Badalona, el equipo va asumiendo esta manera de jugar como propia y resuelve así, de buenas a primeras, la falta de un estilo de juego del que estuvo huérfano toda esta temporada. Tradicionalmente, el Tenerife ha sido amigo del balón en sus mejores épocas. No recuerdo haberlo visto ascender sin un buen centro del campo, pero el equipo de este año está cogido con alfileres y se ha apuntado a tratar de subir a Segunda A jugando a otra cosa, con lo que tiene: tirando p’lante sin desmayo, luchando más que el rival y desatando un juego libre en frecuentes transiciones defensa-ataque en medio del incendio de pasión que se forma en las gradas del Heliodoro. Es un contraestilo histórico, pero también vale. El fin justifica los medios.
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