Lo que vale es el resultado, pero lo que dura y se mantiene es el juego. El Tenerife trajo un empate valioso (aún por refrendar en la vuelta), pero lo hizo a través de la constatación de su pobreza futbolística. Cada cual saca conclusiones en su círculo de tinerfeñismo. Lo que percibo en el mío es que la afición está contenta con el empate, pero pesimista sobre el desenlace de la temporada. Algo así como “de esta salimos vivos, pero acabaremos cayendo”. Queda un resquicio a la esperanza: la corta distancia que va restando ya para llegar al ascenso. Se necesitan dos partidos más tan afortunados como el de Badalona, en los dos compromisos como visitante que jugaría el Tenerife en las siguientes eliminatorias, y luego un complemento en el Estadio, donde ya el equipo cuenta con una ayuda notable, la afición.
Y ¿por qué no puede pasar? Las dinámicas lo son también en el terreno de la fortuna. Cuando un equipo está de suerte, está de suerte (ejemplo: Chelsea) y camina sobre los problemas con naturalidad, casi diríamos que se inmuniza ante los riesgos de ser superado una y otra vez en el juego. No veo otra forma de subir, porque el Tenerife no da para otra cosa. Si asciende será a trancas y barrancas, sacando resultados de manera tan inverosímil como el domingo, aferrado al ambiente del Estadio para ganar los de casa, haciendo descansar su suerte en las paradas de Sergio y en los detalles individuales de jugadores que pueden aparecer de manera decisiva, como Zazo, porque son la elite -por lo que cobran- de esta categoría. No hay otra manera, porque a estas alturas, después de tres entrenadores, el asunto del juego no tiene vuelta de hoja, pero es algo que tampoco importa ya. Si al final sube, todo el argumento se borrará automáticamente.
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