Con el corazón en un puño

by » Ver la entrada completa

Empieza el partido en La Laguna. Es una de esas mañanas en las que el fútbol trae ilusión y tensión en una mezcla que amenaza con acabar siendo explosiva… Si gana mi equipo estará casi salvado (euforia), pero si pierde, mejor no pensarlo (abatimiento). Y pronto, antes de lo deseable, aparece el sonido de gol en la Radio. Juanjo Toledo descorre la cortinilla. Marca el Lanzarote. La moneda acaba de caer de cruz y va a ser imposible voltearla. El equipo de mi patria chica, un grupo de chiquillos que alimenta constantemente mi orgullo de defensor de la cantera, un  proyecto construido sobre la base del sentido común y la humildad, está a punto de perder la categoría. Sobreviven en ella otros que se ahogan en deudas, pero el Laguna se tambalea. Una crueldad del juego. Y como tal, duele lo suyo.

Acaba el partido, pero las emociones de este domingo inolvidable no encuentran tregua. La Radio trae peores noticias. La muerte de César es un impacto brutal, por inesperado, por doloroso, por transitivo a una etapa realmente maravillosa que ya no volverá… Dura nostalgia. La desazón por el mal resultado del equipo de la patria chica está ahora en su justa dimensión, en la superficie, reconocible como parte de un juego al que a veces, -será porque no vivimos a menudo emociones más trascendentes-, convertimos en una cuestión verdaderamente seria. Decía el inglés Bill Shankly que el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Es así hasta que, como ayer domingo, convive tan de la cerca con la vida y la muerte. César contaba el fútbol como a mi me gusta oírlo. Soy de Matías Prats, de José Ángel de la Casa, de Salvador García, del locutor como agente intermedio, no como estrella del espectáculo. Soy del respeto por el verbo y del diapasón más bien bajo, lo suficiente para que no moleste, para que no contribuya a desproporcionar el alcance de cada jugada. Y soy así porque los admiré a todos ellos. Gente como César, al que escuché desde niño contando los partidos del Tenerife en Tercera División. Es la escuela del Padre Siverio, que nos marcó a todos. No me costó ningún esfuerzo de realismo darme cuenta que por más que aspirase a seguir sus pasos, nunca sería tan bueno como él. Es un grande que no ejerció nunca el estrellato.

Cuando el balón empezó a rodar en Luanco, el partido del Tenerife había perdido el brillo de esa ilusión mágica que nos regala el fútbol. Tratando de aliviar la angustia mientras caían los goles del Tenerife rumbo a la ilusión del ascenso, empezó la lucha interna por asimilar que uno de los grandes se había ido para siempre.  Y así sigo,  recordando los tiempos que compartimos en Radio Popular. Echando de menos a Mititi y a Marisol y a Adrián, y a Sito. Eramos una pequeña gran familia, de la que ya falta una buena parte. Eso sí, el recuerdo de aquel privilegio que me regaló la vida es inmortal.

Añadir comentario » (Hay 34 en la entrada)

Blog alojado en eldia.es