Vida&Cultura

Vicky Penfold, porque aquí la luz canta

La artista polaca ha fallecido en el Puerto de la Cruz, municipio en el que residía desde hacía más de cuarenta años. Su vida fue una odisea en la que sufrió la persecución nazi, la deportación y la cárcel.
Eliseo Izquierdo 
4/feb/13 2:08 AM
Edición impresa

L a llama de ternura y de coraje que era Vicki Penfold [Cracovia, 1918] se ha apagado en el rincón de Tenerife que tanto amaba, en el soleado y marinero Puerto de la Cruz, su refugio. Se doblegó, como no podía ser de otra manera, pero al término de una intensa y a la vez serena batalla, hasta el final con el mismo coraje con el que siempre vivió.

La historia de Vicki es la de una luchadora lúcidamente tozuda. Supo desde muy temprano de amenazas, algunas escalofriantes, y de cómo enfrentarse a ellas. Tenía quince años cuando hubo de abandonar Berlín, donde recibía las primeras clases de pintura, y regresar a su Polonia natal, por el acoso nazi. Con la segunda guerra europea sufrió cárcel, primero, luego reclusión en un campo de trabajo de Siberia y, más tarde, la deportación; un casi inacabable éxodo por los montes Urales, hasta Uzbekistán.

En 1942 atraviesa el mar Caspio y llega a la antigua Persia, en condiciones increíblemente penosas. Logra alcanzar Basora, donde comienza nueva etapa de un periplo en busca de la libertad, que finalizaría en Tenerife al cabo de muchos y azarosos años: Bombay, Kenya, Tanzania, años de frenético pintar en las faldas del Kilimanjaro, exposiciones marcadas por creciente éxito, retrato del sultán de Zanzíbar [1950] que le iba a abrir incitantes caminos, al tiempo que comenzaban a llegar y crecer los hijos.

Regresa a Europa en 1951 para conocer y vivir el arte en los grandes centros y museos de Inglaterra, Italia, Francia y España. Estudia escultura en Londres con el irlandés Sean Crampton. Retorna a África, pero ahora por poco tiempo. Entre 1954 y 1960 reside y hace arte sucesivamente en Chipre, Israel y Turquía, ya al lado de su segundo marido el fotógrafo Harry Penfold y sus hijos. Pero el misterio de África sigue subyugándola y en 1960 vuelve, para pasar cerca de dos años entre Ruanda y el Congo Belga.

En 1962 estaba de nuevo en Europa. Un año más tarde, mientras visitaba Austria, consigue lo que para ella resultó esencial y hasta entonces impensable: que el maestro del impresionismo europeo Óscar Kokoschka la aceptara en su célebre escuela de aprender a ver de Salzburgo, con catorce artistas más de todo el mundo. Allí aprendió Vicky Penfold a mirar de otra forma, como nunca hasta entonces, allí descubrió, de la mano de Kokoschka, otra manera de pintar, de detener el tiempo, de desnudar el alma humana, captar a contrarreloj el valor de un gesto, la emoción inédita del paisaje, la vibración de la luz, la recóndita belleza de la vida fluyendo.

Ávida de un lugar donde por fin detenerse, sosegar su vida y entregarse por entero a la pintura y la escultura, arribaba a la isla de Tenerife en 1964 y, tras apenas unos meses de tanteos -Santa Cruz, La Laguna, Tacoronte- se establecía en el lugar que encontró ideal para sus afanes, en La Asomada del Puerto de la Cruz, donde ha permanecido medio siglo dedicada por entero al arte, aunque con frecuentes escapadas puntuales al resto del mundo; una presencia fiel que el consistorio portuense supo valorar y reconocerle en 2004 con el título de hija adoptiva.

Vicky Penfold se integró con inusual rapidez en el clima renovador que en los años sesenta del siglo anterior empezaba a oxigenar con fuerza el panorama artístico insular y tuvo su expresión determinante en el grupo de vanguardia "Nuestro Arte", que capitaneaba el artista Pedro González, grupo al que perteneció y con el que participó en 1964 en su segunda muestra colectiva, marcada por una clara voluntad de ruptura frente a numantinos academicismos, y bajo cuya tutela abriría meses más tarde su primera individual, que fue todo un acontecimiento artístico.

En estas cinco décadas que, a punto de cumplirse, acaba de cerrar, Vicky hizo todo lo que un artista con la ambición y el aliento suyos podía hacer. Era una trabajadora compulsiva, tenaz, disciplinada, siempre abocada a encontrar, renovar, recuperar, descubrir, enseñar. El arte canario no se comprende de manera cabal sin la legión de artistas foráneos que han traído consigo nuevas formas de ver y de hacer, contagiándolo y contagiándonos. Es una aportación sustancial. Pocos como ella han dejado en las islas una huella tan honda de su arte, por la categoría del esfuerzo creador, por su pluralidad y magisterio. Lo testimonian una amplísima galería de retratos humanos magistrales, paisajes insólitos, flora autóctona de las islas, todo a través de una mirada rebelde, con una paleta a veces desbocada o a punto de estarlo, en lienzos, cartones y grabados al linóleo, que dan la medida de su técnica y de su alma de artista.

Al cumplirse veinticinco años de su estancia en Tenerife, la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel la eligió miembro correspondiente, que en 2011 elevaría al grado de emérita, y organizó una espléndida muestra de su arte, con obra realizada fuera del archipiélago y de signo insular. Por entonces, este periodista hubo de preguntarle a Vicky Penfold por qué, después de su andar por más de medio mundo, se había detenido en Tenerife. Sin pestañear y con su castellano nunca del todo bien ahormado, me contestó: "Porque aquí la luz canta".

Canto inefable de la luz tinerfeña, único y huidizo, que la atrapó para siempre.