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A BABOR FRANCISCO POMARES

Destino Europa

4/jul/18 6:27 AM
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Ocurrió el domingo pasado frente a las costas de Homs, en la Tripolitania libia, al oeste del país, muy cerca de la capital. Una lancha neumática cargada de inmigrantes naufragó y para cuando intervino la Guardia Costera libia, habían desaparecido un centenar de sus pasajeros. Otros 41 lograron ser rescatados. Tres días antes, el viernes, otra embarcación que había zarpado de Garabulli, cerca de Homs, con 120 personas amontonadas a bordo, sufrió una explosión y se incendió: los pasajeros saltaron al agua, pero sólo se pudo rescatar a 16, todos hombres jóvenes y fuertes que fueron capaces de aferrarse a unos bidones de combustible. El resto murieron ahogados. Algunas horas después, la marea depositó sobre la costa los cuerpos sin vida de tres bebés. Pero ya ha pasado el tiempo en el que la foto de un niño sirio ahogado -Aylan Kurdi- puede conmocionar la conciencia de Europa. Los tres Aylan de esta nueva historia terrible vienen a sumarse anónimamente al millar de ahogados en lo que va de año en el sur del Mediterráneo. Esa es la cuenta siniestra que hace la Organización Internacional para las Migraciones, mientras Europa se lava las manos y pide a la Guardia Costera libia que asuma el control. Es fácil decir que Libia es un país fallido y por eso se ha convertido en el coladero de hombres y mujeres que aspiran a una vida mejor en Europa. Es fácil responsabilizar a Libia de lo que sucede, y además es mentira. Sólo en lo que va año, con unos medios miserables, la Guardia Costera libia ha sido capaz de recoger y devolver a sus costas a más de diez mil rescatados con vida. Es más de lo que han hecho las ONG o las armadas europeas.

Mientras en África se hace lo que se puede -y siempre es poco- en Europa vamos desde la negativa de Salvini a dar puerto seguro a los barcos que recogen náufragos, a la política de gestos del Gobierno de España y sus acogimientos de Valencia y ahora Barcelona. Tras la foto de los que desembarcan, nadie se pregunta qué será de los que nos llegan, cuántos serán realmente acogidos por alguno de los países más ricos y desarrollados del planeta y cuántos volverán para su clasificación y devolución a esas 'plataformas de desembarco' en Libia, Argelia, Túnez, Turquía o Bulgaria, con los que Europa ha logrado salvar en el último momento la crisis del Gobierno alemán.

Esa es la solución que ha arbitrado la Comisión Europea: construir campos de concentración alrededor de las fronteras de los 28, para contener a quienes llegan a las playas de África del Norte de la mano de las mafias. Entre 3.000 y 5.000 euros cuesta embarcarse con destino a Europa. Algo sólo al alcance de los más preparados y más pudientes, en lo que es la mayor fuga de talento y recursos que jamás ha sufrido continente alguno. Pero los campos son sólo un parche. Quizá los campos y la acción policial financiada con fondos europeos eviten muertes en el mar, y eso está bien, aunque no resuelva el 'otro' problema: Europa tendrá dentro de tres décadas, en 2050, hasta 50 millones de habitantes menos que ahora. Su población se habrá reducido desde los 750 millones a los 700 millones. Y en su Sur más cercano, la población de África se habrá duplicado desde los 1.200 millones actuales hasta los casi 2.500, 4.500 millones a finales de este siglo. La Unión Europea tiene que pensar en algo distinto a convertir África en una cárcel. Si el flujo migratorio de África a Europa no se produce de una forma reglada, se producirá igualmente. No se pueden poner vallas a un entero continente, como pretende hacer Trump en la frontera con México. Y si se pudiera, no hay vallas que puedan contener el empuje de 2.500 millones de personas.

A BABOR FRANCISCO POMARES