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IN MEMORIAM

Palabras sobre Carmela

18/ene/17 6:04 AM
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C armela era mi hermana. Carmela Cruz Ruiz. Si decías en alto, en una guagua, o en una playa, su nombre completo, María del Carmen, ella no hubiera contestado nunca.

Era Carmela, en la calle, en la casa, aunque los hermanos, todos más pequeños que ella, la llamábamos Nena. Era Carmela. Fue reina de las fiestas de los mayores en la Calle Nueva, en el barrio que incluye La Asomada y La Vera, en el Puerto de la Cruz, fue madre de hijos estupendos, hermana leal y esforzada que asumió cuando era una chiquilla la honrosa herencia de la madre, Juana, que murió tan pronto, y que se dedicó (con su hermana Candelaria) a cuidar al padre, Paco, con una devoción que los otros hermanos (Paco, yo mismo, que soy el más chico) nunca sabremos agradecer demasiado.

Su marido, Goyo, ha vivido con ella esas vicisitudes, hasta el último suspiro. Y los dos han dado hijos, Juan Antonio, Elena, María, Ramón, que son ejemplo de devoción filial, seguida por los nietos, Aroa, Isora, Óscar, Laura, Lucía, Lucas, Simón... Y fue una ciudadana educada en la discusión y en la exigencia de mejora de lo público; por eso era temida, digámoslo así, por los alcaldes que visitaban el barrio, y por los hermanos que la desafiábamos a decir cómo arreglaría ella las cosas que sucedían en el pueblo y que no eran buenas para la comunidad.

Para todo tenía un argumento, para todo tenía una pregunta, y para cada pregunta exigía una respuesta responsable y (muy importante) "con fundamento".

Es una de las personas más vivas e inteligentes que he conocido, como pariente y como ciudadana. Y no tuvo una vida fácil, esta gente, los nacidos en la inmediata posguerra, no tuvieron una vida fácil. Carmela nació hace 75 años, cuando funcionaba el racionamiento, cuando la guerra civil dejó en silencio a la sociedad y ésta se sometió a la dificultad de reclamar derechos. Trabajó, como sus hermanos, desde muy chica: en empaquetados de plátanos y de tomates, en la industria artesanal del calado, y en las últimas décadas de su vida regresó a la tela: fue una artista del patchwork y hoy nuestras casas tienen todas ejemplo de su hacer minucioso y alegre, pues sus colores (como los colores que quería nuestro padre) fueron siempre vistosos y alegres. Como ella misma.

Carmela aglutinó a su alrededor, en el barrio y más allá del barrio, numerosos amigos y vecinos que la respetaron por su carácter abierto y exigente, una madre disciplinada y feliz que no dejaba que se colaran en la vida ni la pereza ni la negligencia. El otro día, en la ceremonia de su sepelio, en La Vera, miré al fondo de la Iglesia de la Candelaria, y vi el gentío que la acompañaba en el adiós último. Y me la imaginé diciendo esto: "¡Cuánta gente!" Ella era una mujer sorprendida, siempre se sorprendía y se alegraba; les hubiera preguntado a cada uno por lo que hacía, por lo que había dejado de hacer para ir a verla, y a todos, a aquellos cientos de seres humanos, los hubiera llamado por el nombre propio.

Carmela. Hay una frase de Hemingway que me gustó siempre citar para hablar de mi madre y de otras personas como ella, y que sirve igualmente para referirme a Carmela, mi hermana. Describía así Hemingway a la protagonista de una de sus novelas: "Conoció la angustia y el dolor pero no estuvo triste una mañana". Así era mi madre, así fue Carmela. Los hijos me pidieron que dijera unas palabras en aquella ceremonia, y don Miguel, el cura, que es también de nuestro barrio, me dio permiso. Ahí dije que hay una palabra que la define también, y que ella decía siempre para reconvenir a sus chicos: "Fundamento. Tengan fundamento". Ella es de esa generación difícil que lo tuvo tan complicado para subsistir, para salir adelante, para ser lo que quisieron ser. Casi no tenían sino palabras, pues no había riqueza ni modo de lograrla. Esa palabra, fundamento, fue una de las herencias que le dejaron nuestros padres, y esa herencia, aumentada por el esfuerzo de ellos mismos, es la que les deja a los chicos.

A mí, a mis hermanos, nos deja también la obligación de estar a su altura. Alegres, confiados en que además nos dejó la alegría con la que afrontó todos los momentos duros con los que tuvo que lidiar la gente de su tiempo. Con la nobleza con la que afrontó el mal y con la energía con la que quiso el bien para los otros.

Juan Cruz Ruiz

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