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Arquitectura incomprendida

¿Por qué nos resulta tan sencillo detestar proyectos que acaban siendo el alma de la ciudad? El Guggenheim de Bilbao, la Ópera de Sídney o la pirámide del Louvre son solo tres ejemplos de este estéril debate.
Dulce Xerach Pérez
9/sep/18 6:21 AM
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Arquitectura incomprendida

E ste verano ha sido el típico donde una noticia en torno a un edificio se convierte en polémica. Ocurre con mucha frecuencia y me ha hecho reflexionar sobre por qué a unos gusta tanto algo que otros detestan y qué podemos hacer desde el incomprendido mundo de los que apuestan por la buena arquitectura.

Para entender un edificio y lo que significa para una ciudad hay que ir al lugar, y luego abrir los ojos y la mente. Pero si no puedes o no quieres, debes intentar al menos entender su historia. Es fascinante ver cómo los ojos se fijan en algo y cómo el cerebro intenta interpretar imágenes que desafían toda lógica. ¿Un tanque espacio cultural? ¿Un tanque de petróleo bonito? ¡imposible!, la lógica me impide verlo así.

A los médicos y otros científicos no se les suele discutir sus opiniones y trabajos, suponemos que han estudiado para lo que hacen y que "tienen razón" (aunque a veces no la tengan). No se les critica, se les escucha, pero a los arquitectos no. Creo que es porque todos pensamos (en algún punto recóndito de nuestra mente debe estar aún el hombre de cromañón) que todos estamos capacitados para "diseñar" nuestra casa y que sobre eso sabemos más que nadie.

He vivido, y me ha enseñado mucho, ver a algunos arquitectos y arquitectas sentados horas y horas en un terreno, viendo por dónde vienen los vientos, por dónde se pone el sol, cómo es el subsuelo, qué hacen las personas que van a utilizar el nuevo edificio que se va a construir, intentando entender para qué se quiere construir y todas las funciones que tendrá que cumplir? y estudiando, y proyectando durante meses (a veces años) un edificio que luego todos podamos considerar como propio. No puedo entender que se los critique sin conocimiento de causa. Solo mirando y escuchando, tratando de lidiar con los arquitectos y arquitectas, a lo largo de los años, aprendí mucho. No me considero una experta en arquitectura, pero puedo ser algo experta (nunca se sabe lo suficiente) en las decisiones que se deben tomar si se quiere diseñar un centro cultural eficaz.

En el caso que nos ocupa no es un edificio privado. Es un edificio público, del Gobierno. La utilidad pública es una condición importante de todos los centros culturales que se han puesto en marcha en Tenerife en los últimos 25 años, y en este caso concreto, este nuevo centro tenía y tiene un doble compromiso: embellecer la ciudad reciclándola y crear un establecimiento para la investigación e innovación cultural, para la libre creatividad, y, de paso, para la instrucción pública, para que todos aprendamos algo nuevo disfrutando de la creatividad de los otros." La idea era convertir un lugar industrial en un espacio cultural "multiusos", diferente, que pudiera alojar en su interior ideas diversas, investigaciones, "performances". Por otro lado, estaba el compromiso de dialogar con la historia de la ciudad, en un diálogo que ofrece una exploración en profundidad del concepto "vernáculo" de un lugar y sus aplicaciones a la cultura, diálogo con un entorno construido que tiene elementos del pasado, presente y futuro, un lugar en que cristalizan momentos muy importantes de la historia de la ciudad. Diseñado para promover la creación se ha convertido en un espacio que promueve la discusión, que tampoco está mal si esa discusión es inteligente y pone a prueba la percepción de la tradición y estimula un análisis más profundo del entorno local.

Ahora que el desarrollo de ciudades en diferentes partes del mundo se está moviendo en diversas direcciones y se quiere aumentar el rendimiento sostenible de las ciudades, así como su capacidad de recuperación, no se debería admitir con tanta condescendencia que haya gente que pierda el tiempo criticando un espacio cultural que ha sido reconocido por quienes tienen información y formación suficiente. Pero, en fin, así es la sociedad en que nos ha tocado vivir: ¿qué podemos esperar si hasta el Guggenheim sufrió esta incomprensión?