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BOCADOS DE REALIDAD (XII) POR MATÍAS FERNÁNDEZ

Cruel summer

5/ago/18 6:18 AM
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Cruel summer

Un día con excesiva humedad. Rememorando la Gesta, la fuente de la plaza de Los Patos que tenía delante volvía a tener agua. Nunca vi patos allí, aunque los viejos recuerdan que los hubo en el estanque. Sí recuerdo la garza de cerámica que lanzaba chorros de agua a través de su pico. Supongo que similar a la que han colocado. A su alrededor, edificaciones eclécticas y racionalistas: palacetes, una iglesia anglicana y un pegote que pertenecía a Correos y quebraba la estampa. Intenté felicitar a mis amigos de la casa de Los Dragos, pero no logré pasar la primera barrera: un secretario con voz refinada que seguramente podría recitar el Ulyses de James Joyce de memoria.

Arranqué el coche y escapé del aire pegajoso de la noche santacrucera. El cielo reflejaba un resplandor residual. La noche ilumina la pobreza. Dicen que Canarias es la segunda región con menor gasto social por habitante. Opino que lo más poético que existe para los proyectos sociales es el dinero. Enciendo la radio: "Dime que soy bueno, dime que soy malo, llámame lo que quieras, cariño pero sé que estás triste y yo te haré feliz." Dando por supuesto que la letra no es del rapero del régimen Valtonyc, me preguntó ¿qué nos hizo llegar a la conclusión de que la persona a la que George Michael le cantaba I'm your man era una chica? Las canciones se enlazan: El pavimento están ardiendo. Voces extrañas dicen cosas que no entiendo. Este es un cruel, cruel verano. Ahora que te has ido. Al contrario de George Michael, nunca me parecieron atractivas las componentes de Bananarama. Me gustaba aquella canción solo porque era el tema central de Karate Kid y yo estaba enamorado de Elisabeth Shue.

Cogí rumbo a mi cita en Las Teresitas. El trayecto ya no discurre por una autovía, sino por una avenida. La denominaron así para reducir el máximo de velocidad de 90 a 60 km/hora. Deberían ponerle un nombre. Temo la decisión porque en Santa Cruz somos un desastre bautizando calles. De hecho, 231 años después de la Gesta, tenemos una avenida dedicada al invasor Horacio Nelson y una mísera calle de 30 metros en honor al general Gutiérrez, defensor de la ciudad. Uno de los nuestros, Domingo Pérez Minik, dicen que dijo, que Tenerife cometió dos errores a lo largo de su historia (si hubiera visto el final del siglo XX y el comienzo del XXI, hubiera aumentado la ristra de disparates). En aquel momento, fueron no dejar entrar a Nelson y permitir salir a Franco. Retomo el posible nombre de la avenida. Veo el sarao (en la segunda acepción de la RAE: gran alboroto, confusión o desorden) montado en Aguere. Allí la moda de la moción se mezcla con la emoción. Se rumorea que están dispuestos a negociar con la Presidencia de la Autoridad Portuaria con tal de evitar la censura. ¡No lo quiera Dios! Si se juega con don Ricardo Melchior podría caerles la maldición de la Perla Negra. Aunque, ya puestos, ¿por qué no poner su nombre a la avenida del litoral?

Veo la entrada del histórico pueblo de pescadores cuando comienzan a sonar los Beach Boys. Me atrae la cultura surf y esa idea de que la vida es una ola, su música y su cine, especialmente "Le llaman Bodhi", con Keanu Reeves y Patrick Swayze. He soñado, versionando la peli, con que monto una banda de atracadores y nos dedicamos a asaltar los bancos de Santa Cruz con las caretas de los antiguos presidentes de la Comunidad Autónoma Canaria. Yo siempre escojo a don Manuel Hermoso. Los acordes de los chicos de la playa me dirigen hasta lugares en los que nunca estaré (salvo que ponga en práctica mi sueño y me coloque la careta de don Manuel): Swami's, Pacific Palisades, San Onofre, Sunset. Me imagino por La Jolla, a lo largo de la autopista 101, desde San Luis Obispo hasta Santa Bárbara. La realidad es que bordeo la costa hasta la playa de Las Teresitas. En San Andrés todo es retro: el castillo derruido, el proyecto fallido de Perraud y un enorme solar donde estuvo un pegote de hormigón al que denominaron el mamotreto. Aparqué junto a una furgoneta de helados California. Suena la melodía de Lili Marleen y las desventuras de un soldado en la Gran Guerra con mal de amores. Steinbeck llegó a considerarla la única contribución positiva de los nazis. Me tomé un helado de nata y fresa pensando en la Marta Sánchez de hace treinta años.

A lo lejos esperaba mi cita. Eché a andar por la arena. Calculé cuántas veces habían comprado y vendido aquellas fincas circundantes a la playa. La arena aún estaba cubierta de cuerpos tendidos al sol. Se me antojó una visión del futuro, cuando cada metro de aquel paraje estuviera urbanizado. Bajo las palmeras grupos de jóvenes, unidos en pareja, como los animales en el arca de Noe. El sol, en el horizonte, dibujaba una bola amarilla a la que podía apresar en la mano. Cuando alcanzara el agua, el Atlántico encendería el rojo de un fuego interior (algo similar a la rodaja de chorizo del eclipse de la semana pasada). Me quité los zapatos, até los cordones y los colgué sobre el hombro derecho. Llegué hasta ella. Caminamos por la orilla. Seguía mis pasos, sin hablar. En el paseo solo se divisaban los letreros luminosos de los nuevos quioscos molones que han adjudicado con sus camas balinesas. Miré hacia los roques de Anaga. No imaginé el mecanismo que pondría en marcha aquella mujer. Hasta entonces mi vida era de una manera, y de repente, se volvió a venir abajo. Los últimos treinta años se me antojaron diferentes. Como si alguien hubiera retrocedido en el tiempo y alterado un hecho, y a partir de ahí se invirtiera todo. Me pregunto cuáles serían los efectos a largo plazo del caso y decidí que las consecuencias a corto plazo ya eran bastante dañinas. Las olas rompían contra el dique. Me pregunto cuánto tardarán en aparecer el fruto de los millones de litros de aguas residuales que arrojamos sin depurar al mar. Comenzó a hacer frío. Le pase mi chaqueta por encima. Se inclinó y me besó, sosteniendo mi labio inferior entre sus dientes. Luego escuché susurros. Aquella mujer poseía una extraña habilidad para hablar sin decir nada. Mi intuición me alertó que ayudar a mujeres que no son quienes dicen ser es un empeño de idiotas. Cruzamos a un chiringuito. Encontramos al cocinero preparando una ensalada con una vinagreta de mostaza y parmesano rallado. Puso pasta a hervir mientras su ayudante echaba albahaca, ajo y orégano al tomate. El aire se llenó de un delicioso aroma. Nos sentamos a comer. Me advirtió que olvidara el caso que acepté después de una partida de ajedrez.

-Tu cliente no es quien crees, Mat. Las mejores tapaderas se revisten con más verdades que mentiras. Yo estoy muerta. Puede que aún respire y me levante cada mañana, pero por dentro estoy muerta. Y tú, ¿quieres a Irene? Eres demasiado bueno para estar enamorado de ella y besarme a mí. Sin embargo, es posible que no estés enamorado de ella y no te des cuenta, como también es probable que sigas enamorado de mí sin saberlo. Olvida el asunto. Si sigues adelante te matarán.

Había visto demasiadas cosas en poco tiempo y necesitaba descansar. Me levanté y me acerqué al mostrador para pedir la cuenta. Al regresar, encontré un sobre.

-Nadie más te lo va a contar, y es hora que lo sepas. Puedes mirarlo ahora o guardarlo en tu bolsillo. Pero no lo uses como posa vasos.

Recliné la cabeza y contemplé el pálido destello de la luna sobre el agua, la brisa fresca del Atlántico y el sonido de las olas. No era fácil olvidar. Era una noche demasiado bonita. Me encontré atrapado en una corriente que me arrastró mar adentro.

-¿Serviría de algo que te dijera que no aceptes el caso del candidato, Mat?

-Lo dices como si fuera a pasar algo.

-Siempre suceden cosas.

Retengo el deseo de aferrarme a esa idea. La alternativa era demasiado deprimente. Se acercaba un gran oleaje. Cuando se retirara se llevaría consigo la vida que conozco: pasado, presente y futuro. Y vuelvo a escuchar esas voces extrañas que dicen cosas que no entiendo en este cruel verano ahora que te has ido.

BOCADOS DE REALIDAD (XII) POR MATÍAS FERNÁNDEZ