Criterios
EDITORIAL

Se nos acaba el tiempo

La clase política sigue actuando como si nada le afectase
30/nov/14 0:47 AM
Edición impresa

Como se mantenga la tendencia actual, ser alcalde será sinónimo de estar imputado en un proceso judicial por cualquier motivo. Ayer conocíamos la noticia de que Tomás Mesa, primer edil de San Juan de la Rambla, ha sido imputado por tolerar la apertura de un supermercado sin licencia municipal. La Fiscalía Provincial de Santa Cruz de Tenerife interpuso una denuncia contra él en octubre por este motivo. Apenas 48 horas antes saltaba a los medios la imputación de Álvaro Dávila, alcalde de Tacoronte, por presuntos delitos de cohecho, tráfico de influencias y prevaricación. Dávila ha manifestado que se siente respaldado por su partido, CC, y que no va a dimitir porque tiene la conciencia tranquila. Añade que ha cumplido escrupulosamente la ley y que puede demostrar su honorabilidad en el ejercicio del cargo. Critica que el auto de imputación haya llegado a los medios de comunicación antes de que se le notificara a él y considera, sin entrar a valorar la labor que realiza la oposición en el Ayuntamiento de Tacoronte, que detrás de la querella que ha dado origen a las actuaciones judiciales se esconden razones políticas.

Por si fuera poco todo lo anterior, Inés Rojas, consejera de Cultura del Gobierno de Canarias, pide la inhabilitación de José Miguel Ruano, secretario de Organización de Coalición Canaria, a la vez que lo critica porque defiende a un imputado como Fernando Clavijo, alcalde de La Laguna y candidato de la formación nacionalista a las elecciones autonómicas de mayo de 2015. Señalamos hace dos días que no vamos a entrar en la pelea entre la señora Rojas y el señor Ruano porque en este Archipiélago hay problemas más urgentes de los que ocuparse, pero esto empieza a tomar mal cariz. Las aguas están muy agitadas en las riberas del nacionalismo canario.

Quisiéramos no haber tenido razón al vaticinar, como lo llevamos haciendo desde hace varios años, que esto se va al garete. No les parece suficiente a los políticos con los escándalos de corrupción que están salpicando la geografía española desde hace tiempo; indiferentes a esta vorágine de casos denigrantes, siguen actuando como si tal cosa; como si nada les afectase a ellos. Apenas se acerca una cita electoral, empiezan los codazos y las puñaladas de siempre. Una llamada a las urnas que, por lo demás, se prevé más disputada que nunca debido a la aparición de nuevos partidos surgidos precisamente por el hastío de los ciudadanos ante lo que está ocurriendo.

Si las cosas siguen así, poco va a importar quiénes sean los candidatos de CC, del PSOE o del PP, porque ninguno de estos partidos tendrá una mayoría mínima para optar a gobernar. No nos cansaremos de insistir en que la situación de estas Islas, con casi diez puntos porcentuales más de paro que la media española, no deja margen para peleas, tanto internas en los partidos como entre ellos. Urge unir fuerzas y alcanzar acuerdos. Los Pactos de la Moncloa, en plena transición política, son un buen ejemplo. Entonces la delicada situación económica del país ponía en serio peligro el proceso que llevó a España desde la dictadura a la democracia.

No son mejores las circunstancias que nos vapulean actualmente. ¿Siguen sin enterarse los políticos canarios de que en estas Islas hay 362.000 personas sin empleo? Discutimos por unas prospecciones pero no por la facultad que nos corresponde para tomar las decisiones sobre los asuntos que nos afectan. Están nuestros políticos, en especial los nacionalistas, empeñados en batallitas de parvulario cuando está en juego el futuro de estas Islas. No exageramos: nos jugamos el futuro de Canarias. Preferimos pensar que no tenía razón el anterior editor de EL DÍA cuando decía que posiblemente ya es demasiado tarde para salvarnos. José Rodríguez no solía equivocarse en sus predicciones pero como la esperanza es lo último que se pierde, preferimos agarrarnos aunque sea a un clavo ardiendo. De lo que no albergamos ninguna duda es de que acabaremos muy mal si las cosas no cambian. Y, por lo que se ve, no están cambiando mucho.

Resulta bochornoso que a una consejera de Cultura del Gobierno de Canarias se le pueda escapar, aunque sea debido a un desvanecimiento intelectual momentáneo, que alguien con la importancia para el Archipiélago como lo fue Gregorio Chil y Naranjo falleciese hace más de un siglo. Eso es grave. Lo es todavía más que hiciera esa referencia al fundador del Museo Canario con un ánimo no innato pero sí adquirido de recurrir a la mentira como escapatoria ante una situación de acorralamiento. Pero lo peor de todo es que durante días no haya en el Parlamento de Canarias, en los cenáculos políticos y, consiguientemente, en los medios de comunicación otro tema de debate.

No se resuelven los problemas con trasnochadas y borracheras, que es lo que hacen nuestros políticos dicho -que nadie nos entienda mal- en sentido eufemístico. La orgía perpetua, los discursos fatuos, las acusaciones tipo "y tú más" no sirven para nada. Estamos cansados -el pueblo canario lo está- de esas actitudes resabidas de nuestros gobernantes que, de alguna forma -y de nuevo hablando metafóricamente- son como esos toros capeados a escondidas por los maletillas en las eras durante las noches de luna; reses que detestan los diestros que han de enfrentarse a ellos en la plaza porque, al saber por dónde han de embestir, poseen sobrada ventaja a la hora de asestar una certera cornada. Si consentimos que en el Parlamento de Canarias, y por ende el Congreso de los Diputados, continúen siendo unos espacios más parecidos a los ruedos taurinos que a los foros serios en los que se han de discutir con rigor los problemas que nos afectan a todos, si en mayo refrendamos con nuestros votos esa infame crápula política, seguiremos recibiendo las cornadas del paro, del hambre, de la miseria, de la emigración de nuestros jóvenes, de las listas de espera en la atención sanitaria y, en definitiva, la cornada moral de intuir que todo está perdido. La idea que tanto atormentaba a José Rodríguez en sus últimos meses de vida.

Insistimos en nuestra convicción de que no estamos irremediablemente perdidos, pero lo estaremos si no reaccionamos. Afirma Paulino Rivero que el pueblo canario está a punto de sublevarse por el asunto de las prospecciones petrolíferas. No estamos de acuerdo. Los habitantes de estas Islas poseen muchos más motivos para salir airadamente a la calle. Sin embargo, no lo han hecho. Lamentamos, como lo hemos hecho siempre, ese aplatanamiento sempiterno del canario. Somos pacifistas que detestamos la violencia y las algaradas callejeras. Sin embargo, ha llegado el momento de decir basta. Hay que salir a la calle pacíficamente, pero hay que hacerlo. Quedarse de brazos cruzados es una actitud suicida.

Podíamos dedicar nuestros comentarios y editoriales a analizar lo que dicen los políticos en el Parlamento de Canarias, en las corporaciones insulares y municipales o en cualquier foro en el que intervengan. Podíamos hacer cábalas sobre por qué este dice esto y el otro lo otro. Hemos renunciado a ello porque lo consideramos una infame pérdida de tiempo ante los problemas que nos afectan. Los medios de comunicación están llenos de sesudos analistas políticos, amén de tertulias de toda ralea, dedicados a desentrañar estos "misterios de la vida". Una grave irresponsabilidad porque no es eso lo que quieren los canarios ni mucho menos lo que necesitan. Nuestro futuro sigue estando en nuestras manos, pero se nos acaba el tiempo.

EDITORIAL