BASTANTES de nosotros estamos hasta el mismísimo gorro de encajar noticias y planteamientos de economía. Es una avalancha diaria; datos sin masticar digeridos como si fueran chinchetas en la sopa. Hasta teniendo una profesión relacionada con la economía te saturas.
Lo que sucede es que el desastre provocado por el descontrol en las alturas nos afecta de lleno. Por mucho que queramos escurrir el bulto, "buck passing", o esconder la cabeza como los avestruces, la hemorragia que la palabra crisis -con las connotaciones actuales- significa e implica en todo lo que nos rodea condiciona vidas y marca existencias.
No podemos escabullirnos. Lo plasma con meridiana claridad el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS): más de seis de cada diez ciudadanos han cambiado de costumbres y hábitos para reducir el gasto en ropa y calzado -el 64,2% menos que en 2008-, en la factura de la luz, en el agua, en el coche -los movimientos de largo recorrido han caído por debajo del nivel de hace seis años, 382 millones en 2011 frente a los 415 del 2007-. Nos controlamos con los móviles, en el ocio -los restaurantes han perdido el 16% de su facturación entre 2008 y 2010-, en las vacaciones, ¿qué es eso? Ni siquiera la salud -casi uno de cada cuatro ciudadanos (23,9%) ha aplazado algún tratamiento médico-, la educación o la formación se libran del recorte. Estamos ahorrando en comer: el 41,2% de los ciudadanos ha cambiado sus pautas, según datos del Ministerio de Agricultura. Entre diciembre de 2010 y noviembre de 2011, el gasto en alimentación en los hogares cayó un 0,6% frente a los doce meses anteriores, mientras que el consumo de alimentos -en kilos- descendió en un 1,6%. Gana el grano, los espaguetis o los macarrones, los productos congelados y la carne más barata, el pollo o el cochino. Según Agricultura, los hogares consumieron el año pasado menos carne, pescado y mariscos frescos y subieron las conservas. La fruta perdió terreno. Las marcas de distribución, o blancas, suben como la espuma. Suponen el 35% del total, "el mayor porcentaje de Europa", afirma el director general de la Federación de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB), Horacio González. La venta de bebidas ha caído en mayor medida que la de alimentos, en el hogar un 2% y en hostelería un 3,1%.
Para explicar el castigo divino ordenado sobre nuestras cabezas, en general nos apuntamos a lo fácil, y ese es el peligro, el de seguir dormidos: la culpa es de Zapatero, ahora de Rajoy. Son los mercados difusos, el sistema financiero insaciable, los ricos podridos, los políticos corruptos, los funcionarios comodones, los empresarios despilfarradores o los inmigrantes ladrones -de puestos de trabajo-. Da igual, todos son culpables.
Qué fácil, ¿no? La anestesia de la tremenda complejidad en la que está envuelta hasta el mecanismo más sencillo o la más primaria de nuestras acciones nos obliga a echar balones fuera. Esto no lo comprende ni Dios, así que reaccionamos desentendiéndonos, desconectando cuando uno llega a casa abrumado por tanta presión. Ni política ni economía ni nada que no vaya más allá de "Callejeros Viajeros" o de "La Revoltosa", de "Sálvame Deluxe", "Gran Hermano" o la canchanchanada mediática en los extremos del antimadridismo o del antibarcelonismo.
Me decía el otro día uno que vino en bicicleta al espigón de Las Teresitas: "Ya sabemos que hay que trabajar más y ganar menos. Ya sabemos que si tenemos un chozo se ha depreciado. Que si por una casualidad guardamos ahorros nos dan miserias. Que los bancos no nos van a prestar ni una caña de pescar, que no hay quien venda ni mercancía ni propiedades ni nada. Ya sabemos que si estamos parados tenemos que recurrir al pringoteo o a la familia, que si tenemos una empresa nos vamos pa'l piso, que si tenemos tierras o animales carecen de valor. ¡Ya lo sabemos! ¿Qué más quieren? ¿Amargarnos la vida?".
Pues sí, y además hay que hacerlo, porque si no van a seguir vendiéndonos la moto. En Canarias no tenemos lo suficiente para mantenernos. No, y además nos dirigimos hacia el borde de un acantilado. El cuestionamiento de la bonificación a las tasas aéreas y la quiebra de Spanair han puesto de manifiesto la debilidad del único sustento que la UE en sus elucubraciones y egoísmos nos dejó.
Aunque lo diga la canción, no me callo.
infburg@yahoo.es
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD