EL APOCALIPSIS, según los agoreros, los malos, está instalado en cualquier esquina, y nos han imbuido tanto en ello que funciona como espada flamígera que pende de una sociedad atropellada y que sin liderazgos capaces parece llegar a ningún sitio, conduciéndose, si acaso, a trompicones. Esta situación de hoy, donde todo es trágico, donde el humor parece que se ha ido de vacaciones eternamente, no es nueva. Ha habido otros Apocalipsis y, como siempre, no fue tan fiero el león como lo pintaron. En aquel momento, por supuesto, se dieron desajustes, inconveniencias y falsas alarmas que condujeron, como ahora, al desahucio no solo personal, sino colectivo, en una sociedad que estaba igualmente dando palos de ciego.
Recuerdo que nos vino por aquí, y fue en el Ateneo de La Laguna y tras el golpe de Estado de Tejero o de quien haya sido (cuestión que aún permanece envuelta en una nebulosa sospechosa), Carlos Moya, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense, que había estudiado los fenómenos sociológicos que circulaban por nuestro mundo, así como cuestiones vitales de compromiso social e individual. Por aquel entonces se hablaba también de Apocalipsis, pero no tanto, nos decía y tranquilizaba el profesor. El territorio español se debatía en la penuria, con una inflación derrumbada; el terrorismo no había bajado la guardia y la inestabilidad política era galopante; el precio del barril de petróleo estaba por las nubes, el paro rozaba el 23 por ciento y el futuro, según nos decían, era negro. Y fue negro para mucha gente y para muchos países que se consumieron en la trampa de la ignorancia que se les suministró, como ahora.
Y hago referencia al profesor Moya, ya emérito y Premio Nacional de Sociología, porque, aunque el pensamiento de cada cual sea capaz de alcanzar o de atisbar con cierto realismo en dónde estamos y cuál es la situación, si es o no la que se nos dice, sin saber hasta dónde llega la verdad o comienza el embuste, y se nos marca, porque interesa crear el clima de alarmismo para atenazar y someter a la gente en un estado hasta si se quiere catatónico, las palabras y los diagnósticos de un sabio profesor son siempre mejor recibidos que los pronunciamientos amparados en la demagogia y el despiste.
Es verdad que el que tiene problemas los seguirá teniendo mientras los que deben solucionarlos continúen con la amenaza de la imposibilidad o de la tranquilidad a largo plazo cuando hay países que ven el horizonte con más nitidez, y cuando el poder adquisitivo de andar por casa se va deteriorando, lo que, si continúa entremezclado con discursos romos y cadavéricos, se puede decir que sí, que efectivamente el Apocalipsis está cerca.
Es el estado de ánimo apocalíptico el que intentan meternos en el cuerpo; es la inconsecuencia la que se desploma de los pedestales de la coherencia; es la torpeza disfrazada de diletantismo lo que manda. Pero cuando la gente se agazapa y deja de creer en lo que se le pone como paradigma quizás no haya una guerra devastadora, ni que desciendan de brumas ignotas los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero sí puede acontecer que las paciencias lleguen a un límite, que los que gritan sepan hacerlo con tino y con resolución y no que vivan engañados, y no porque hablen y les dejen hacerlo se logre nada. Y es nada lo que se consigue, de ahí que el Apocalipsis no esté, no toca, pero sí ir poniendo letra a una música que ya suena pesada y que es una canción morfeante y poco ilusionante.
Ni entonces hubo Apocalipsis (y la cuestión era cruda) ni lo habrá ahora, a pesar de las profecías mayas. Lo único que falta es que el discurso deje de ser farragoso y empalagoso, que no nos vengan con zarandajas ni elucubraciones y melindres y se digan las cosas claras, y si la cobardía y el engaño van a seguir siendo la norma y la pauta de conducta eso sí que pudiera aproximarse al Apocalipsis, pero como derrumbe personal y político de los que, siendo incapaces, pasan por tartufos y no llegan a ser más que marionetas en las manos de los que los manejan como petimetres ensombrecidos.
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