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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

JoMa

9/feb/12 01:20
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Al comienzo de los años cincuenta los peluqueros de Santa Cruz no ganaban mucho. Ni los peluqueros, ni nadie, pero al menos estos tenían la posibilidad de hacer algún trabajo extra los domingos por la tarde; día y momento que aprovechaban para ir por las casas de los ricos, a los que "arreglaban" in situ. Para no perderse los partidos de fútbol, saltaban de cliente en cliente con el transistor pegado a la oreja. Se entiende los que podían permitirse el lujo de tal artilugio, que entonces constituían una novedad; la mayoría se contentaba con oír la retransmisión en la radio del cliente. Con lo cual, para no perderse demasiado, corrían por la calle de casa en casa.

Este fue el escenario del oficio que encontró José Manuel González Ferrer (JoMa para los parientes y amigos) cuando llegó a Santa Cruz sin más patrimonio que una maleta con sus escasas pertenencias. Había nacido dieciocho años antes en Adeje, aunque pasó su infancia en el Puertito de Güímar. Fue precisamente en una peluquería de Güímar donde dio sus primeros pasos en el oficio. No atendiendo a los clientes -me lo recordaba anteayer su hija-, sino barriendo el local. Así eran antes las escuelas de formación profesional.

Ya en Santa Cruz trabajó en varias peluquerías. Lo trataban bien pero no se sentía satisfecho. "¿Por qué no puedo hacer yo lo que hacen los demás?", se preguntaba a menudo. "Los demás" eran los propietarios de las peluquerías. Ahorró hasta que pudo alquilar un local en la calle Callao de Lima. Cuando lo conocí, algunos años después, ya tenía otra peluquería de mucho éxito en la calle del Castillo y formaba parte habitual, nada menos que como jurado, del Salón de alta peluquería de París. ¿Su fórmula para triunfar? Muy sencilla: trabajo y ahorro.

Durante toda su vida, pero especialmente en sus comienzos, tuvo una auténtica obsesión por dignificar el oficio. La imagen del peluquero trabajando de casa en casa el domingo por la tarde constituía su referencia personal de lo que jamás debía ser un peluquero. Fue el primero en abrir un local unisex en la capital tinerfeña (hoy hay muchos por todas partes) y en amueblarlo de una manera tan innovadora y avanzada para la época (finales de los años setenta), que a día de hoy sigue en la vanguardia de la modernidad ¡sin haber tocado nada durante más de treinta años! Y es que se podía, aunque con mucho esfuerzo, ser tan buen peluquero como JoMa, pero no mejor porque él estaba en la cima. Siempre lo estuvo.

José Manuel González Ferrer se jubiló hace seis años, al cumplir los 75. Un merecido descanso que nunca disfrutó del todo porque, caprichos de la naturaleza humana, su salud empezó a resentirse. Hace una semana nos dejó para siempre. JoMa no era una persona imprescindible -ninguno de nosotros lo es- pero sí muy necesaria en tiempos, como estos, en los que todos anuncian calamidades pero son pocos quienes se ponen a trabajar para salir del agujero, cada vez más profundo, en el que nos encontramos. Una persona capaz de hacernos comprender, además, que no hace falta ser un conocido político, o un sesudo catedrático o un apabullante empresario para ser un gran hombre.

rpeyt@yahoo.es

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