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MANUEL LUNA

El poder de la fuerza

25/oct/11 01:37
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EN CONTRA de la opinión general, no creo que los especuladores y los políticos sean los responsables de nuestra deplorable situación. Ellos solo son los culpables. La verdadera responsabilidad recae sobre un grupo mucho más poderoso; más aún que el crimen organizado, las multinacionales del petróleo o la conferencia episcopal.

Nada que ver con manos negras ni teorías de la conspiración, porque se trata de un grupo que no está organizado, que no tiene estructura, estatutos ni presidente. Pese a ello, actúa de forma coordinada, como animado por una fuerza misteriosa, con el objetivo de impedir el progreso y la felicidad de la Humanidad. Esa enigmática fuerza es la estupidez, y el grupo al que me refiero, que jamás descansa ni conoce fronteras, el de las personas estúpidas.

Las personas estúpidas ocasionan pérdidas de dinero, tiempo, energía, tranquilidad y buen humor. Causan inconvenientes, frustraciones, daños y dificultades a sus semejantes, sin que ellas obtengan el menor beneficio de sus acciones. Su comportamiento no obedece a ninguna lógica; es irracional, imprevisible y errático. Actúan sin un plan concreto, en los lugares más improbables y en los momentos más inesperados. Y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón alguna. Estúpidamente.

La estupidez es la mayor fuerza sobre la Tierra (decía Schiller que "contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano") y la persona estúpida, la más peligrosa que existe. Su capacidad para hacer daño depende de la dosis del gen de la estupidez que haya heredado y de la posición de poder que ocupe en la sociedad.

Ahora bien, la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de su nacionalidad, sexo, formación, cultura, etc. Mediante un mecanismo inescrutable, la naturaleza consigue mantener constante la fracción de personas estúpidas en cualquier colectivo humano. Esta es una ley de hierro que no admite excepciones: siempre existirá el mismo porcentaje de estúpidos, por ejemplo, entre los políticos, deportistas, empresarios, asalariados, consejeros de cajas de ahorros, indignados o premios Nobel.

La pregunta del millón es cómo resulta posible que personas estúpidas lleguen a alcanzar posiciones de influencia o autoridad. Este no es un problema nuevo. Mientras que en las sociedades preindustriales funcionaban las clases y las castas, ahora, en las sociedades democráticas, también los partidos políticos y los sistemas de sufragio permiten un flujo continuo de personas estúpidas hacia puestos de responsabilidad y poder.

Llegados a este punto, debo confesar que nada de esto es ocurrencia mía, sino del historiador Carlo M. Cipolla. Su ensayo "Las leyes fundamentales de la estupidez humana", publicado por Crítica en el volumen "Allegro ma non troppo", es brillante, ameno y muy instructivo. Una lectura ideal para reflexionar de aquí al 20N.

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