Dice el escritor Umberto Eco que la irrupción de internet supuso una vuelta a la palabra escrita, tras un periodo de abandono provocado por la televisión. Es una reflexión interesante. No en vano el servicio web surge del concepto de hipertexto, un macrotexto virtual formado por muchos textos enlazados a lo largo y ancho de la Red.
Paradójicamente, la tendencia se invierte con la mejora de las comunicaciones. Con la extensión de la denominada banda ancha, proliferan los contenidos audiovisuales y el hipertexto deja paso al hipermedia. El progreso técnico de internet no solo provoca que se vuelva a escribir y leer cada vez menos, sino que se haga de una forma diferente. Aunque los diarios personales, o blogs, siguen en auge, la verdadera revolución son las redes sociales, y, de entre ellas, ganan adeptos las que se basan en mensajes cortos. Se impone un ritmo frenético de producción y consumo de información, empaquetada en unidades cada vez más pequeñas, lo que, según algunos expertos, puede provocar dificultades a la hora de afrontar la lectura de textos más largos y de realizar actividades que requieran una mayor concentración.
A pesar de estos inconvenientes, el fenómeno de las redes sociales es imparable. Incluso se les atribuye, tras la reciente revolución egipcia, la capacidad de derribar gobiernos. Puede ser cierto, pero es pertinente aclarar una cosa: es internet misma la que, por su diseño, escapa a cualquier tipo de control, al margen de cuál sea la aplicación o servicio utilizado. Y las redes sociales son solo una de esas aplicaciones. Una vez dicho esto, ¿es posible que, además, las redes sociales posean alguna característica que las convierta en un método especialmente eficiente para la difusión de información?
La clave, en mi opinión, reside en la variabilidad del vínculo que establece el usuario, de forma inconsciente, con sus "amigos" virtuales, en función del tipo de información que quiere compartir. Funciona igual que en la vida real, donde tenemos amigos íntimos, menos íntimos (para llamarlos necesitamos una excusa) y simples conocidos (a los que solo llamaríamos con un motivo muy justificado). En las redes sociales los usuarios inteligentes (no compulsivos) evitan verse saturados de información filtrando los mensajes que reciben y envían a sus verdaderos amigos, que son un porcentaje ínfimo del total. Pero con el "pásalo" es diferente. Si se trata de convocar un macrobotellón o una manifestación en la plaza de la Libertad, nadie suele tener inconveniente en transmitir el mensaje a todos sus "amigos". En el primer caso, el poder de difusión de las redes sociales es importante pero limitado. En el segundo, es inmenso. Que respiren los periodistas y tiemblen los gobernantes.
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