- Lunes, 28 de marzo de 2011
MARÍA DEL PINO FUENTES DE ARMAS
Estupidez política y orfandad cultural
TENGO uso de razón, he viajado un poco y he leído algunos libros. Por eso creo saber de qué hablo cuando afirmo que España ha sido un país históricamente católico, una tierra en la que en los últimos siglos siempre ha habido un confesor diciéndoles a las señoras qué podían hacer con los maridos infieles, y a los reyes qué debían hacer con sus súbditos. Los portadores de sotana indicaban a quién premiar y a quién dar garrote; eran las mentes preclaras capaces de discernir sobre el bien y el mal; la columna vertebral que, amparada en el credo y en el temor a Dios, movía a las masas. Eso no descarta, naturalmente, a infinidad de hombres y mujeres justos: sacerdotes y monjas empeñados en dignísimas obras sociales, misioneros que se han dejado la piel en el sano intento de paliar las injusticias en el mundo. Pero la existencia de esa cara amable, de esa fiel infantería, tan alejada de palacios arzobispales y despachos vaticanos, no borra el estrago secular, la manipulación de conciencias, la resistencia a la modernidad que se ha alentado desde los púlpitos y hasta el sabotaje al avance del conocimiento. Creo, incluso, que en el Concilio de Trento España se equivocó de camino: mientras la llamada Europa moderna apostaba por un Dios práctico y emprendedor, aquí fuimos rehenes de un Dios reaccionario y siniestro, que nos hizo optar por el camino opuesto al futuro, con unos dirigentes religiosos que proponían quemar libros, prohibir, fusilar, desterrar costumbres, ideas y hombres. Todo ello mientras saboteaban constituciones, bendecían a los generales carlistas o levantaban el brazo junto a un pequeño Caudillo que se paseaba bajo palio. Y siguen igual, usando un discurso que puede ser tildado de arrogante y pertinaz, en una España que lucha por lograr un equilibrio entre el sentido común, la igualdad, el pluralismo político, la libertad y la vida. Al menos así era hasta que decidieron nuestros políticos que éramos un país laico o aconfesional, pasando a ser un pueblo desmemoriado que olvida su historia reciente.
Allá cada cual con sus dioses y sus cíclopes, pero -sin entrar en detalles de la moral católica, de la espiritualidad, del pecado, la salvación del alma y otros territorios adyacentes, que son cosa de cada uno- hablar de equipaje lúcido y de cultura se hace obligado, toda vez que el hombre necesita para su desarrollo intelectual y equilibrio social saber quién es, de dónde viene y a dónde llega. Por ello nadie debe olvidarse de que, para bien y para mal, la Europa que aún responde a ese nombre no puede explicarse sin la historia del Cristianismo y la Iglesia Católica. Es necesario que las nuevas generaciones sepan que somos lo que somos porque antes fuimos lo que fuimos, y que es preciso conocer en la historia, tanto el daño causado como la parte de grande y luminosa, la base intelectual de una civilización largamente construida sobre los cimientos de Grecia y Roma, de la Biblia y los Evangelios, del islam mediterráneo, san Isidoro, la latinidad medieval, los monjes copistas y los monasterios, las bibliotecas, el Renacimiento? Un camino apasionante en resumen, y el papel fundamental -solo discutible por los sectarios y los imbéciles- que la Iglesia ha tenido en todo ello. No se debe cuestionar que, independientemente de las creencias de quien camine bajo sus bóvedas, las catedrales europeas son museos de arte vivos, libros de piedra con la carga genética de lo que algunos llaman Occidente. Sobre todo, en esta España imperfecta y violenta que mantuvo una guerra civil de ocho centurias contra el islam, enarbolando como bandera una cruz, y que se arruinó en los siglos XVI y XVII a causa, entre otras muchas, de esa misma cruz. Por eso, el símbolo que corona el escudo de la nación, nuestras iglesias y tumbas nos explica y justifica.
Corren tiempos de estupidez política y orfandad cultural. Por ello es bueno que las nuevas generaciones se familiaricen con la memoria, tanto de esta rezurcida España como de la vieja Europa, una nación y continente a los que, pese a la globalización, la barbarie y el olvido, seguimos perteneciendo.
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