SI USTED tiene la ocurrencia de robar un contenedor de polos con un cocodrilo verde y alquilar un local en la calle del Castillo para regalarlos o venderlos a un euro, es probable que acabe delante de un juez y vaya a dar con sus huesos en la cárcel. Aunque usted piense honestamente que los polos con un cocodrilo verde deben ser un bien universal, difícilmente encontrará simpatizantes de su noble causa. Ahora bien, si se le ocurre escanear libros y copiar canciones en formato mp3, abrir un sitio web en Internet, y regalarlos o venderlos a un euro, no solo no será importunado sino que será aclamado como un héroe por toda una legión de paladines de la libertad y la cultura. Quienes defienden este despropósito presumen de "haber comprendido" y suelen aderezar la conversación con frases sobre el "nuevo modelo de negocio que posibilita Internet". Incluso han elaborado una peculiar taxonomía del personal, a imagen y semejanza del mundo real: los "nativos digitales" y los "inmigrantes digitales", que navegamos en patera sobre un mar de bits para arribar, desconcertados, a la incierta costa del mundo digital. Y es que entre la colectividad de internautas, proliferan toda suerte de expertos y gurús que hacen de la grandilocuencia su herramienta de trabajo y han conseguido desviar la atención del verdadero debate al hilo de la denominada Ley Sinde. No tiene nada que ver con modelos de negocio o resistencia al cambio.
En mi opinión, hay dos axiomas básicos que no pueden olvidarse:
1. No se puede piratear. No me diga que no comprendo el nuevo modelo de negocio y que me tengo que adaptar. De acuerdo, soy un ignorante y un inadaptado, pero no me robe usted.
2. Hay que respetar la libertad del consumidor y también la del creador. Habrá cantantes que quieran regalar sus canciones en Internet para obtener la máxima popularidad y luego hacer una gira a quinientos mil euros el concierto. Habrá escritores que quieran regalar sus libros para ser conocidos y luego ganar el Nobel, dotado con seiscientos mil euros. O los habrá con aspiraciones más modestas que sólo quieran pagar su hipoteca vendiendo sus textos o sus canciones, lo cual, dicho sea de paso, no tiene nada de malo.
No se me ocurre justificación alguna para distribuir por Internet libros o música sin el consentimiento de sus autores, ni se me ocurre otro calificativo que el de robo. Ah, y por cierto, ni siquiera los gurús de Internet son originales. Hace dos mil seiscientos años, el filósofo griego Heráclito ya dijo que todo lo que es, está constantemente cambiando.
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