Cultura y Espectáculos
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DOMINGO, 2 DE ENERO DE 2011
ÁLVARO MARCOS ARVELO ESCRITOR. AUTOR DE "AL SUEÑO POLAR DE GOLONDRINAS"

"El ruido en torno a la Guerra Civil sigue siendo ensordecedor"

JOSÉ A. DULCE, S/C de Tfe.

El año literario en Canarias vino marcado por el adiós de Rafael Arozarena, el rescate del malogrado Félix Francisco Casanova por la editorial Demipage, la revalorización de autores comprometidos como Luis León Barreto y el reconocimiento a escala nacional de jóvenes valores de las letras isleñas como el poeta y traductor Rafael-José Díaz o los novelistas Víctor Conde y Carlos Cruz. Álvaro Marcos Arvelo, escritor y jefe de la Obra Social y Cultural de CajaCanaria, se sumó a la cosecha de 2010 con "Al sueño polar de golondrinas", narración en la que refiere uno de los episodios más oscuros y fascinantes de la historia reciente de España.

Es la suya una novela sobre personajes a la deriva. ¿Olvidados por la historia oficial?

Esa deriva afecta a todos los personajes porque la guerra se cruza en sus vidas y los empuja a seguir avanzando. De alguna forma yo he bailado con cadenas al escribir esta novela, ya que una parte de las peripecias vividas por esos hombres sucedieron realmente. El que una veintena de presos republicanos fueran deportados a Río de Oro y tomaran un fortín en mitad del desierto, para luego huir a Dakar en el correíllo Viera y Clavijo, forma parte de ese poro de la historia que ha sido cubierto por el olvido. Digamos que, por ese poro se cuelan las mentiras de San Juan, es decir, se cuela la ficción. Estos hombres siempre se vieron empujados a huir hacia delante, unos para hacer durar sus ideales republicanos, mientras que otros solo buscaban sobrevivir en medio de una guerra.

Plantea una encrucijada geográfica e histórica: el deportado que huyó hacia Senegal tras el asalto al fuerte de Villa Cisneros, en el Sahara, y el inmigrante senegalés que huye hacia la Macaronesia desde Dakar. ¿Quién gana la salvación en ese cruce de destinos?

Buena parte de la trama, esa fuga imposible de 152 hombres en el desierto, tuvo realmente lugar durante la Guerra Civil en Villa Cisneros. Pero cualquiera puede entender que el tema de la guerra, el héroe y sus hazañas estaba más que gastado para la narrativa. Nada de esto me interesaba. El viejo San Juan necesita contarle su experiencia como cobarde a alguien al que esto pudiera importarle, alguien que pudiera entender su debilidad entre aquellos hombres que se jugaban la vida. Las dos historias tenían necesariamente que cruzarse. Mientras trabajaba en el personaje, en el año 2004, llegó el primer barco chatarra con un número importante de inmigrantes a las costas de Gran Canaria, al que sus compañeros llamaron "el Queen Mary de los desposeídos." ¿Sabe cuántos subsaharianos llegaron? El mismo número que los deportados que se escaparon en barco a Dakar en el año 37: 152 hombres. Aquello fue un despertar. Yo me dije: ¿No es la misma historia? ¿En el fondo estos hombres no vienen movidos por motivos semejantes a los de aquellos deportados queriendo alcanzar la costa de Dakar?

La mayoría de novelas están escritas en primera o tercera persona, pero rara vez la segunda persona adquiere tanta importancia como en su libro. ¿Por qué decidió adoptar ese recurso? Da la impresión de que siempre hay alguien a la escucha, una presencia "intermedia" entre quien enuncia y el lector.

Para mí era importante contarlo todo desde la perspectiva del cobarde. Amadou, el joven senegalés, siempre escucha en silencio el relato de ese viejo escéptico que entiende la mentira como una de las bellas artes. Esa debía ser la única voz en toda la novela. La voz de un anciano que sabe que se muere, que toma morfina para adormecer no solo el dolor físico, sino esa otra metástasis que pudre su conciencia y que lleva arrastrando durante casi setenta años: traicionar a quienes más amaba. De ahí que la estructura tenga esa cadencia con la que nuestra memoria ordena cualquier historia que queremos contar oralmente.

A lo largo del relato se habla de un poeta que se halla entre los deportados que llegan a bordo del Viera y Clavijo. ¿Es una figura literaria o ese poeta se corresponde con...?

Pedro García Cabrera fue uno de aquellos deportados. El historiador Agustín Millares le hizo una gran entrevista en los últimos años de su vida. Allí Pedro contaba el episodio en Río de Oro con sus compañeros deportados, la toma del cuartel de Villa Cisneros, la huida a Dakar, y la entrada en Marsella para incorporarse al frente republicano. Pedro hablaba con admiración de alguno de sus compañeros. Entre ellos destacaba la humanidad de un viejo llamado José Gorrín, que era un cantero que vivía en la Tierra del Trigo, y al que habían detenido por error. Este hombre tranquilo, sin apenas estudios, sin ideas políticas, se vio arrastrado por tener el mismo nombre que un doctor socialista de Los Silos. Pedro contaba cómo Gorrín, que nunca lamentó su suerte, que siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás, solo se quejó una vez al ver cómo se acercaban los bombarderos alemanes al puerto de Valencia, diciéndoles: "Si ahora estos, riscando bombas, van y los matan, yo lo sentiría. No por mí. Yo ya he vivido, pero ustedes lo tienen todo por vivir, por ustedes lo sentiría." Esto es enorme. Ese hombre aceptó un destino para dejar lo mejor para aquellos que llegaban.

Era un anciano dispuesto a la mayor renuncia por los demás. Si esto lo traemos a nuestros días, en los que asistimos a un debilitamiento de la solidaridad, entenderíamos de qué pasta estaban hechas esas personas.

El dolor es el motivo que recorre el libro de principio a fin. ¿Cómo ha interiorizado esas sensaciones antes de trasladarlas a la página?

El dolor acostumbra a agujerear la memoria. Los que vivieron la guerra rara vez evocaban las penalidades pasadas. Se arropan bajo una cobija de silencio. Por eso es tan importante ese documento sonoro que dejó Pedro García Cabrera al final de su vida, y que a mí me sirvió para reconstruir las casillas vacías que habían dejado otros testimonios.

Ese "todo pudo no haber ocurrido que cierra el libro", ¿es una invocación a la mentira como bálsamo para sobrellevar la existencia o el recuerdo de que todas las interpretaciones de la historia son forzosamente subjetivas?

El desaparecido Juan Marichal tuvo siempre presente un consejo que su maestro, el historiador Edmundo O'Gorman, le daba. "No engañar con los muertitos", le decía refiriéndose a ese ideal humanista de no hacer trampas con la historia. El ruido en torno a la Guerra Civil sigue siendo ensordecedor. De ahí que ese San Juan público, el que cuenta una versión de la historia a la periodista, prefiera el territorio de la mentira, decidiéndose a contar solo lo que los demás quieren escuchar. La verdad se la reserva para Amadou, para el sin nombre, para aquél que, de alguna forma, no ha nacido aún, al menos para la sociedad. Por eso cierro la novela con ese verso "Todo se perderá", que Pedro García Cabrera había escrito meses antes del golpe militar de julio del 36. "Con la mano en la sangre" no es solo un poema desolador, es como si el poeta hubiera anticipado todo el dolor y la sinrazón de la Guerra Civil. Pedro escribió ese verso: "Todo se perderá", en tiempo futuro, como si ya supiera que la espiral de horror que acompaña a la guerra, fuera a repetirse sin remedio. Algo que, por otra parte, ha venido cumpliéndose hasta hoy.

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