JOSÉ A. DULCE, S/C de Tfe.
Un secundario de primera. Así definen a José Luis de Madariaga sus compañeros de profesión. Un actor versátil y camaleónico capaz de abordar los más variados registros, ante las cámaras o en vivo, sobre un escenario teatral o ante el público que se dio cita anteanoche en la plaza del Cristo de La Laguna. De Madariaga, uno de los "característicos" del Festival de Zarzuela de Canarias, ejerció de narrador en la interpretación conjunta que Los Sabandeños y la Orquesta Sinfónica de Tenerife hicieron de "La cantata del mencey loco", rúbrica a una semana en la que han comenzado las nuevas temporadas de dos famosas series televisivas en las que él toma parte, "Águila Roja" y "Amar en tiempos revueltos".
A caballo entre la Península y Tenerife, donde reside desde hace años, el popular actor acaba de impartir un curso de interpretación en Santa Cruz. Allí ha desvelado los secretos de un oficio que para él parece no tenerlos; y si los tiene, procura restarles importancia, convencido de que los sentimientos prevalecen sobre la técnica a la hora de dar vida a un personaje. Y es que, como él mismo asegura, "el mejor actor es que el no actúa".
Uno de los aspectos del curso de interpretación impartido en Santa Cruz tiene que ver con los cambios de dispositivo del actor (cine, teatro, TV, publicidad). Dado que usted toca todos los palos. ¿qué diferencias observa entre los distintos registros?
Las bases sobre las que se construye un personaje son idénticas en el teatro, en el cine o en la televisión. Pero las técnicas interpretativas difieren de forma notable entre el teatro y la actuación ante una cámara. Yo comparo el teatro con un buen vino. Se abre la botella lentamente, se sirve poco a poco, se aprecia su aroma, se observa su aspecto, se paladea y se toma uno su tiempo para beberlo. Así, durante el transcurso del espectáculo, el actor va transmitiendo al público sus sensaciones, sentimientos y circunstancias. El cine y la televisión son el cava: la botella se destapa haciendo saltar el tapón, se sirve de forma rápida para que se expandan todas sus burbujas y se toma antes de que pierda la fuerza que le caracteriza. Ante la cámara, el actor concentra dentro de sí las sensaciones y sentimientos del personaje (mientras es sometido a la tortura de los retoques de maquillaje y peluquería, a la presión del sonidista que le coloca el micro y del iluminador que le pide que se aleje del foco, a las indicaciones del director sobre posiciones, movimientos, intenciones, etc.) y entre la palabra "acción" y la palabra "corten" (entre las que, muchas veces, sólo median segundos) debe liberar todo lo que lleva dentro con la suficiente intensidad e intencionalidad para que el espectador lo entienda y asimile.
No menos importante es la capacidad para memorizar textos. ¿Cómo trabaja ese aspecto con los alumnos?
La capacidad para memorizar textos, requiere, sobre todo, práctica. Con la experiencia, uno se va creando reglas muy personales que faciliten la memorización. En los cursos que he dado no tengo tiempo de tratar este tema a fondo, ya que de todas formas no es exclusivo de la actuación ante la cámara. Pero sí es el principal problema con el que me encuentro, pues aunque los alumnos reciben los textos (muy cortos, por otra parte) una semana antes de tener que interpretarlos, son muy pocos los que lo traen aprendido. Y esto dificulta sobremanera la actuación. La verdad es que sobre todo la televisión requiere que los textos se aprendan muy rápidamente, pues los guiones se reciben poco tiempo antes de cada grabación.
Muchos espectadores tienen la sensación de que ante una cámara el actor español o bien suena muy engolado e imitativo (televisión) o bien delata que está siendo filmado (cine). Por comparación con el actor anglosajón, ¿tiene el español problemas para ficcionar y resultar creíble? ¿Cómo se corrige este defecto?
Yo creo que es muy peligroso generalizar. En España hay actores malos y otros excepcionalmente buenos. Exactamente igual que en los países anglosajones. A mi juicio, lo que ocurre es que cuando hablan en nuestra lengua, apreciamos con mucha facilidad los matices interpretativos que nos permiten juzgar al intérprete. Si escuchamos a un anglosajón (en versión original, pues casi siempre lo escuchamos doblado y entonces se trata de dos actores en un solo personaje), tenemos que conocer muy a fondo su idioma para apreciar estos matices. Para resultar creíbles en pantalla, no hay que trabajar los gestos, ni las palabras: hay que trabajar los sentimientos y las sensaciones. Sentir como el personaje, y dejar fluir las palabras y los textos como en la vida real. Yo pienso que el mejor actor es el que no actúa.
¿Cómo se construye un personaje?
La construcción de un personaje se fundamenta, a mi entender, en cuatro pilares: la observación (no perderse detalle de todos los personajes reales que la vida nos va poniendo delante), el estudio (investigar sobre aquellos personajes que no tenemos oportunidad de ver de forma tangible, porque ya no existen o están lejos de nosotros), la imaginación (dar forma y vida en nuestra mente a aquellos personajes que sólo existen en la ficción) y el sentimiento (conseguir sentir como sentiría el personaje a interpretar). Trabajados estos cuatro aspectos, toca transmitirlo al público con la mayor naturalidad posible y con la intensidad necesaria.
Las grabaciones televisivas, con sesiones de trabajo "full time", son más exigentes de lo que el público cree. ¿Cómo se las arregla para entrar y salir del set viviendo a dos mil kilómetros?
Sí, la televisión es una fábrica de ficción y los métodos de trabajo están planteados en términos industriales. Hay que hacer todo muy rápido, con el menor coste posible y con la mayor eficacia. Yo vivo en Tenerife, por lo que cada rodaje me requiere más tiempo que a un actor afincado en Madrid. Yo debo estar allí el día antes de la grabación (pues normalmente me vienen a buscar a las seis de la mañana al hotel) y debo regresar un día después, debido a que la jornada termina a las ocho de la noche. Pero tiene su lado positivo: Muchas horas de avión y de soledad en el hotel, para estudiar los textos. Además, cuando uno es feliz con lo que hace, no existen los escollos.
De José Isbert a Manuel Aleixandre, el cine y el teatro españoles siempre han contado con magníficos secundarios o, como se decía antes, "actores de carácter". ¿Se siente cómodo en esa piel? Y, ¿por qué se ha perdido esa gran tradición?
Bueno, creo que considerarme en la misma piel que Pepe Isbert o Manuel Aleixandre sería, como poco, exagerado. Es evidente que soy un actor secundario que en los últimos tiempos he tenido la suerte de trabajar mucho (en el último año he participado en quince series nacionales) y por supuesto, no sólo estoy cómodo, sino que estoy feliz y agradecido a cuantos directores de cásting y directores de serie han confiado en mí. ¿Se ha perdido la tradición? Lo que ocurre es que los actores que llegan a mi edad y, como yo, no han conseguido el éxito, muestran cierto cansancio o decepción. Yo disfruto tanto encarnado a un mafioso que dura veinte segundos vivo (es el caso de "Sin tetas no hay paraíso") como interpretando a un monseñor que lleva más de dieciséis capítulos sin que logren abatirlo (es el caso de "Amar en tiempos revueltos").
Ésta y "Águila roja" son dos de las series de televisión más seguidas en sus respectivas franjas horarias y usted es el común denominador interpretativo entre ambas producciones. ¿Cómo valora su trabajo en ellas?
Yo no puedo valorar mi trabajo. Es el público quien debe hacerlo. Yo valoro mi entusiasmo al trabajar en estas series. La ilusión y la pasión que pongo en lo que tanto me gusta hacer. No sé si he logrado el objetivo de que esto se transmita al público. Sólo si así ha sido podré estar satisfecho. Pero confieso que no sé si esto ha ocurrido.
Por último, un axioma que en España suscriben todos los actores: "Si no sales en la televisión, no existes". ¿Es cierto?
El actor existe aunque no salga en ningún lado. Es algo que uno lleva dentro aunque las circunstancias nos impidan en ciertos momentos mostrarlo. Pero sí es verdad que la televisión es hoy el único medio que proyecta a un actor de forma contundente, debido a esa característica tan particular que tiene y que es la de poner nuestros rostros a poco centímetros de millones de espectadores y dentro de su propia casa.
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