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El corralito

5/sep/10 08:05
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OCURRIÓ en Argentina, no en España. Así se llamó a una singular situación económica y financiera cuando en diciembre de 2001 el Gobierno prohibió retirar dinero en efectivo de las cuentas corrientes y depósitos en bancos y cajas de ahorro. El objetivo era evitar la fuga de capitales, el pánico y el colapso del sistema.

Esta historia la viví un 4 de diciembre en Buenos Aires. Argentina había pasado un año al borde del precipicio. Desde la caída del presidente De la Rúa había tenido cinco presidentes en dos semanas, hasta que Eduardo Duhalde, gobernador de Buenos Aires, logró asentarse en la presidencial Casa Rosada. El poder estaba en la calle, donde los piqueteros actuaban impunemente imponiendo un peronismo rampante y violento; al atardecer tronaban las caceroladas de una clase media encolerizada que lo había perdido todo y por la noche los cartoneros buscaban entre las basuras algo de valor que vendían para alimentar a sus familias. Lula había ganado las elecciones en Brasil y, sin tomar posesión, viajó 48 horas a Buenos Aires como señal de apoyo a sus vecinos del sur. Fue recibido como un héroe y vitoreado al llegar a la sede de la imponente embajada de Brasil, donde ofreció una recepción. Aquella noche, después de saludar y aplaudir a Lula, me dirigí a la sede central del Banco de la Nación Argentina, conocido popularmente como el Banco Nación, en la Plaza de Mayo, al otro lado de la Casa Rosada y de la Catedral Metropolitana, donde había sido invitado a cenar.

Nos recibió en la puerta un tipo de aspecto desagradable, grandullón, gordo, fofo, con el pelo tan largo como escaso, impecablemente vestido y acento marcadamente porteño. Juro que no lo había visto nunca, pero me saludó como a un amigo de toda la vida. Nos condujo hasta la planta tercera, donde nos esperaba el presidente del banco y algunos de sus directivos. En un momento dado y mientras tomábamos un aperitivo, nos preguntó si conocíamos el corralito. "Vamos", dijo con decisión para cruzar al otro lado del patio central, en la misma planta. Franqueamos una primera puerta de seguridad que se cerró de inmediato tras nuestro paso, y así hasta cinco puertas, antes de que un ascensor nos llevara seis plantas más abajo hasta un sótano tres plantas por debajo del nivel de la calle. Allí, tras cruzar otras cinco puertas que abrían y cerraban automáticamente, accedimos a un recinto de unos 30 por 40 metros, iluminado, con cámaras de seguridad en todos los ángulos, resplandeciente, limpia como una patena. "Esto es el corralito", dijo secamente. Allí no había ni pesos ni dólares ni lingotes de oro. Todo había desaparecido de las cajas de seguridad del Banco Nación. Nunca olvidaré aquella escena terrible.

De vuelta a la tercera planta, cuando nos disponíamos a cenar, aquel tipo baboso que nos había recibido se acercó a mi oído para pedirme que dijera al presidente del Banco lo eficaz que había sido su trabajo en Bruselas. Naturalmente, no lo hice cuando pronuncié unas palabras para agradecer en nombre de mis dos compañeros eurodiputados y en el mío propio la invitación. Aquella era la primera y única vez que había visto a aquel sujeto.

Eso fue el corralito. Como aquel tipo caradura y vividor he conocido a algunos argentinos. No todos son como él, claro. Tipos así hay en todas partes, pero que ocupen lugares destacados es una de las razones de que Argentina sea como es y esté como está. Repito que este relato nada tiene que ver con España, pero confieso que cada vez que veo u oigo a Zapatero y a sus ministros y ministras un sudor frío recorre mi espalda y vuelve a mi cabeza el recuerdo de aquella imagen de los sótanos del Banco de la Nación Argentina.

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