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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Otra vez la ciencia contra Dios

5/sep/10 08:05
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Era un profesor recio, con cara de ligero y sempiterno malhumor, pero siempre una buena persona. Nos daba clases de Matemáticas en quinto de bachillerato de cuatro a cinco de la tarde. Con él descubrí los logaritmos y la trigonometría plana.

Entonces pensaba que toda la trigonometría era plana y que, como consecuencia de ello, los ángulos de un triángulo siempre sumaban 180 grados. Un error derivado de pensar que uno lo sabe todo de todo, cuando en realidad sólo está empezando a saber un poco de muy poco. Los logaritmos eran más divertidos. Me fascinaba multiplicar sumando, dividir con una resta y elevar un número a una potencia -u obtener su raíz- mediante una simple multiplicación o división. Lo más divertido, empero, ocurría las tardes en las que aquel profesor llegaba un poco chispado -la hora era propicia, y más si se había ayudado en el almuerzo con una cuarta de tinto- y se ponía a demostrarnos matemáticamente la inexistencia de Dios. Llenaba la pizarra con fórmulas que ni de lejos podíamos rebatir. A la semana siguiente, si le daba por ahí, volvía a la carga pero esta vez para demostrarnos con la misma formulación -u otra parecida; a fin de cuentas, ¿qué más daba?- todo lo contrario: la existencia de Dios matemáticamente probada.

Al margen de estos nada malintencionados juegos docentes, ¿es capaz la ciencia de demostrar o desmentir la existencia de un supremo hacedor? Una pregunta a la que se han dado muchas respuestas sin que ninguna resulte convincente. Quizá, como ha escrito alguien recientemente, se trate de una cuestión demasiado seria para despacharla con un par de opiniones esbozadas ante la barra de un bar. En cualquier caso, la polémica ha vuelto a surgir tras el anuncio de un nuevo libro de Stephen Hawking "The Grand Desing"; una obra que probablemente se traducirá al español, según también se ha comentado, como "el diseño grandioso" o "el diseño magnífico".

Consideran algunos que tal polémica está fuera de lugar tratándose de alguien como este eminente científico. Fundamentalmente porque la visión de Hawking sobre la existencia o inexistencia de Dios no ha variado desde hace veinte años, o incluso más. Es cierto que todo lo que conocemos del Universo se puede explicar tanto sin recurrir a la existencia de un ser superior -¿debo escribir Ser Superior en mayúsculas?-, como poniendo en sus manos el origen del mundo en que vivimos. Podemos acercarnos a un callao de la costa y observar que las piedras más grandes están debajo y las más pequeñas encima. A partir de ese momento podemos pensar, maravillados por el orden que apreciamos, en una hipotética divinidad marina, que no tiene por qué ser necesariamente el dios Neptuno, dedicada a clasificar los guijarros en las costas de aquí y allá. Sobra decir que la explicación de por qué las piedras más pesadas quedan debajo de las más ligeras puede dárnosla la física mediante leyes más o menos complicadas -en este caso ni siquiera eso-, pero que de ninguna forma pertenecen al mundo de lo sobrenatural sino al Universo que conocemos. O que pensamos que conocemos, porque a día de hoy los físicos, y hasta los filósofos, siguen discutiendo si el tiempo existe realmente o se trata de una mera ilusión de nuestros sentidos. Un debate que comenzó antes de Sócrates y que sigue vigente en el siglo XXI; una muestra más, en definitiva, de que no basta con sustituir la religión -o las religiones, mejor dicho- tradicionales por la religión de la ciencia. Porque puede haber errores mucho mayores que el convencimiento absoluto de que los tres ángulos de un triángulo miden esos 180 grados antes mencionados, cuando en realidad tal eventualidad sólo ocurre en el caso muy particular de que los triángulos estén dibujados sobre plano. Una pifia admisible en quinto de bachillerato, pero no después si uno se propone pensar con cierta seriedad tanto en Geometría -acaso la Geometría sea lo más grande de las Matemáticas- como en otras disciplinas académicas.

El ejemplo de las piedras apiladas en las playas lo he tomado de Richard Dawkins; un personaje presentado en una entrevista reciente como "divulgador del evolucionismo, ateo militante y polemista recurrente en distintos ágoras". No me gusta Dawkins por motivos que no vienen a cuento. Sin embargo, considero de lectura obligada dos libros suyos: "El gen egoísta" y "El relojero ciego". Sobre todo el primero. Sea como fuese, lo que me interesa en estos momentos es su faceta de pensador que no se ha circunscrito en sus acciones al mero ámbito de la ciencia. Ha sido uno de los principales promotores de la campaña atea en los autobuses de Londres, reproducida también en otras ciudades como Madrid y Barcelona. Ya saben: el conocido eslogan de "Probablemente Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida".

¿Merece la pena -insisto- un debate sobre la existencia de Dios a estas alturas? Quizá responda a esta pregunta la propia actitud de científicos como Dawkins. Personas que se declaran ateos fervientes. Ni siquiera agnósticos sino directamente ateos, sin caer en la cuenta de que si resulta imposible demostrar científicamente la existencia de Dios -incluso en una clase de matemáticas para escolares a las cuatro de la tarde-, también es imposible lo contrario: demostrar su inexistencia. Algo que deberían tener presentes quienes tan pomposamente se tocan con un birrete de doctor.

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