UN COMPONENTE de la identidad del canario es su acendrado catolicismo. Su amor a los santos tradicionales, al Cristo de La Laguna, a la Virgen de Candelaria, en Tenerife; a la de San Ginés, en Lanzarote; a la de Los Reyes, en El Hierro; a la del Pino, en Gran Canaria.
Es un catolicismo cercano al mito. Quizá al fanatismo, mezclado con el folclore propio de cada isla. Un catolicismo tocado de alegría bullanguera adobado con nuestra música tradicional, con las folías, isas y saltonas, que evocan al alma triturada, entre la alegría y la tristeza, donde se juntan las papas de la tierra con el gofio y la carne de cochino en adobo con el magnífico vino canario, cantado desde siempre por todos los que lo conocen, hoy con más de sesenta denominaciones de origen. Todo ello trae consigo esa amabilidad, nota característica de los hombres y mujeres nacidos en las Islas Canarias.
Todas las Islas tienen su advocación religiosa, y, por eso, son pueblos con capacidad de amar, son pueblos hacia el progreso, hacia su perfeccionamiento.
Y por nombrar algunos pueblos, empezaremos por Adeje, en Tenerife, con una Casa Fuerte, grande, de más de once mil varas, que aún tenía en 1820 viejos libros, archivos, cañones, armaduras. Nos lo dice un testigo de excepción, Sabino Berthelot.
Siempre mirando al mar el marchar de las galeras, de las fragatas, de los bergantines; las lágrimas en los ojos y los pañuelos en las manos.
Y por el mar. Los marqueses de Adeje, aquel señor tan principal Pedro Ponte entra en relaciones con la nación tradicionalmente enemiga de España, con Inglaterra, con el marino inglés Hawkins, y las barras de oro, la canela y la pimienta se cambian por el ron, el azúcar moreno, la melaza y los capotes de pelo de camello.
Todo fue, pero quedan ahí las ermitas, la iglesia de tea con altar barroco y los santos, recubiertos de tantas súplicas, de tanta petición.Quedan las bellezas del barranco del Infierno, de las playas de Troya, de La Caleta, de Callao Salvaje.
Otro pueblo, La Esperanza de mis amores, con un santuario, uno de los más modernizados (1966) -aunque data de 1550-, que es parroquia desde 1929 y que fue dedicado a la advocación de Ntra. Sra., representada por una imagen del siglo XVIII.
Está muy bien cantada por ese poeta excepcional que es Gutiérrez Albelo, de esta forma:
"Hoy enciendo, hoy enciendo en tu alabanza, / el verdor vegetal de tu incensario. / Hoy aspiro, Señor, en tu Rosario, / el perfume ideal de La Esperanza. / Y a su amparo mi fe crece y se afianza / mientras paso y repaso tu Rosario, / que el Rosario es la luz de La Esperanza".
Es el pulmón de la Isla, porque aquí se respira el aire limpio de la verdad, contemplando el juego del palo, con la manta sobre nuestros hombros, desterrando el frío de la mentira, del engaño y de la hipocresía.
La Esperanza es la belleza exultante, en sus montes, con los picachos al aire en los pinos como puntas de lanza a un cielo infinito. Y allí, el frondoso bosque, impresionante, de Las Raíces -testigo de tantas cosas-, que su sola contemplación hace que nuestro corazón lata con tantas fuerzas que parece que quisiera salírsenos del pecho y quedarse allí para siempre.
O Valverde de El Hierro, que se me antoja como una especie de obra de arte. Es como una suerte de irrealidad que se abre en nuestro contorno real. Un pueblo que ha dado tantos hijos ilustres como, por ejemplo, ese extraordinario historiador Dacio Darias, que ha paseado el nombre de la Isla por toda la redondez de la Tierra; o poetas como Gumersindo Padrón, con sus "Hojas caídas" que, hambrientos, vamos recogiendo para nuestro particular regocijo, para clamar extrañas inquietudes; o pintores como Marcos Padrón Machín o Matías Padrón, su discípulo, con una serie de cuadros religiosos que han llegado hasta nosotros transportándonos hasta lejanas latitudes; que ha dado una Miss España, o un periodista e investigador de la talla intelectual de mi admirado y desaparecido amigo José Padrón Machín. Es más que un pueblo, es casi una obra de arte.
Valverde es, geográficamente, un pequeño municipio -de unos diez mil habitantes-, que entre barrios y caseríos posee un total de veinte mil. Dista 134 kilómetros de Santa Cruz de Tenerife, es monstruoso y con mucha lava.
Hay cerca de treinta pueblos en la geografía nacional que llevan el nombre de Valverde, pero todos con un añadido, con un adjetivo, con alguna denominación que los identifica, pero, a secas, sólo Valverde es éste, al que ahora me refiero, enclavado en la isla de El Hierro.
Allí el herreño es profundamente religioso, enamorado de su iglesia matriz, con Arcipreztago en la Isla, dedicado a la advocación de Nuestra Señora de Los Reyes, adonde se acude para rendir pleitesía o para repasar sus cuitas.
Valverde es bello desde el mar hasta la cumbre. Sus costas, con la playa de La Caleta, y el Tamaduste, y sus cumbres, con las alturas coronadas por el Pico de Malpaso.
Y Guamasa de La Laguna, en Tenerife, la isla principal, que cuando el verano llega a su cenit, cuando la canícula alcanza su más alta expresión, cuando el descanso estival -días de agosto "alanceados por el sol", que dijera Ortega- parece dominarlo todo, los hombres y mujeres, los ancianos y los niños de Guamasa se alzan de la vacación y de la molicie para honrar a su celestial Patrona, Santa Rosa de Lima.
Entonces, La Cruz Chica y El Boquerón; Garimba y La Cordillera; Majano y La Cañada; El Ortigal y Padilla; La Caridad y Suertes Largas, se hacen camino de peregrinación, camino que los lleva juntos a la santa, al lado de quienes comparten cada día las alegrías y las tristezas; las esperanzas y las contrariedades de sus devotos.
Entonces, los guamaseros, haciendo un paréntesis en su diario y duro laborar, dejan los aperos de labranza y, después de honrar a Rosa, la flor de Lima, abren las puertas de sus casas y de sus corazones a todos cuantos acuden a su invitación, en su incomparable testimonio de alborozada hospitalidad, ofreciendo, fraternalmente, su pan de la amistad.
Y Candelaria, en Tenerife, tiene Santuario, también uno de los más antiguos de la Isla, que fue dedicado a la advocación de Nuestra Señora. Un pueblo este de Candelaria con ansias de esperanza. Y la esperanza es una luz encendida en el futuro.
Y Santa Cruz de Tenerife, y Valverde, y Arrecife de Lanzarote, Teguise, San Sebastián de La Gomera, todos, todos, con la llegada del verano, del que su más alta expresión es el mes de agosto, lleno de "días alanceados por el sol", repito, en la atinada frase de Ortega, se inicia una encadenada serie de fiestas populares en las hermosas ciudades y en los pintorescos pueblos de nuestras queridas Islas Canarias.
Desde las majestuosas romerías hasta las celebraciones más modestas, las Islas todas se engalanan haciéndose en ocasiones ocre y verde, costa y cumbre, monte y playa; poniendo de relieve sus más ancestrales tradiciones festeras, a modo de amorosa guirnalda en manos de sus hijos, para ofrecerlas a quienes peregrinan hasta uno de nuestros lugares para sumarse al regocijo y tener ocasión de constatar, una vez más, la hidalguía de quienes hacen de sus fiestas patronales la expresión de su señorío de bien.
Por eso, los labriegos abandonan sus aperos, los pescadores sus artes y los villanos sus oficios, para recibir y honrar, entre risas y ajijides, a quienes con ellos comparten el pan y la amistad; la alegría y el buen vino.
En mi dilatado y emocional recorrido por los caminos de las Islas, he podido comprobar el talante abierto y cordial de nuestras gentes, constante testimonio de entrega sin límites a la ardua -y, a la vez, enriquecedora- tarea del diario laboral, que cada año, durante unos pocos días, se convierten en los mejores y más entrañables pregoneros de sus fiestas.
De ellos, de su recia sencillez, hemos de aprender cómo es posible conjugar el duro trabajo de cada día con la generosa dedicación a sus visitantes, a quienes reciben con los brazos abiertos y el corazón a flor de piel, y les ofrecen amistad y amor.
Estas son las señas de identidad de los canarios de nuestras Islas. La religiosidad, la hidalguía, su cordialidad con el visitante. El trabajo, nimbuado de alegre diversión, y su singular gastronomía.
Otro componente de esa identidad podría ser la gastronomía singular de las siete islas del Archipiélago.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD