OCURRE a menudo con las reuniones de propietarios en los edificios de viviendas. Uno puede acudir a las convocatorias o quedarse en casa viendo la televisión. Una forma, qué duda cabe, de ahorrarse las quejas de los vecinos; las cuitas de uno, las ínfulas organizativas del otro que pretende arreglarle la vida a todo el mundo... Cosas así. Lo de quedarse siempre en casa, empero, posee su lado malo: el día que se nos presenta un problema cuya solución depende de cualquiera de esos vecinos, nos encontramos solos ante el peligro como Gary Cooper en la famosa película. Únicamente por esa egoísta previsión conviene ir, al menos de vez en cuando, a las reuniones de la comunidad de propietarios.
Huelga decir que un foro internacional, la ONU, la Unión Europea o cualquier organización de naciones que defienden intereses similares, es mucho más que una comunidad de propietarios o una asociación de vecinos. Pero lo es cuantitativamente; en el aspecto cualitativo, el funcionamiento resulta similar: una lonja de favores en la que impera el comercio en su más pura esencia, aunque los productos mercadeados sean bastante más importantes que una partida de fruta o de pescado fresco. A veces lo que se negocia es la muerte o la vida de miles de personas.
Siempre que se produce una víctima española en una guerra lejana como la de Afganistán surge la pregunta, un tanto demagógica -al menos planteada con demagogia-, acerca de lo que se nos ha perdido allí. Esencialmente nada. O casi nada. Lo mismo que no se le ha perdido nada al señor del segundo en la reunión semestral de propietarios. Lo malo es que España lleva demasiado tiempo sin que se le pierda nada en esos foros nacionales. Lo cual implica, como consecuencia de un mundo cada vez más planetario, que nos estamos perdiendo todo. Un día nos retienen a un avión en El Chad y es Sarkozy quien, en plan caballero andante, debe rescatarnos a las azafatas para dejarlas en Madrid con gesto magnánimo ante un Zapatero cariacontecido. Otro día tenemos un pequeño problema en la frontera de Melilla -tan pequeño que sólo ha tenido que intervenir el Rey- y la misma Francia de Sarkozy, al igual que el resto de la UE, nos dejan como al citado Cooper. Y estamos hablando de trivialidades. Ha habido en el pasado, y habrá de nuevo en el futuro, asuntos más serios en los que necesitamos la ayuda de nuestros vecinos occidentales. En definitiva, en el concierto internacional se está o no se está. Y si se está, hay que ir a donde van nuestros amigos. Un precio, eso lo saben hasta los adolescentes, de ineludible pago si uno no quiere quedarse fuera de la pandilla.
Cuestión distinta es la forma en que se está. Porque las formas sí son importantes. El otro día, apenas conocida la muerte de dos guardias civiles y un intérprete en Afganistán, le faltó a Rubalcaba tiempo para ponerse ante las cámaras y decir que se trataba de un atentado terrorista perfectamente organizado. Algo tan irrisorio como manifestar que un comando inglés de la Segunda Guerra Mundial asesinó a tres centinelas alemanes durante una operación nocturna, o viceversa. No hombre, no. Las víctimas causan el mismo dolor en los familiares que las pierden tanto si se producen durante un atentado en tiempo de paz, o son consecuencia de una acción armada durante una guerra; a otros efectos -a todos los demás efectos-, no. No es lo mismo que ETA asesine a dos guardias civiles, que un afgano, al parecer talibán infiltrado, dispare sobre dos agentes de la Benemérita en un país que lleva en guerra desde hace nueve años. Una guerra en la que han muerto más de 2.000 soldados de las tropas internacionales -casi medio millar sólo en 2010-, en la que Estados Unidos ya ha consumido más dinero que en toda la Segunda Guerra Mundial -España lleva gastados 1.550 millones de euros; un millón diario en 2009- y en la que se han dejado la vida 92 españoles. Si lo de Afganistán no es una guerra, hay que cambiar la definición de guerra en el diccionario. Es aquí donde empieza a torcerse la actitud del Gobierno español.
Carme Chacón, ministra de Defensa por si alguien todavía no lo sabe, le recuerda a Rajoy que fue Aznar quien envió las tropas a Afganistán. Cierto, pero, ¿por qué no las ha retirado el Gobierno socialista como hizo con las que estaban en Irak? Bueno, porque lo de Irak fue consecuencia de la foto de las Azores, y lo de Afganistán una resolución de la ONU. Nadie lo niega, pero los muertos son los mismos. Si en Irak hubiesen muerto 92 españoles y el PP siguiese gobernando, este país estaría ardiendo por los cuatro costados. Quién vería a los actores de la ceja circunfleja desmelenándose por esas calles. Sin embargo, como quien gobierna es Zapatero -el que les da dinero para que sigan produciendo películas que no ven ni las madres que los parieron-, los muertos al hoyo y los vivos al bollo. Esta es, en síntesis, el intríngulis doméstico de la política internacional española.
Dice Paulino Rivero que de los comicios catalanes dependerá que Zapatero adelante las elecciones generales o agote la legislatura. En cualquier caso, al Gobierno del talante le queda un año y medio en el poder. Tiempo suficiente para que vayan buscando ocupación tantos y tantos enchufados. Sin embargo, en un año y pico pueden dejar el país como un solar. Más de lo que ya está, claro, sobre todo en política internacional.
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