Nos acaba de ocurrir en una empresa próxima a nosotros y que, por lo tanto, conocemos bien. Llega el patrón, o el director, o el gerente, temprano, a su hora, habiendo desayunado en su casa. Quiere iniciar la tarea y he aquí los tres primeros tropiezos con que se encuentra desde que entra en su despacho y pregunta "¿está el señor tal?". "No ha llegado todavía". Y ya pasa media hora de su horario de entrada. "Pues ponme con el señor cual". "Ha salido a desayunar". "Entonces pásame con el que lo sustituye". "No hay nadie porque está de vacaciones". Y este jefe, o patrón, que no mencionamos, se pregunta ¿qué hago?, ¿por dónde sigo?
En fin, estos tres casos son para reflexionar. En España y en Canarias no se trabaja. Si no es por los de fuera que nos llegan con euros y con divisas, y si no fuera por los pocos que abren a su hora y atienden a los clientes que quieren aprovechar la primera hora de la mañana para resolver compras u otros asuntos, este país sería un caos. Lo repetimos: aquí, simplemente no se trabaja. El español y el canario actual -sin duda influenciado por el español que lo coloniza, pues los canarios son de naturaleza laboriosa- no pueden compararse, ni considerarse, europeos, yanquis o habitantes de cualquier país económicamente desarrollado pero, eso sí, quieren tener vacaciones en hoteles, viajes en aviones o trasatlánticos, asuetos en playas con los aditamentos propios de la Belle Epoque en la Riviera francesa y recoger en fotografías el recuerdo de su ocio. Un país que no trabaja está condenado a ser un país servil. Es decir, inferior y servidor de los que sí trabajan y tienen suficientes recursos generados para disponer de servidores.
Uno de los propósitos de los independentistas canarios, que son muchísimos unos y otros -los propósitos y los independentistas- es que, aunque estemos en el Atlántico, a escasos kilómetros de África y en cambio a 1.400 de la costa europea más próxima, es europeizar las Islas Canarias en cuanto se refiere al trabajo, porque el ejemplo español, y los acólitos de este mal ejemplo español, son pésimos. Eso sí, tenemos muchos maestros en comités de empresa y expertos en amenazar a los empresarios, en convocar huelgas por cualquier minucia, además de huelgas generales y también, para que no falte nada, en enarbolar banderitas, tocar pititos y atiborrarse en restaurantes de lujo cuando culminan la gloriosa labor de no trabajar. Todo eso lo quiere cambiar la independencia y lo cambiará.
El trabajo, ya lo decía un político de antes de la Guerra Civil española, ennoblece. Los que trabajan constituyen la verdadera aristocracia de cualquier país. Los que trabajan merecen el respeto y la admiración de cualquier familia. Esto que padece España en la actualidad, y también Canarias por ser el perrito que vigila España con una correa corta para que no se le vaya muy lejos, no es lo mejor ni será la norma cuando nuestro país sea un nuevo país; es decir, una nación y un Estado de trabajo y de derechos.
Volvemos a recordar la necesidad, ante la putrefacción que padecemos y nos destroza y repugna el olfato, y hasta el tacto, de que entren en la política nuevos políticos capaces de vertebrar una nueva política. Nos reiteramos a propósito para subrayar la importancia de estas palabras. Política que no sea la actual partitocracia de listas cerradas, sino otra sustentada en listas abiertas donde cada cual sepa los apoyos -o los rechazos- que obtiene del pueblo. Los partidos no pueden seguir siendo órganos parásitos para enchufar a los que militan en ellos, sino entidades que aporten ideas y, por supuesto, porque estamos hablando del trabajo, que aporten trabajo.
Canarias necesita partidos que obliguen a sus afiliados y simpatizantes a realizar trabajos con decencia, eficacia y calidad. No será preciso recordar lo que el aforismo viene diciendo desde hace siglos. El trabajo bien realizado, y justamente remunerado, es oro. Por trabajar, nadie va a enfermar ni a morir. Sí enferman y mueren aquellos que no trabajan voluntariamente, o aquellos que no trabajan porque su "Estado", su nación, los tiene al garete en el desempleo, como consecuencia de una maña política. Aunque hay quien dice que son estos desempleados los que más ganan, entre subvenciones y cáncamos. En fin, este país necesita una transformación. Necesita ser alemán o yanqui, japonés o chino, en el concepto laboral.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD