Criterios
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
LO ÚLTIMO:

DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

A Francia, igual que para ver el último tango

30/jul/10 07:41
Compartir
Edición impresa .

EL OTRO día me entretuve unos minutos viendo uno de esos documentales sobre animales que suelen emitir en los canales temáticos. Un chico y dos chicas visitaban un parque nacional africano. El guía, un europeo tan blanco como ellos, los había llevado hasta una zona donde cazan los leones de aquellos alrededores. La suerte los había acompañado y pudieron presenciar como cuatro leonas acorralaban a un leopardo adolescente que se estaba zampando un antílope en un territorio que no era el suyo. El felino se defendía panza arriba, literalmente, contra las cuatro fieras que lo atacaban. Las dos chicas empezaron a dar gritos de angustia. Casi de rodillas, le imploraban al guarda que hiciera algo para salvar al leopardo, pero éste se limitó a encogerse de hombros. Sobra decir que aunque hubiese querido intervenir, se lo impedía estrictamente el reglamento. Al final, para alivio de las dos urbanitas bobaliconas, el leopardo aprovechó un descuido de las leonas y logró escapar. Posiblemente otro día no tenga tanta suerte.

¿Qué diferencia hay entre el sacrificio de un animal a manos -mejor dicho, a las garras- de otro animal, o de un toro en una plaza frente a un torero? Aparentemente, mucha; en realidad, muy poca. Las posibilidades que tiene el toro de matar a su matador son tan exiguas como las de un leopardo ante cuatro vengativas leonas, con la circunstancia agravante de que incluso en el caso de que consiga cornear fatalmente al diestro, inmediatamente salta al ruedo el sustituto para rematar la faena.

Dicen los defensores de la fiesta nacional que el toro, además de tener esa opción de desquite postrero al alcance de sus pitones, ha disfrutado durante cuatro años de una vida placentera en el campo. Un argumento que encrespa todavía más a los detractores de las corridas. Los mismos individuos, miren ustedes por donde, que lamentan la pérdida de la cultura azteca pese a que este pueblo hacía lo mismo pero con seres humanos: engordaba y trataba como dioses durante un tiempo a los prisioneros de guerra, y luego los sacrificaba arrancándoles el corazón. Cosas de la historia, los aztecas -o los mexicas, que es su auténtico gentilicio- han sido considerados como seres dignos, mientras que quienes acabaron con sus sanguinarias costumbres cayeron en la categoría irredimible de los villanos. La vida siempre ha sido así.

En fin; el Parlamento de Canarias aprobó en 1991 la Ley de Protección de Animales. Una norma que prohibía los espectáculos sangrientos con animales. Entre ellos, las corridas de toros y las peleas de gallos. Las primeras nunca tuvieron demasiado arraigo en el Archipiélago. El veto a los gallos sentó bastante peor, aunque los aficionados se aguantaron y ya está. En Cataluña, en cambio, las corridas de toros comenzaron a celebrarse hace siglos y se siguen celebrando en la actualidad, al igual que ocurre en muchas ciudades del Sur de Francia. Entre ellas Toulouse, desde donde escribo estas líneas. Tendría gracia que los catalanes tuviesen que cruzar la frontera para disfrutar de los toros, tal y como lo hacían los españoles del franquismo para ver a Marlon Brando fornicando en su soporífero último tango. O bien viajar a Venezuela, Colombia, México, Ecuador o Perú, países donde la tauromaquia cuenta con numerosos seguidores. Qué disparate.

rpeytavi@estrelladigital.es

 Última hora:

 Últimas galerías:

PUBLICIDAD

Cargando...

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Portada > Criterios

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD

eldia.es Dirección web de la noticia: