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El protocolo de la cabeza cubierta

LUNES, 3 DE MAYO DE 2010 07:54
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Hasta donde sé, y cada día sé menos, el Estado español es aconfesional, así que no se entiende la presencia en los centros educativos públicos estatales de crucifijos, medias lunas o estrellas de David. Sólo está justificada la exposición de aquellos símbolos civiles que nos son comunes. Lo demás, desde el punto de vista del protocolo, puede argumentarse en la fuerza de la costumbre o en la tradición inveterada de los lugares, pero de ahí a hacer un debate público de un tema que roza los derechos constitucionales de algunas ciudadanas españolas hay un buen trecho.

Por tanto, y desde el punto más estricto del respeto a la Constitución española, no se puede discriminar por razones de credo a ningún ciudadano, ya que la norma reconoce la libertad para pertenecer y practicar la religión que nos parezca oportuna. Esto es algo que concierne a la privacidad del individuo, quien valorará la exhibición o no de signos externos o de prácticas rituales, sin que se le exija llevarlo en la clandestinidad, pues de ser así habría que prohibir el uso de las cruces, solideos, kipás y velos, que tan frecuentemente vemos en la actual sociedad española. Es un tema identitario, legítimo, y que las instancias públicas declaradas por la Carta Magna como aconfesionales y laicas tienen que proteger para garantizar nuestro Estado de derecho. Por tanto, la prohibición del velo, como ha sucedido recientemente en un centro de enseñanza de titularidad pública, en Madrid, no se puede enmascarar en cuestiones legales y mucho menos protocolarias, porque, respecto a las féminas, no existen límites en el protocolo: es simplemente la prohibición de un rasgo que identifica a un credo religioso, un tema que además no admite discusión, pues se hace uso del mismo derecho del que se valen las monjas para ir tocadas a la universidad.

Para los partidarios de esta moderna inquisición y para aquellos que le hacen los coros desde diversos foros, recordarles que el Concilio Vaticano II vetó la entrada de las mujeres católicas sin velo en las iglesias, pero en la calle, en nuestra cultura, nunca que sepa se ha prohibido llevar la cabeza cubierta, teniendo el carácter de obligatorio por uniformidad el caso de las Fuerzas Armadas y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado; por cuestiones sanitarias, en quirófanos, cocinas, fábricas y laboratorios, y por imposición, en las órdenes religiosas. Así que no creo que se deba someter a debate nacional el tema del uso o no de esta prenda, pues hace siglos que no hay leyes suntuarias, que no se regla el uso de la ropa, con la salvedad de lo expuesto y las normas de decoro y etiqueta que marca el protocolo, el cual permite a la mujer estar cubierta en una mesa, bajo techo, dejando el resto en manos de la moda.

Soy de educación católica, y todo el revuelo que hay formado en torno a esta iglesia no me gusta, pero de aquí a censurar la libertad individual de la mujer musulmana hay un abismo. Entiendo que el velo no tiene el mismo significado que un crucifijo en el aula o en un juzgado, por ejemplo. Allá cada cual con su derecho a mostrarse como cree que es, con velo o sin él; llevándolo como muestra de sumisión o como un valor reivindicativo de su identidad. ¿Imaginan la que se liaría si se negara la entrada al instituto a una chica que no llevara sujetador o a un estudiante que tuviera el pelo largo? En los tiempos que corren no se les debe discriminar por ello, sobre todo cuando presumimos de país avanzado y de fronteras abiertas, pero lo que no se debe permitir es que por exigencias de un credo se dejen de respetar las normas aprobadas y vigentes en un determinado centro educativo. Otra cuestión es si estas normas se ajustan o no a derecho. Para ello hay otras instancias y no todos podemos ser legisladores.

Por su parte, el inmigrante que adquiere carta de nacionalidad, asumiendo unas obligaciones y exigiendo los mismos derechos que cualquier español de cuna, debe respetar las pautas sociales no escritas, las marcadas por la fuerza de la costumbre, sin convertirse en objeto de controversias, manteniendo en su casa y en su intimidad aquellas prácticas que traen de sus países de origen, a fin de mantener la ansiada paz social. No se puede permitir que, amparándose en los derechos constitucionales y en la libertad individual, hagan una cruzada contra la modernidad de Occidente, contra la normalización democrática y contra las desigualdades de género.

* Titulada universitaria en Relaciones Institucionales y Protocolo

 

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