MURIÓ D. Miguel Delibes Setién. Él ya lo sabía, lo inmortal es lo que dejó y perdurará por siempre, la novela concreta es la única del autor que tuve la ocasión de leer hace tiempo y está tan escrita en tercera persona que a alguien podría parecerle con una prosa simple y vulgar, más al contrario la excelente mimetización se llena de un magnifico lenguaje apuntando a la misión de definir el conjunto de hechos y actores que configuran el limitado universo sentimental de uno de ellos, dentro de las precarias condiciones de vida de una familia de campesinos extremeños, aplastada por la miseria y el yugo que imponían los señores. En medio de ese entorno de humillación e injusticia, se impone una figura, deficiente mental de 61 años, obsesionado con la cría de una pequeña grajilla, su "milana bonita", a la que mata con su escopeta el señorito Iván, provocando como consecuencia el brutal desenlace final. Con lo cual lo de "santos inocentes". ? y, finalmente, se posó sobre el hombro derecho del Azarías y empezó a picotearle insistentemente el cogote blanco como si le despiojara y Azarías sonreía, sin moverse, volviendo ligeramente la cabeza hacia ella y musitando como una plegaria, milana bonita, milana bonita...
Y como todas las grandes obras o creaciones, su validez universal puede abarcar a otras tantas realidades sucedidas y que perfectamente pueden verse reflejadas en las dinámicas y comportamientos humanos que se plasman.
Podría ser la historia de los campesinos o cabreros guanches en los siglos XV y XVI. Ahí estuvo el pecado, se salía de la persecución y expulsión de los judíos, llegándose a la persecución y expulsión de los moriscos, con la Santa Inquisición a Dios rogando y con el mazo dando en la unificación en una sola dirección del pensamiento europeo y cristiano. "Santos inocentes", a pesar del sentido evangelizador de la Conquista, igual que sucedió en América. Muchos de los aborígenes fueron condenados a la esclavitud y vendidos en los mercados peninsulares. Incluso bastantes de los que agacharon la cabeza por su iniciativa, sin haber tomado parte en la lucha, fueron desterrados.
Con los nuevos señores, en una buena proporción hidalgos, que llegaban a las islas imponiendo de plano lo que era pura intransigencia con una cultura recién descalabrada por las armas. A pesar de las llamadas de la propia Isabel la Católica y de algunos hombres buenos orientadas a la protección de los indígenas, atendiendo, por ejemplo, a "La política indigenista de Isabel la Católica", de D. Antonio Rumeu de Armas, se observa que "los abusos y tropelías que se cometieron contra los indígenas de las Islas Canarias fueron infinitos en número y crueldad, a espaldas de la acción tutelar de la Corona y violando las rígidas normas de conducta decretadas por los Reyes Católicos para estimular la convivencia y alentar la conversión".
Nombres como Fernán Peraza, señor de La Gomera, Pedro de Vera, conquistador de Canaria, y Alonso de Lugo, conquistador de La Palma y Tenerife, marcaron para siempre con letras rojas el libro de la historia.
Así, en la isla de Tenerife, vivía un gran número de indígenas alzados, grupo formado por los habitantes de los bandos de guerra huidos y por los esclavos fugitivos. Los alzados se habían retirado a las montañas y vivían en régimen de libertad, valiéndose de su mayor agilidad y mejor conocimiento del terreno.
Contra ellos fue decretada una especie de segunda conquista "Los acuerdos del Cabildo aludirán durante muchos años a ellos con machacona insistencia. Así, las medidas tomadas por el Cabildo de Tenerife en el año 1500 contra los alzados nos revelan el temor a una deserción en masa. Los castigos con que se les amenaza son sumamente graves: pena de muerte para el esclavo guanche fugitivo, y expulsión con azotes para las mujeres". Pero, a pesar de estas medidas, la solidaridad entre los guanches fue épica. De hecho, el problema de los alzados no tuvo nunca solución, más que la integración progresiva, porque se acogían a la protección de los indígenas de «los reinos de paces» (Anaga, Abona, Adeje y Güímar) al primer asomo de peligro, que les ofrecían apoyo y cobijo. Para ello, los guanches de los reinos de paces llegaban a robar el ganado a los castellanos, y, con el producto de la venta, mantenían a los parientes y amigos esclavos, santos inocentes.
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