EL MISMO día que se cumplían cien años de la promulgación del Real Decreto que permitió el acceso de las mujeres a la enseñanza superior, una profesora de la Universidad de La Laguna comentó ese hecho justo antes de comenzar su clase habitual en determinada facultad. En ese momento había en el aula trece alumnas, cinco alumnos y la propia profesora. Me sorprendieron dos cosas. La primera, el nulo interés mostrado por los discentes ante el comentario de la docente. Como si les hubiera mencionado que la tarde anterior estuvo lloviendo. La segunda, la circunstancia de que más de dos tercios de quienes asistían a clase fuesen mujeres. Y estoy hablando de una Facultad hoy muy poblada por chicas, como ocurre con la inmensa mayoría, pero antes -y ese antes aconteció no hace mucho tiempo- más bien feudo de varones. Sin pretensión de entrar en estadísticas caseras, el porcentaje de uno y otro sexo en aquella aula no es la excepción, sino la norma; no sólo la norma en La Laguna, sino en cualquier universidad española.
La realidad de que a muchos alumnos actuales les traiga sin cuidado todo aquello que no sea coger apuntes sobre la materia que entra en el examen merece un folio aparte. De hecho, le he dedicado numerosos folios al asunto en varias ocasiones. Supongo que alguien deberá ocuparse algún día de un asunto tan preocupante, yo diría que muy preocupante, como es la pérdida de interés de los estudiantes por todo conocimiento que no cuente de forma directa para licenciarse cuanto antes y encontrar un trabajo bien pagado. Lo malo es que la línea recta puede ser el camino más corto entre dos puntos -dependiendo de la superficie geométrica y de la propia geometría que consideremos, claro- pero no siempre es el camino más rápido. No hace falta decir que el mercado laboral, y de forma especial el que requieren los titulados superiores, precisa personas con algo más que los desnudos conocimientos exigidos para una licenciatura universitaria.
Un yerro, miren por donde, que no se solucionará con la propuesta de esa "genia" de la política llamada Bibiana Aído; la ministra de Igualdad o, según la díscola Esperanza Aguirre, de "igual-da". Podría analizar la patética ocurrencia de la no menos patética ministra para que el feminismo sea una asignatura troncal en la Universidad española. Para los no iniciados, una asignatura troncal significa que se imparte de forma obligatoria en todas las facultades. No sé si también las facultades de Matemáticas, Física o Informática, amén de otros centros dedicados a los estudios técnicos, o sólo en las de Medicina, Farmacia, escuelas de Enfermería y otros derivados. Podía analizar tal memez, desde luego que sí, pero paso porque hoy no estoy de humor para soplapolleces. Sí diré, en cambio, que la propuesta de doña Bibiana no es baladí; al menos no resulta superflua en el tiempo. La parida, nunca mejor dicho, llega a tiempo de soslayar un poco, cuando menos un poco, el cabreo nacional respecto a la subida del IVA. Por cierto, compadezco a la señora Oramas y al señor Perestelo por lo que están soportando en los pasillos del Congreso. A lo peor no calibraron bien el coste político que le va a suponer a CC el insensato apoyo que le han regalado, una vez más, a Zapatero.
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