Doña Ana Oramas: aunque usted dice que la insultamos -un extremo que no ha podido demostrar-, permítanos aconsejarle que deje Madrid y vuelva a su tierra. Usted está haciendo el ridículo en el Congreso de los Diputados, señora Oramas. Nos recuerda el personaje de la conocida película "Cocodrilo Dundee II", protagonizada con Paul Hogan en el papel de Mick Dundee: un individuo llegado a Nueva York procedente de Australia -una ex colonia británica- que se pierde en la ciudad de los rascacielos porque Manhattan le queda demasiado grande. Lo mismo le ocurre a usted con Madrid, señora Oramas. La capital de la Metrópoli le queda muy grande. Quiere hacerse pasar por española, de la misma forma que Dundee quería ser neoyorquino, pero sólo consigue ponerse en ridículo porque no es española sino canaria. Una ciudadana de un país sin estado y, por lo tanto, una persona sin identidad nacional. Una nativa colonizada o, lo que es peor -y no es la primera vez que se lo decimos a usted y a otros amantes de la españolidad de estas Islas- una europea ultraperiférica.
Nos dio vergüenza leer los comentarios que se hacían ayer sobre usted, sobre su compañero de escaño y, de forma general, sobre su formación política en la prensa nacional. Ustedes han perjudicado a los españoles sin perjudicar a los canarios, ya que en este Archipiélago, a Dios gracias, Zapatero no puede subir el IVA -el equivalente IGIC- a pesar de tenernos colonizados. Sin embargo, aunque no nos haya perjudicado, nos ha dejado en ridículo. Qué ocasión perdida, doña Ana. Se lo decíamos en nuestro comentario de ayer y se lo repetimos hoy: usted no está en Madrid para discutir subidas de impuestos que sólo atañen a los peninsulares, sino para pedir la libertad de su pueblo. Qué distinto hubiese sido si, en mitad del debate, con todos los medios de comunicación del país pendiente de lo que ocurría en el Hemiciclo, hubiese alzado la voz para decirle a Zapatero, a su Gobierno y a los demás diputados que allá todos ellos con su IVA, sus impuestos y sus promesas a Canarias sistemáticamente incumplidas, porque a los isleños -es decir, a su pueblo, doña Ana- solamente le incumbe recuperar una libertad arrebatada por la fuerza -y con genocidio- hace casi seiscientos años. En ese caso, doña Ana, seguro que los comentaristas políticos de Madrid no hubieran escrito las demoledoras opiniones que han vertido sobre la formación en la que milita usted: "En cuanto a CC, se trata de uno de esos partidos nacionalistas marginales que viven de la trampa y el chantaje", sentenciaba el miércoles José María Carrascal en ABC. ¿No les da vergüenza, señora Oramas y señor Perestelo? Por cierto, ¿también la está insultando este columnista, y con él todos los demás, al manifestar lo que piensan, o simplemente están realizando una crítica necesaria dentro de todo sistema democrático? Qué pronto se están volviendo contra usted sus propias palabras, doña Ana.
No sabemos si esto que ha ocurrido les servirá a los dos para reflexionar, pues del "otro" no esperamos nada -al menos nos consuela saber que donde está no puede hacerle ningún daño a Canarias-, o si seguirán siendo la comparsa de la Carrera de San Jerónimo. Allá ustedes. En cualquier caso, para seguir haciendo el ridículo es mejor que regresen a su tierra. ¿No se han dado cuenta todavía de que los peninsulares se ríen de ustedes cada vez que dicen que son españoles y pretenden jugar a la política pura con los españoles? No se carcajean en su cara, señora Oramas, pero sí lo hacen por detrás porque ambos se han convertido en el hazmerreír del Congreso de los Diputados.
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