El Parque S. Francisco, una vergüenza para el Puerto de la Cruz
Los que, por nuestra edad, podemos hacer ya un poco de historia, pues hemos asistido a muchos acontecimientos en nuestro pueblo, coincidimos en afirmar que el estado del Parque S. Francisco es de pena, una auténtica vergüenza para los que vivimos aquí y para los que nos visitan. Pero esta situación no es de hoy, por eso lo de hacer historia. Esto va de muy largo.
Han pasado corporaciones y corporaciones por el ayuntamiento y, por lo visto, a nadie le interesa ver el estado lamentable de este edificio. Se encuentra en pleno centro de la ciudad, y de estar presentable se le podría sacar un gran partido en toda clase de espectáculos, congresos, convencciones..., pero no, se mantiene como si fuera un almacén antiguo. Quisiera que alguien me diera una explicación de este estado de cosas.
Se ha gastado, y parece ser que se seguirá gastando, dinero en reformas de la plaza del Charco, gasto a todas luces innecesario; primero, porque no tiene necesidad de cambiar otra vez de aspecto; y segundo, porque cada reforma que hacen a la plaza la dejan peor de lo que estaba. ¿Por qué ese dinero no se lo gastan en arreglar el Parque S. Francisco, que sí lo necesita? Queremos un edificio, en su interior, que esté a la altura de los tiempos que vivimos, acogedor y funcional. No hace falta para nada caer en el otro extremo de gastar dinero en lujos. Parece que también hay hermanos pobres y ricos a la hora de atender las obras municipales.
Señores ediles del Puerto de la Cruz, ya es hora de que acometan esta obra y le den al municipio el teatro que se merece.
Juan Rosales Jurado
Vida cultural en el metro
Llovía intensamente. Vientos huracanados batían aquellas islas paradisíacas que hace millones de años habían surgido de las profundidades del océano. El pequeño planeta Tierra -como el resto del Cosmos- se sigue transformando desde la noche de los tiempos, que los expertos cifran en unos cinco mil millones de años. En este inmenso periodo nuestro conocimiento actual desconoce la mayor parte de lo sucedido. Otros elementos en sus formas más primigenias fueron, posiblemente, nuestros primeros colonizadores. Cientos de millones de años después algunos se convirtieron en gigantescos reptiles, los dinosaurios, que como tales desaparecieron hasta transformarse en las aves que hoy podemos contemplar. Y que el conocido y pesado hipopótamo esté emparentado con las ballenas, que eligieron el medio marino por su excesivo volumen. No es de extrañar que a la modesta sepia se la considere -por su volumen cerebral e inteligencia- el alienígena que encontró en el océano su hábitat ideal. Su inquisitiva mirada parece querer transmitirnos algo.
Una jovencita agraciada con una pamela observaba con asombro lo expuesto en la moderna estación del Metro de Madrid, salida a Vía Carpetana. Se trataba de un museo allí instalado con las pinturas de los distintos animales prehistóricos cuyos restos se encontraron por miles durante las excavaciones para su construcción. Otro joven hojeaba un libro de lectura gratuita sobre la isla de Tenerife que había conseguido en la red de librerías del metropolitano; que con sus ya 300 kilómetros de extensión precisa de estas curiosidades culturales. Y la vida continuaba bajo tierra para casi tres millones de viajeros diarios.
José Luis Montesinos Sánchez-Real
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