EN ESTE OFICIO nuestro, las gratitudes, los halagos y las compensaciones, por lo menos afectuosas, de quienes reciben, digamos, un favor de nosotros en forma de benefactora gestión, están ausentes. Tampoco los esperamos ni los echamos de menos. Vamos a lo nuestro que, a menudo, es lo de todos, y nos interesa sólo lograr nuestros objetivos, que son muchos y diversos en quienes tenemos el deber de informar y de velar por que la cosa pública, o la privada que nos atañe, se desarrolle en un marco justo y apropiado a las necesidades, los deberes y las normas que señalan las leyes.
Este preludio viene a cuento porque, unos meses atrás, no muchos, critiqué, quizás con algo de dureza y de indignación, el hecho de que, por parte de los responsables que, en este caso, eran el Conservatorio de Música y Declamación de Santa Cruz de Tenerife y la Consejería de Cultura del Gobierno de Canarias, principalmente, no se hubiera dado cuenta públicamente de la participación de un grupo de elite de alumnos en un concierto sinfónico, de fama mundial que, periódicamente, se desarrolla en una ciudad alemana y que convoca a alumnos aventajados de los mejores centros de enseñanza musical de todos los países y constituye un verdadero acontecimiento. En el comentario a que me refiero, destaqué el mérito de los alumnos de nuestro Conservatorio, al ser elegidos para esa participación en el concierto que pude ver y escuchar en un vídeo que trajeron de Alemania dos de ellos, que son sobrinos de mi mujer. Se trata de una joven pianista, quien, además, actuó en el concierto como solista de piano, y de un joven estudiante de violín.
Estoy seguro de que si esos alumnos pertenecieran al Conservatorio de Las Palmas hubieran salido en noticiarios de mañana, tarde y noche de la "Autonómica" y de toda la tele canariona y hasta de la peninsular diciendo, desde luego, que los alumnos son de Las Palmas. Y aquí dudo que se haya enterado el mismo conserje del Conservatorio.
La injusticia con esos alumnos, que ostentaron brillantemente la representación de Tenerife y de nuestro Conservatorio, está cometida y no se pueda dar marcha atrás informando ahora, a manera de rectificación y de consolación de esos alumnos de brillante trayectoria. Sí sería un gesto de honradez y de simple vergüenza, que Conservatorio y Consejería de Cultura entonaran el "mea culpa" y pidieran perdón a los alumnos por la inexplicable y censurable desatención de ambos organismos para con ellos. Eso no es forma de estimular y atraer a nuevos jóvenes que sigan el ejemplo de aquellos a los que, insisto, se les debe pedir perdón.
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