EXISTE una preocupación generalizada, al menos en determinados foros y ámbitos internacionales -tales como el Foro Económico Mundial o el propio Fondo Monetario Internacional-, donde se habla abiertamente del peligro que representa la posibilidad de que, tras una recesión económica como la actual, pueda darse una recesión humana; al menos, en el sentido de que el incuestionable drama de los parados que, posiblemente no volverán a trabajar en años, pueda ocasionar un desorden social que ataña a la propia estabilidad de algunos gobiernos democráticos. Si este caso se diera en uno de los países de la Unión Europea -y Grecia está a un paso de ello-, la unión monetaria no tardaría en irse al traste y, seguramente, detrás podría venir la desilusión política de una Europa que lleva demasiado tiempo ensimismada, mirándose el ombligo.
Con respecto a España, nuestro país está siendo objeto de un seguimiento internacional exhaustivo y, a la vez brutal, porque, sencillamente, no se fían de nosotros. Bueno, en realidad supongo que de lo que no se fían es de un gobierno socialista que está más interesado en llevar a cabo cambios ideológicos y políticas sociales trasnochadas, procedentes de un socialismo real, que allí donde se ha puesto en práctica sólo han traído la miseria y la ruina, que de habilitar medidas prácticas, imaginativas y arriesgadas, pero necesarias y, sobre todo, no intervencionistas. En resumidas cuentas, un plan de ajuste que sea creíble, pero que este Gobierno no está dispuesto a llevar a cabo; entre otras razones, porque su estabilidad política depende de ciertas minorías nacionalistas que se aferran como garrapatas a un entramado territorial descentralizado que se ha convertido en verdadero reino de taifas, cuyos presupuestos, aprobados de forma irresponsable en sus respectivos parlamentos, desafía toda lógica económica y, sobre todo, presupuestaria.
Claro está que si este Gobierno sigue manteniendo nuestra frágil economía caminando por un alambre al que no se le ve el final es, básicamente, porque, aparte de los nacionalismos, le apoyan, incondicional e interesadamente, la inmensa mayoría de los medios de comunicación -especialmente a través de concesiones administrativas y favores políticos-, la banca -mediante ayudas a fondo perdido y algún que otro expediente judicial olvidado durante el tiempo necesario para que terminen prescribiendo-, los sindicatos -a base de subvenciones y más subvenciones-, la gran patronal -más atenta a solucionar sus propios problemas que en resolver los de los demás-, los titiriteros progres de la ceja -mediante prerrogativas, enchufismos y, por supuesto, subvenciones y más subvenciones-, así como una buena parte de una masa social que sigue anclada en el pasado más rancio y que prefiere comer un mendrugo de pan y dormir al raso, antes que le devuelva la dignidad una derechona que sólo piensa en guerras injustas e ilegales; cuando lo coherente, razonable y, sobre todo, democrático sería que se llevaran a cabo, cada cierto tiempo electoral, los pertinentes relevos de personas, políticas e intenciones.
Pero, al parecer, nos gusta ser un país grotesco, yo diría que casi ingobernable, un país al que le da igual, que le da lo mismo, el hecho de que su reputación ande por los suelos y que sea el instrumento jocoso de gorilas rojos envalentonados por una política exterior errática disfrazada de un buenismo pacifista que no convence a nadie, y que, curiosamente, se está dejando por el camino en una "no guerra" declarada cientos de compatriotas muertos, al mismo tiempo que permite que sus gobernantes se hayan permitido el lujo de confundir la ideología con la política y, al mismo tiempo, con el partido, en un totum revolutum que les ha conducido a creerse que ellos tienen la clave de la verdadera salvación.
El Gobierno insiste en que la recuperación económica está en marcha, y más les vale que sea cierto si quieren de veras ahuyentar el desasosiego y la desesperanza colectiva de una buena parte de los españoles que entienden que, igual que se ayudó a la banca con el dinero de todos y que encima presume al presentar las cuentas de resultados de unos beneficios que no se esperaba, ahora es momento de evitar que tras esa recuperación estadística se pueda producir una recesión humana. Sería terrible para todos, pero la realidad es la que es, porque ya estamos ante potenciales desajustes económicos que nos están conduciendo a no pocos e indeseados estallidos sociales.
Necesitamos, pues, que nos devuelvan la confianza, no sólo en las instituciones, en las empresas y en la propia banca, sino en nosotros mismos. Necesitamos el mismo dinamismo político del que disfrutábamos la década pasada para, al menos, detener la injusta e insolidaria sangría del desempleo que nos está ahogando personal y colectivamente. Si los actuales gobernantes no son capaces de hacerlo, que dejen paso a quienes estén dispuestos a afrontar el reto de devolvernos la dignidad como españoles y, sobre todo, como personas.
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