TODOS los fundadores de institutos religiosos, frente a unas circunstancias ocasionales, han sido hombres designados por Dios para descubrir en ellos manifestaciones nuevas de la vida de la Iglesia; manifestaciones que han sido válidas para siempre y aptas para enriquecer en adelante la existencia y obras de la vida cristiana. Pero en el caso de S. Juan de Dios, el Señor le eligió para descubrir, en él mismo, manifestaciones tan progresivas y permanentemente válidas y nuevas que ni las civilizaciones más avanzadas de los tiempos y de los pueblos han podido disminuir ni anular.
Este fundador de la Orden Hospitalaria, si por una parte cruza con su vida todos los niveles sociales de su época, por otra, fija su atención y entrega en remediar necesidades materiales y morales que habrían de existir siempre en la humanidad. Puestos a precisar históricamente, tendríamos que destacar la misma afirmación y responsabilidad apostólica de la Iglesia en el Vaticano II: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (?.) la Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia". ("Gaudium et spes", Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 1).
S. Juan de Dios, como fiel discípulo de Cristo, vivía ya esta doctrina conciliar que la Iglesia pone en nuestro tiempo y a nuestra consideración. Por eso "nada había" para nuestro santo "verdaderamente humano" que no encontrara eco en su corazón: entre los enfermos y pobres que le pedían remedio material y moral en sus necesidades; entre las personas pudientes a quienes recurría en busca de los medios necesarios para aliviar tantas necesidades humanas con que se encontraba todos los días; entre las personas sanas, que malgastaban su vida y sus bienes en pasatiempos y caprichos y para hacer el mal, comprometiendo hasta sus propias vidas; entre los jóvenes que deseaban y necesitaban orientación en su vida para hacer el bien o dedicarse totalmente, como él, a esta misión esperanzadora.
Así fue S. Juan de Dios. Fue el "pobre de Dios", que vivió, desde su conversión, con toda intensidad la renovación permanente del "Dios de los pobres", buscando al ser humano necesitado en todos los niveles y situaciones sociales, sin tregua alguna de descanso. Venerar la memoria de este santo -el próximo día 8 de este mes es su fiesta- cuyo camino como acción no tiene límites y cuyo compromiso de vida alcanza a todas las personas para hacer el bien.
Hoy, su instituto, la Orden Hospitalaria, trabaja en este bien en la asistencia a enfermos mentales, somáticos, disminuidos psíquicos y sensoriales; en la rehabilitación física, escolar y profesional, en ambulatorios y hospitales en tierras de misión, ancianos, enfermos incurables, refugios nocturnos y en la promoción vocacional y formación de sus religiosos.
Para estar presente en medio de los seres humanos comprendidos en esta parte de la Humanidad, Dios sigue llamando. La respuesta es nuestra, amigos lectores, con nuestra vida consagrada a esta misión o con nuestro apoyo social y económico. No perdamos la oportunidad de participar, en uno u otro campo, que también se nos ofrece a nosotros.
* Capellán de la clínica S. Juan de Dios
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