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VÍCTOR RAMÍREZ

Incapacidad para la libertad de expresión

9/feb/10 07:37
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AUNQUE parezca mentira, toda esta reflexión surgiría tras haber dicho Miranda que leyó una manifestación del francés -ya fallecido hace bastantes años y que influyó mucho en mi primitiva vocación literaria- François Mauriac: "Es difícil reducir al silencio a un escritor; ni una fuerza sobrenatural lo conseguiría; ni siquiera Dios le reduciría al silencio; lo he escrito en Dieu et Mammon".

Aclaró Miranda que esto podría leerse en la página 143 de un libro editado en 1975 por Caralt y titulado "Los escritores frente al poder".

En cambio al apodado Pancho le hizo mucha gracia esa manifestación del francés, a la que en principio calificó de patujada burguesa; aunque luego medio rectificó para decir: "Acaso se refiera Mauriac a un escritor como él, que podía publicar en periódico o revista o libro porque pertenecía socialmente a una parte del sistema que tenía los poderes y así utilizarse mutuamente, porque pertenecía a una patria soberana y no implacablemente sometida. De este modo, y además siendo muy católico Mauriac, no había que temer ni a Dios. A fin de cuentas, Éste no pasa de ser un eficiente instrumento de poder en manos de hombres concretos, muy concretos. En nuestra patria -por contra- no sólo no hace falta Dios, ni mucho menos mandatos o prohibiciones directamente de cualquiera de los tantísimos poderes represores que desde siempre hemos soportado.

"No, no hacen falta los mandatos expresos, las prohibiciones explícitas, no; sino se basta el propio escritor para guardar silencio o -peor incluso- escribir auténticas naderías, puras evasiones estilizadas con incluso aires de profundidad intelectual: lo que acaba siendo peor, por lo pudridor, que el mismo silencio, que el mismo abandono de la escritura".

Yo antes había recordado que por 1991 decidí dejar de escribir, tras la edición de "Arena Rubia y otros relatos". Lo decidiría porque era angustioso escribir para nadie, para sufrir luego las ansias de publicar y simplemente no poder. Por fortuna surgió la milagrosa oportunidad de retomar las páginas de Cartel de las Letras y de las Artes y, posteriormente, la de expresarme en artículos -yo, quien desde hacía muchos años estaba convencido de que jamás publicaría en un periódico de mi tierra porque mis opiniones no tenían nada que ver, sino todo lo contrario, con las impuestas por el poderío metropolitano a través de sus esbirros de toda calaña-.

Y acabamos los contertulios tratando el asunto de la libertad de expresión, ya que escritores cubanos, exiliados principalmente, utilizan la prensa editada aquí para hacer cantos a esa libertad y, de paso, sumarse al coro de atacantes a la revolución intencionadamente mal llamada castrista. Y se trataría ese asunto tras haberme El Cobra escuchado cantar una isa en el programa "El rincón de la cantina" el pasado viernes, programa que realizamos en Radio Guiniguada a partir de las siete. En esa isa, no respetando yo la copla de cuatro versos repetidos, sino aprovechando los ocho -sin repetir ninguno-, canté: "España siempre ha tenido / de rodillas a mi Patria, / robando nuestras riquezas/ y abusando de sus armas. / Por eso quiero gritarles / mi gran amor a Canarias / y todas mis maldiciones/ a la madrastra arbitraria".

Es buena cosa esta, la de aprovechar canciones folclóricas supuestamente inocuas para lanzar el manifiesto político, dijo, con semblante complacido, el simpático Cobra.

Entonces apuntaría Miranda: he pensado más de una vez que no se suele tener en cuenta lo de la capacidad para la expresión cuando hablamos de "libertad de expresión". Pienso que difícilmente se puede practicar la libertad de expresión -aunque aquí en la colonia esa libertad se limite casi exclusivamente a la libertad de aceptar caer en la trampa de la implacable represión española, siempre atenta a aprovechar la primera ocasión para ejecutarse implacable- cuando se está incapacitado para expresarse.

Porque, si nos fijamos bien, el problema entre los canarios no está en si existe o no existe libertad de expresión, sino en cuál es nuestra capacidad para saber y podernos expresar. Al canario normal, a casi el cien por cien de los canarios, se le va incapacitando para la expresión libertaria desde la misma cuna.

Suele ser el miedo el primer elemento incapacitador: miedo al castigo paterno o escolar, miedo a no conseguir trabajo o a perderlo, miedo a que se te embargue lo poquito que has conseguido en propiedad, miedo a que se te meta en la cárcel o se te maltrate si muestras una poca de rebeldía social o insumisión política, miedo a que perjudiquen a tus hijos y allegados esas muestras de rebeldía o insumisión, miedo a provocar disgustos o rechazo entre los familiares y allegados tuyos -que se alinean contra ti por tus manifestaciones rebeldes e incomprensibles para espíritus corrompidos por la aceptación histórica del sorroballamiento como naturaleza moral-, miedo a que se te ningunee o se te difame si te dedicas al arte o a la literatura o a la ciencia u otras actividades de cierta relevancia social, miedo a que se te margine o se te impida ascensos profesionales en tu lugar de trabajo, miedo, siempre miedo.

18-junio-1997

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