ESTE PERIÓDICO ofreció el pasado domingo la noticia protagonizada por cuatro agentes de la Policía Judicial, francos de servicio, que habían pedido permiso a sus superiores para ponerse el uniforme y ayudar a los ciudadanos en los momentos de la tormenta tropical que cayó sobre Tenerife.
Cuatro agentes que no dudaron en jugarse sus vidas para salvar la de una ciudadana, Milagros Ramos, que a punto estuvo de ahogarse dentro de su coche. La señora, además, es enferma de riñón, se está dializando y corrió peligro de morir víctima de un elemento que ni siquiera puede probar: el agua. Paradojas de la vida.
Estos cuatro agentes son otros de los muchos miembros de bomberos, militares, protección civil y fuerzas de seguridad que colaboraron de una manera decidida con los ciudadanos para aliviar su tragedia.
Estos cuatro policías deben ser recompensados. Ellos dirán que sólo cumplieron con su deber, pero las medallas y las condecoraciones pensionadas están también para los que actúan en tiempos de paz, no sólo para los que mueren bajo las balas enemigas en esos países en los que España está presente con su ejército.
Los cuatro agentes, que pertenecen a la Comisaría de La Laguna, se las ingeniaron para rescatar a Milagros Ramos valiéndose de una manguera, a la que ataron a uno de ellos para llegar hasta el coche, ya casi cubierto por la riada, romper el cristal de una de las puertas de un puñetazo y sacar a la señora de su vehículo, salvándole la vida.
Un acto de indiscutible heroicidad y de notable riesgo para quienes lo protagonizaron. Estos cuatro policías nacionales merecen el respeto de la comunidad a la que sirven y tienen desde luego, el agradecimiento eterno de la víctima.
No fueron los únicos. Las imágenes de la televisión nos mostraron a varios bomberos que salvaron a una mujer, a la que incluso desnudó la riada, tal era la virulencia de la corriente. Pudieron rescatarla in extremis y un bombero fue literalmente arrancado de la cordada, sin que afortunadamente resultara con daños físicos estimables, siendo rescatado poco después.
No olvidamos al vecino que, valiéndose de su fuerza, abrió las puertas de un ascensor, en el que se encontraba una aterrorizada mujer, literalmente cubierta por el agua, que pedía socorro sin que nadie la oyera.
La desgracia tiene sus héroes, a los que hay que ponderar con afecto y con agradecimiento.
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