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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Un aviso todavía amable

4/feb/10 07:56
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YERRAN quienes relacionan los fenómenos meteorológicos extremos con la alteración de la atmósfera a escala planetaria. Los efectos del cambio climático todavía no son perceptibles. Las temperaturas extremas experimentadas durante los últimos años en varios lugares -también en Canarias-, las prolongadas sequías seguidas de inundaciones catastróficas, las nevadas más intensas de lo habitual, etcétera, todavía están dentro de las variaciones cíclicas. Asunto distinto es lo que va a suceder en el futuro, pienso que ya de forma irremediable. Quizá la naturaleza esté avisando de lo que nos espera, pues a la vuelta de unos pocos años -menos de los que piensan muchos- este tipo de calamidades irán perdiendo su carácter excepcional para convertirse en la norma. Los pronósticos apuntan a que el clima será más extremo en todos sus aspectos. Como señalaba, sequías más largas y más calurosas, lluvias más intensas, huracanes más devastadores y también más apartados de las áreas geográficas por las que han discurrido habitualmente hasta ahora... En definitiva, un sinfín de calamidades, incluida la subida del nivel de los océanos, suficientemente conocidas porque los medios de comunicación nos bombardean a diario con ellas. Los socavones en algunas calles y carreteras de Tenerife, el lodo hasta la cintura, los vehículos arrastrados e inservibles y todo lo demás son una imagen, todavía en miniatura -un aviso todavía amable-, de lo que nos aguarda. Insisto en ello porque no es una broma de mal gusto, sino una realidad en ciernes y a estas alturas casi ineludible. Fundamentalmente porque dudo que estemos a tiempo de parar.

Lo pongo en duda porque no se trata sólo de un asunto en manos de los gobernantes, sino de cada uno de nosotros. Y en el ámbito personal, huelga decirlo, no estamos haciendo nada. Hace unas semanas comentaba el caso de los numerosos camioneros que se paran por la mañana frente al primer bareto que encuentran a tomarse un "cortadito" de quince minutos, y dejan los motores en marcha. Una costumbre extendida no sólo a los malos camioneros -a los belillos del transporte, cabe precisar, tan distintos a los buenos y experimentados camioneros de antaño-, sino también al resto de la población. El domingo, cuando las calles y carreteras de Tenerife todavía estaban secas, observé a un señor que detuvo un monovolumen de mediano tamaño frente a una dulcería. Su señora esposa -cabe suponer que era su señora esposa, aunque eso da igual- entró en el local y no volvió a salir hasta unos veinte minutos después. Veinte minutos en el que el motor del monovolumen no dejó de contaminar acústica y químicamente. Estuve a punto de cruzar la calle y decirle algo a aquel cretino, pero desistí para evitar un más que probable altercado. Hoy nadie admite que nadie le diga nada. Poco antes había leído un artículo sobre los miles de millones de euros invertidos por la industria automovilística de todo el mundo para reducir el consumo de combustible y, consecuentemente, la emisión de dióxido de carbono. ¿Todo eso para qué? ¿Para que luego llegue el rebenque de la dulcería y rompa todos los esquemas? También hay que considerar el tiempo de espera en las cada vez más largas y frecuentes colas tinerfeñas, así como la invasión de los cauces de los barrancos, pero eso tendrá que ser otro día y en otro folio.

rpeyt@yahoo.es

 

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