DESDE el mismo día en que se inventaron los exámenes para evaluar los conocimientos adquiridos por los alumnos -me estoy refiriendo a los exámenes escritos-, los estudiantes comenzaron a copiar. Ya en la antigua civilización sumeria se describe el castigo -50 latigazos- que el alumno podía recibir si incurría en alguna falta deshonesta con el profesor. Desde entones, la imaginación de los estudiantes no ha descansado para inventar todo tipo de artimañas que les puedan servir para copiar exitosamente en los exámenes sin que el profesor lo advierta: copiar de otro compañero cercano, notas más o menos diminutas escondidas en el cuerpo o en la ropa, fórmulas matemáticas, físicas, químicas y técnicas grabadas con un compás en un bolígrafo transparente, etc. En algunas ciudades hay centros de enseñanza que tienen museos exhibiendo toda clase de "chuletas".
La aparición de los teléfonos móviles, MP3, MP4, PDA y demás ha terminado por dejar obsoleta las técnicas anteriores que tantos aprobados han concedido a los estudiantes durante muchos años. Así, en la actualidad la tecnología es la mejor aliada de los estudiantes para obtener el anhelado e inmerecido resultado académico. El uso de las telecomunicaciones para copiar en los exámenes no es nuevo: ya en los años 30 del pasado siglo era práctica habitual que los alumnos intercambiasen información utilizando sus plumas para emitir mensajes en código Morse a otros compañeros.
Pero, ahora, la tecnología ha evolucionado y en la actualidad, el teléfono móvil y el célebre auricular (pinganillo) no es sólo un recurso de los estudiantes más perezosos sino también un lucrativo negocio. Según las tiendas que venden material de espías con destino a detectives, empresas de seguridad, escoltas, policía, etc., las ventas de estos artilugios se multiplican por veinte en los meses coincidentes con las convocatorias de exámenes.
El kit completo compuesto por auricular, que es prácticamente invisible, y micrófono para colocar bajo la camisa, se consigue a partir de 250 euros. Algunos lo compran para su uso exclusivo, pero otros, los más oportunistas, además lo alquilan. No es fácil dar con los usuarios de este sistema, por lo que la mayoría se vanaglorian de su picaresca.
Tan importante como contar con un buen equipo y estar coordinado con el ayudante (soplón) es no pecar de soberbia. Hay que evitar no levantar sospechas, pues no es lógico que un alumno que no acude nunca a las clases saque matrícula de honor en un examen. Debe conformarse con aprobar.
En algunos centros docentes, sabedores del empleo de estos medios electrónicos por parte de los alumnos para copiar en los exámenes, han instalado inhibidores de frecuencia para anular la cobertura de los móviles en su interior, aunque los kits más sofisticados burlan estos sistemas. No obstante, aunque parezca extraño, las universidades no parecen preocuparse por la cantidad de alumnos que reconocen copiar. Los profesores no suelen hacer nada en especial, salvo obligar a que aquéllos dejen todas sus cosas en la entrada de la clase, admitiendo que en sus centros no existen inhibidores de onda.
Tampoco se suelen tomar medidas establecidas para cuando se sorprende a un estudiante copiando. Lo normal es que el profesor expulse al alumno del examen y pierda la convocatoria. No se suele llevar más lejos el problema, ni conlleva otro tipo de castigo, aunque hay profesores que admiten un rigor mayor en la corrección de un examen al alumno que fue sorprendido anteriormente copiando. Sólo en casos reincidentes se podría barajar la expulsión temporal.
Algunos profesores restan importancia al asunto: "Se ha hecho toda la vida y no creemos que las nuevas tecnologías estén produciendo copias masivas". Por tal motivo, España es uno de los países más permisivos con los estudiantes que son sorprendidos copiando en algún examen. En EE.UU., por ejemplo, un estudiante copión puede ser expulsado para siempre de la universidad. En Francia, quien es descubierto no puede volver a presentarse a ningún examen durante cinco años.
Efectivamente. En España parece que copiar es parte de la picaresca nacional, incluso puede decirse que muchos lo ven con simpatía, ignorando que el expediente académico define muchas trayectorias profesionales pues la mayoría de las empresas que acuden a las universidades en busca de savia nueva se fijan en las calificaciones. ¿Y qué ocurre? Pues que un estudiante que no ha pegado un palo al agua puede desplazar a otro que ha luchado con horas de estudio y esfuerzo académico. Y esto no es justo.
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