EL DÍA, S/C de Tenerife
Juan es un chicharrero anónimo, protagonista de un día, el lunes 1 de febrero de 2010, que pasará a la historia de los "fenómenos meteorológicos adversos" en la isla de Tenerife junto a la tormenta tropical "Delta", en noviembre de 2005, y, sobre todo, la riada del 31 de marzo de 2002. Juan, como los demás habitantes de Santa Cruz, contuvo el aliento durante 24 horas en las que vivió bajo el doble síndrome de dos acontecimientos históricos en los que la naturaleza desató toda su fuerza.
Juan fue a trabajar la tarde del lunes y antes de la gran tromba de agua su viaje en una guagua atestada lo llevó por un auténtico paisaje de guerra. Ríos de agua por Los Gladiolos, el barranco del Hierro desbordado, el entorno del Pancho Camurria anegado y los túneles de Buenos Aires llenos de lodo. Pese a todo, Juan llegó al trabajo justo antes de que el cielo prácticamente se cayera entre las cinco y las seis de la tarde. La jornada no fue normal, con los bomberos achicando agua y el personal sacando fotos de las calles convertidas en lodazales, pero la odisea de nuestro protagonista apenas había comenzado.
Al comienzo de la noche de ese lunes Juan buscaba un medio de transporte para volver a su casa, en la parte alta de la ciudad. El tranvía había caído herido de muerte bastante antes, las guaguas no circulaban y ningún taxi aparecía entre los cientos de coches que buscaban la salida de la urbe. Pensó en volver al trabajo y que algún amigo pudiera llevarlo a casa, pero optó por seguir adelante y, tras comprobar el enorme caudal que llevaba a esa hora el barranco de Santos, volver al nido, al hogar donde nació en el viejo barrio. Allí, con sus padres, encontró el amparo de las raíces para pasar la larga noche del temporal, que dicen que ya le han puesto nombre y lo llaman "Candelaria".
Albergado en la casa materna pasó Juan una noche de perros en la calle con "palos de agua" intermitentes y rachas de un inusual viento cálido. Pero aún le quedaba a nuestro protagonista el día después, además diferente por ser festivo, día, precisamente, de la Candelaria que ha dado nombre popular al fenómeno.
Al caminar por una desierta calle Méndez Núñez, acompañado de una ligera llovizna y con calor húmedo de clima tropical impropio del invierno por estas latitudes, comprobó el esfuerzo de unas brigadas de limpieza, emergencias y seguridad que aprendieron la lección del 31-M; la labor de los pocos trabajadores que se afanaban en secar sillas y mesas de las terrazas o las huellas de la riada de lodo y piedras que terminó en la zona baja de Santa Cruz.
Un ruido lo alertó cuando llegaba al puente Galcerán. El barranco de Santos corría como nunca, aunque como nunca sea cada vez que llueve. Todas las aguas del mundo parecían bajar por este río que ahora pretenden domar. No será fácil porque la naturaleza siempre trata de imponer su fuerza. Juan pensaba en eso cuando se dirigía al trabajo. Los síndromes hay que intentar superarlos, se repetía a sí mismo.
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