LA INTENCIÓN fue buena. La Orquesta Sinfónica de Tenerife anunció para el mediodía del domingo pasado, día 31 de enero, un concierto dedicado principalmente a los niños, que llenó casi totalmente el Auditorio de Santa Cruz de personas mayores acompañadas de sus hijos pequeños. La recaudación obtenida se destinó a los damnificados por el terremoto de Haití, iniciativa elogiable de los organizadores.
Un servidor, junto a varios miembros de su familia, asistió al acto, que resultó un tanto atípico sin que, afortunadamente, esa circunstancia influyera en el fin benéfico que se perseguía. Ya dije en un reciente comentario anterior que, casi de pequeño y en mi primera juventud, fui socio de la Orquesta de Cámara de Canarias que dirigió el maestro don Santiago Sabina. Ese inolvidable y prestigioso conjunto orquestal fue el primero de su clase y su categoría en el Archipiélago antes de inventarse las orquestas Sinfónica de Tenerife y Filarmónica de Las Palmas.
Entonces, en la Ciudad Juvenil del Frente de Juventudes de Santa Cruz, a cuya organización pertenecía, funcionaba una escuela de música que dirigía la pianista, profesora del Conservatorio, doña Adelina Cánepa, que también tocaba el arpa y era profesora de ese instrumento.
Doña Adelina, cuyo hermano fue violonchelista de la Orquesta de Cámara y también profesor del Conservatorio, nos enseñó solfeo y nos metió en el cuerpo la afición a la música, lo que me sirvió a mí para aprobar esa asignatura en la entonces Escuela Normal de Magisterio de La Laguna, donde cursé estudios y obtuve título.
En aquel tiempo, los años cincuenta, el grupo de alumnos de Música de la Organización Juvenil no nos perdíamos ni un concierto de la Orquesta de Cámara ni una zarzuela ni una ópera de las que, en temporadas más bien cortas, pasaban por el teatro Guimerá con ocasión de las Fiestas de Mayo u otras celebraciones de la ciudad, así como actuaciones de compañías líricas que llegaban y actuaban en Tenerife. En nuestras reuniones y tertulias, la música, los conciertos, los cantantes y todo ese mundo era tema de comentarios y hasta de discusiones, con la natural osadía que nos proporcionaban nuestros catorce o quince años.
Por eso, después de batante tiempo sin asistir a un concierto en Tenerife y sólo escuchar y ver por televisión los conciertos de Navidad, me extrañó esta manifestación musical que comento, cuyo repertorio me pareció el más impropio para los niños y que no se parecía nada a los que he presenciado en Disney World de Florida, en Estados Unidos, con música de las obras de Disney casi convertida en sinfónica. En la actuación citada de la OST, un sujeto y una sujeta con peluca y polainas blancas y extraña indumentaria, actuaban como especie de payasos, en los intermedios hablando de algo que no logré entender. Mucho peor todavía.
En el recuerdo de aquel tiempo tenía y tengo un Santa Cruz y una isla toda que era cultural y musicalmente, muy distinta, en positivo, de esta ciudad nuestra de hoy. Existía entonces, entre otras, la Escuela de Arte, que era una sociedad formada por aficionados a la música que montaba y presentaba recitales y hasta zarzuelas, con cantantes santacruceros entre los que destacaban Ramiro Arnay, como tenor, y otros en los diversos registros, como Paco Lecuona, barítono; B. Palcón, bajo; Libertad Álvarez, so-prano, y mezosopranos como Matilde Martín, que trabajaba en compañías de la Península y ha sido una de las cantantes más famosas de Canarias. Más adelante, porque entonces era una niña, salió a escena Luisita Estany, magnífica tiple, hija del maestro Juan Estany, entusiasta compositor, director y hasta artífice de la actividad de estos grupos que cubrieron toda una época memorable. Hay mucho que recordar y que escribir sobre esa Edad de Oro de la música santacrucera, un tiempo pasado que parece no volverá.
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